Los recientes conflictos en Ucrania e Irán han demostrado cómo la resistencia ciudadana desafía el poderío de las superpotencias militares

 - El alto precio que pagaron Trump y Putin por subestimar a sus enemigos
Texto escrito por: Nerio Luis Mejia

Hasta hace poco era casi impensable que cualquier país pudiera hacerle frente a las dos superpotencias militares —Rusia y Estados Unidos—. Sin embargo, los acontecimientos recientes han demostrado lo contrario. Desde la invasión rusa a Ucrania el 24 de febrero de 2022, la mayoría coincidía en que la derrota ucraniana estaba sellada y se daría en cuestión de días. El propio Vladimir Putin bautizó la agresión como “operación especial”, convencido de que la superioridad numérica en armas y personal definiría el conflicto en corto plazo. Pero el tiempo ha desmentido esa arrogancia: más de cuatro años después, la superpotencia euroasiática sigue empantanada en una guerra sin salida, con un saldo que algunas estimaciones sitúan en cerca de dos millones de muertos y heridos, además de una devastación material que ha convertido ciudades enteras en ruinas.

La resistencia ucraniana, apoyada por poderosas naciones occidentales que han enviado dinero y armamento, ha evidenciado la presencia soterrada de la OTAN en el conflicto. Lo que comenzó como una guerra convencional se transformó con la aparición de nuevos actores: mercenarios extranjeros —provenientes de América Latina y África— luchando junto a Ucrania; apoyo en hombres y armas desde Corea del Norte y Cuba hacia Rusia; y el uso masivo de drones de fabricación iraní, turca y de otros países, que han cambiado la dinámica de los enfrentamientos. La lección es clara: no importa cuán sofisticado sea el arsenal de las grandes potencias, la guerra moderna se redefine con creatividad, alianzas inesperadas y tecnologías más accesibles.

Por otro lado, el ataque coordinado del 28 de febrero de 2026 entre Estados Unidos e Israel contra Irán, que en cuestión de minutos aniquiló a los principales mandos militares e incluso a su máximo líder espiritual, el ayatolá Ali Jamenei, parecía asegurar una victoria rápida. Donald Trump, al igual que Putin, subestimó a un enemigo con menos capacidad tecnológica, logística y económica, convencido de que la guerra no duraría más de cuatro semanas. Sin embargo, los iraníes han demostrado que la verdadera fuerza de una nación no reside en la cantidad ni en la sofisticación de su armamento, sino en el coraje y la resistencia de su pueblo.

Tres meses después, son los propios Estados Unidos quienes han solicitado una tregua: sus reservas armamentísticas se agotaron, su infraestructura militar en Medio Oriente fue devastada por los persas y los sistemas interceptores israelíes colapsaron. El precio del petróleo se disparó por el bloqueo del estrecho de Ormuz, y el desenlace del conflicto es impredecible.

La conclusión es inevitable: las guerras de Ucrania e Irán han destruido el mito de las superpotencias militares. Lo que parecía invencible se ha visto doblegado por pueblos pequeños pero decididos, que han demostrado que la arrogancia y la prepotencia de las naciones poderosas pueden ser derrotadas por la resistencia y el coraje de quienes se niegan a rendirse.

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Por Nota Ciudadana

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