Las obras son los residuos muertos de los actos vitales de un creador
-PAUL VALERY
Solo tras dejar reposar las letras y sufrir el rigor de la memoria, buscados los sabios que no son más que reflejos de un presentido encuentro consigo mismo, se comprende que la poesía no es un destino, sino un proceso de depuración.
Cuando le preguntaban al poeta indio Rabindranath Tagore, ‘qué es la poesía’, este solía decir:
“La poesía es el eco de la melodía del universo en el corazón de los seres humanos”.
En ese tránsito inexorable que dura toda una vida, nutridos de éxtasis y de una familiaridad casi mística con la desgracia y la belleza, el claror incisivo de nuestra hermana la lámpara (Eugenio Montijo) nos conmina a escribir en las horas menos presentidas. Igual que la mujer, el poeta piensa una cosa, desea otra, ama una distinta y, por regla general, ejecuta algo diametralmente opuesto. La coherencia no llega hasta que el alma despierta. “Todo santo tiene su pasado y todo pecador tiene un futuro” (Oscar Wilde).
María de la Cruz, poeta española con aires de Pizarnik, me decía en alguna misiva hace 15 años: “No te has dado cuenta aún que las mujeres lo queremos todo; el problema es que aún no sabemos, mucho menos vosotros, en qué orden”.
Recuerdo hoy a la doliente Popayán, esa "fábrica de crepúsculos" según feliz expresión de Víctor Paz Otero, como la Córdoba colombiana; tierra de semidioses y gimnasio de espíritus espartanos. Por sus calles pasaron Humboldt —quien la odió tras un terremoto—, Boussingault, Isherwood y hasta William Burroughs en busca de iluminación, de belleza y de las rutas del yagé. Alguien, en un rapto de locura literaria, decidió que allí estaba la tumba de don Quijote. Pero la ciudad blanca es también un agujero negro que devora como Saturno a sus hijos más amados.
Recordé el delirio final de Tomás C. de Mosquera en Coconuco y la máxima de que la prosperidad solo llega cuando se rompen los vínculos con ese rescoldo olvidado de hidalguía y de miseria. José Hilario López lo entendió al radicarse en la provincia de Neiva antes de partir a Francia con el nombramiento de embajador de su cuñado Sixto Durán Borrero. La muerte, después de todo es un verbo poético que no existe; es solo una transformación. Como anoté en un aforismo hace 20 años: “Si mueres no te das cuenta, y si te das cuenta, es porque estás vivo”.
Hoy busco una revolución poética capaz de curar la vida. Me alejo de la materia crepuscular de toda relación humana que sea banal y me hundo en el escape de la meditación; San Pablo dijo: “Muero diariamente” -¿será que hay que otra cosa a la cual podamos aspirar sin alguna vergüenza?-. La historia hoy como siempre -y como nunca- late con ferocidad. Al final, solo las cosas que se quedan en la memoria del Universo porque Dios las ha mirado son eternas (Panero Torbado), y con que haya algo hermoso —aunque sea el recuerdo de una costilla (o ‘costela’, el origen lingüístico de toda costelación) arrancada por un Amado que no juega a las bolas de billar— estaremos salvados (Platón).
SOLEDAD Y BÚSQUEDA
La soledad oculta en su seno una estrella gravitacional y una medida del tiempo (sol-edad). Sin el sol como motor cinético de los planetas, el tiempo carecería de sentido. Según el relato bíblico, Dios creó al hombre a partir de una costilla. Es fascinante notar que «costilla» se traduce al portugués como costela, término que subyace en la etimología de «constelación». Bajo esta luz, podríamos interpretar que Dios forjó al ser humano desde las constelaciones, como un fruto madurado por el tiempo. Así, perseguimos la Eternidad con la misma urgencia con la que buscamos a Dios: para aniquilar la soledad. Acaso por ello, Derridà afirmaba que toda compañía auténtica representa, en el fondo, una forma de suicidio.
Quiero que estas líneas saluden al maestro Rodrigo Valencia Quijano, uno de los más altos, de los más egregios artistas colombianos, que hoy se recupera de un cáncer en Popayán.
LOS HIPOPÓTAMOS
Me solaza saber que me he equivocado en mi columna anterior, y que aún hay rastros de humanidad en los milmillonarios de India, dispuestos a salvar de entrada 80 hipopótamos que irían a ser sacrificados, y en su lugar parece que irán a un zoológico en el país del Manav Kendra de Param Sant Kirpal Singh, donde no caben Haciendas Nápoles ni Tranquilandias. Metáfora de la solución para un país como Colombia donde el narcotráfico es una especie invasora que pone en riesgo todo nuestro ecosistema. Siempre el Dios Recurso desde India, desde el interior está dispuesto a ayudarnos.
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