Texto escrito por: Nerio Luis Mejia
La costa Caribe colombiana se distingue por la alegría de su gente y por un contraste marcado entre riqueza y pobreza, reflejo de la profunda desigualdad social que atraviesa la región. Este rincón caluroso ha sido cuna de grandes glorias en el deporte, las artes y la música. Y, por supuesto, fue allí donde nació Gabriel García Márquez, el único Nobel de Literatura colombiano, quien dio a conocer al mundo el realismo mágico y puso al Caribe en el mapa cultural universal.
Durante décadas, en épocas electorales, no era común ver a hombres y mujeres del Caribe aspirando a la presidencia de la República. Incluso circulaba una expresión ofensiva y despectiva que reflejaba el regionalismo excluyente: “Un costeño no puede llegar a ser presidente de Colombia, porque la primera dama no puede ser una burra.”
Hoy esa frase ha perdido fuerza. El actual presidente de Colombia, Gustavo Petro, nacido en Córdoba, luce con orgullo símbolos de su tierra: el sombrero vueltiao y la guayabera. La costa Caribe fue la cuna del primer presidente progresista del país, un hombre que militó en el movimiento guerrillero M-19, desmovilizado en 1990, y que participó en la Asamblea Nacional Constituyente que dio origen a la actual Constitución Política. Petro carga aún con el estigma de haber sido guerrillero, argumento recurrente de sus críticos, más allá de los resultados de su administración.
Su mandato está a punto de concluir y el país se sumerge en la incertidumbre de una nueva contienda electoral. En ella aparece otro costeño, también cordobés: Abelardo de la Espriella. Reconocido abogado, de gustos refinados y estilo clasista, ha intentado mostrarse cercano al pueblo en su incursión política: lo vemos en plazas de mercado, probando fritos y empanadas, en un intento por mejorar su anterior imagen.
Pero lo más controversial de De la Espriella no es ese cambio de estilo, sino su trayectoria. Fue abogado en el proceso de desmovilización paramilitar de 2005 en Santa Fe de Ralito, impulsó a través de su fundación FIPAZ un referéndum para abolir la extradición y otorgar estatus político a grupos armados ilegales, y ha representado a personajes cuestionados, como Alex Saab, vinculado al régimen de Nicolás Maduro. Así, mientras promete combatir el crimen con “mano de hierro”, su fortuna y su campaña se han nutrido de la defensa de quienes han estado ligados al crimen organizado. Una paradoja difícil de ignorar.
Hoy los colombianos asistimos expectantes: dos costeños en extremos, uno que se despide de la presidencia y otro que busca conquistarla. La historia se repite, pero con matices que invitan a reflexionar sobre el rumbo político de nuestra nación.
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