Opinión

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En la guerra los números funcionan como fosas comunes invisibles

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febrero 28, 2021
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Uno de los malestares morales más graves que padecemos los colombianos es la naturalidad con la que nos rodean las cifras de la muerte

El uno era una sombrilla, el dos un cisne, el tres un gato con cola, el cuatro una casa de ventanas y el cinco un pera. Así recuerdo haber aprendido los números en el jardín. En efecto, aprender a contar es la forma en que los niños asumen que el mundo y sus alrededores poseen dimensiones. Lo mucho y lo poco; lo mayor y lo menor; lo anterior y lo posterior, son tan solo algunas de las relaciones que desde esos primeros días incorporamos en nuestras vidas. Incluso filósofos clásicos -hace miles de años- vieron números en todos los rincones del universo (Pitágoras y compañía) y gracias a ellos, es que hace poco una colombiana pudo transmitir imágenes desde un desierto rojo marciano. Aunque los números parecieran un sistema de comprensión absoluto, no lo son. Hay realidades que no saben -o pueden- contar._

Aunque sea curioso que en el castellano el verbo contar funciona tanto como para definir una relación sucesiva de factores como para articular historias o relatos (esta vez con palabras), se trata de dos circunstancias (acciones) delicadamente separadas y distinguibles. Sin negar las inmensas capacidades explicativas de los números, en algunos casos, son preferibles las palabras a la hora de medir o cuantificar ciertas realidades. (Irónico pero cierto). Este es el caso, entre muchos, del horror y el dolor de los seres humanos. Una cifra por exacta, informada y decimal que sea, no puede entrever la desolación y desasosiego que causa la muerte de un ser querido. Mucho menos cuando la misma se enmarcó en una política de desaparición, mentira y exterminio.

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Una cifra  no puede entrever la desolación y desasosiego que causa la muerte de un ser querido. Mucho menos cuando la misma se enmarcó en una política de desaparición, mentira y exterminio

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Es posible que uno de los malestares morales más graves que padecemos los colombianos es la naturalidad con la que nos rodean las cifras de la muerte. Desde que nacemos nos invaden números (como en una alucinación psicodélica) que tratan de contar y “contar” -insisto, de forma precaria- nuestra fatídica realidad. A diario la violencia nos atraviesa con conjuntos numéricos de víctimas fatales enfrascadas en docenas, cientos y miles. Lo dramático de esta situación es que con el uso de esa acumulación aritmética, perdemos de vista una condición moral innegable: cada víctima de la violencia es por sí misma un territorio que no debería matizarse (o incluso desprestigiarse) al ser sumado, sin más, a otros territorios o a otras víctimas. Los muertos no pueden -y no deben- sumarse .

En ese sentido, a la hora de contar (como sinónimo de relatar) el horror de Colombia es preferible que se usen las palabras. Con sus matices y entonaciones, es probable que se esté más cerca de explicar y comprender las circunstancias y azares del dolor humano que nos cristaliza. La fuente infinita y voraz de nuestras miserias y espirales. Sujetarse a una cifra o a un número, como única forma de percepción del conflicto, es un hábito dañino que nos impide ver el más allá y que nos desvía de iniciar el hallazgo de las preguntas que podrían conducirnos a nosotros mismos. En la guerra los números funcionan como fosas comunes invisibles. Las palabras, como siempre, son un llamado a excavar la tierra que pisamos.

 

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