12 del patíbulo de 1492, ¿cómo blanquear la leyenda negra?

Si las mafias blanquean el dinero negro, ¿por qué España no puede blanquear su historia criminal?

Por: Carlos de Urabá
Octubre 11, 2018
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12 del patíbulo de 1492, ¿cómo blanquear la leyenda negra?
Mural de Diego Rivera

Los descubridores con arrojo y valentía vencieron los peligros del mar de los Sargazos y desembarcaron en esas playas vírgenes, cometiendo un vil acto de piratería —que luego transmutaron en una heroica odisea—. Los adelantados tomaron posesión de las míticas tierras de Cipango —la isla recubierta de oro— y Catay —la cuna de los sultanes de Las mil y una noches—, hundiendo el estandarte real con el águila de San Juan y las armas de Castilla y Aragón. Y entonces el verbo se hizo carne.

Gracias a las bulas alejandrinas los reinos castellanos recibieron por donación de la Santa Sede apostólica de los justos y legítimos títulos de señores de las Indias occidentales, islas y tierra firme del mar océano. La bula de Alejandro VI decretaba: “le damos, concedemos y asignamos a vos rey de Portugal y reyes de Castilla y de León, a vuestros herederos y sus sucesores; y damos, constituimos y deputamos a vos, a dichos vuestros herederos y sucesores de ellas, con libre, llano, y absoluto poder, autoridad y jurisdicción”. Así los extranjeros cristianos despojaron a sus legítimos propietarios esas tierras ignotas a las que llamaron equivocadamente como las “Indias”.

Se produjo un brutal ataque bacteriológico importado de Europa que inoculó la peste, el cólera, la viruela, el sarampión, tos ferina, paperas o la gripe, virus desconocidos que aniquilaron a buena parte de los 60.000.000 millones de indígenas durante el periodo de la conquista y colonización.

Desde luego que en esta inmensa cruzada civilizadora intervino la mano de Dios —aseveraban los doctores de la Santa Iglesia—, pues el supremo hacedor eligió a los hijos del imperio español para expandir la fe cristiana por la faz de la tierra. Esos hombres buenos y piadosos asumieron el reto de redimir a millones de gentiles, paganos idólatras y sanguinarios antropófagos que adoraban el sol, la luna y las estrellas.

Lo cierto es que los nativos debían aprender a la fuerza el español, la lengua oficial del imperio, además de aceptar la religión cristiana, católica y apostólica, renegando de sus heréticas creencias. Esas tribus hostiles, de cuerpos desnudos concebidos en pecado mortal, tuvieron que aceptar a sangre y fuego una religión que predicaba unos mitos procedentes de Oriente Medio, condensados en la Biblia (Adán y Eva, Abraham, Moisés, la virgen María, el dogma de la santísima trinidad o Jesucristo, el hijo único de Dios que murió en la cruz), completamente ajenos a la realidad de ese continente.

La historia imperial española denigra los pueblos indígenas calificándolos de “salvajes”, “paganos”, “depravados”, “caníbales”, “herejes”, “hijos del demonio que realizaban sacrificios humanos”, para de esta forma tan artera justificar los crímenes de la conquista y colonización del “Nuevo Mundo”.

Pero estos cínicos argumentos no son más que una forma de escabullirse de sus responsabilidades, pues los europeos olvidan intencionadamente su macabro prontuario: las cruzadas, las terribles guerras de religión y dinásticas que dejaron miles y miles de muertos, el exterminio de poblaciones enteras acusadas de herejías por el poder vaticanista, la caza de brujas, la persecución de los musulmanes y los judíos y los gitanos. Sin olvidar la santa inquisición exportada al Nuevo Mundo por la corona que sometía a los acusados a execrables torturas: el potro, el castigo del agua, aplasta pulgares, la pera vaginal, oral o anal, la garrucha, la cuna de Judas, la doncella de hierro o la sierra. El sadismo españolista no conocía límites, pues gozaban con el dolor ajeno ejecutando a los condenados en las hogueras o el garrote vil.

Según los inquisidores el Nuevo Mundo (al que comparaban con el paraíso terrenal) este estaba poseído por Satanás y era necesario exorcizarlo. De ahí la incesante represión monárquico-papista, una persecución cruel y despiadada que pretendía extirpar las idolatrías, inmolar a los sacerdotes, destruir los adoratorios, templos y deidades, quemar los códices y libros sagrados con el objetivo de borrar cualquier vestigio de esos cultos que calificaba de “supersticiones del averno”. Con perros de presa los verdugos capturaron a esos indios salvajes a los que marcaron con fierros candentes para luego domarlos a latigazos, igual que se hace con los potros ariscos.

Los invasores aseveraban que los indígenas pertenecían a un sustrato prehumano: eran ágrafos, no conocían la rueda, ni el hierro, ni la pólvora, ni demás adelantos tecnológicos. Despectivamente los calificaron de “razas inferiores”, relegadas a la edad de piedra, salvajes sin alma, susceptibles de ser redimidos por obra y gracia del Espíritu Santo.

Con arrogancia los conquistadores impusieron a la fuerza sus leyes y principios: el respeto y obediencia debida a la jerarquía, a los nobles, aristócratas, a los castellanos viejos e hidalgos (el estamento clerical-militar), ante los cuales debían descubrirse y bajar la mirada ante sus señorías o vuesas mercedes, a los frailes doctrineros y a las órdenes mendicantes como franciscanos, dominicos, agustinos y jesuitas, que se lanzaron a la magnánima empresa de la evangelización de los gentiles.

A los conversos se les obligó a aprender la lengua para hablar con Dios, se les bautizó con nombres y apellidos cristianos inspirados en el santoral o en honor a sus padrinos españoles, porque era necesario dotarlos de identidad y legalidad. También se les obligó a pagar las indulgencias plenarias para ganarse el cielo y expiar los pecados, confesarse y arrepentirse en un acto de contrición y propósito de la enmienda “Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”, autoflagelándose por el éxtasis místico.

1492 marcó un antes y un después. Antes solo reinaba la oscuridad, la ignorancia, la brutalidad, y el bestialismo. No existían sentimientos humanos de cariño, ni amor. Las madres como las perras criaban a sus hijos, los padres eran lo más parecido a engendros maléficos. Hasta que el padre eterno dijo: “hágase la luz, y la luz fue hecha”.

Los colonos españoles se negaban a trabajar porque como se afirma en el Antiguo Testamento: “el trabajo es un castigo de Dios” (Génesis 2:15).. De ahí que la explotación de las haciendas, plantaciones o minas recaía en los siervos y esclavos (indígenas y negros), bajo el control de un capataz que se encargaba de disciplinarlos a latigazos y rendir cuentas (que generalmente tenían que alcanzar el superávit).

La máxima aspiración de los conquistadores y aventureros era adquirir un blasón de nobleza otorgado por su majestad el rey como premio a los servicios prestados a la corona. Servicios relacionados con las razias o campañas militares contra los gentiles (paganos o razas inferiores que representaban un obstáculo para la civilización).

La conquista y colonización de las Indias la hicieron los hombres (con la excepción de un número reducido de mujeres) y por lo tanto esos rudos hombres tenían que satisfacer sus instintos básicos y no les quedó más remedio que “relacionarse” con las nativas. ¿Quizás cortejaron a las indias, las enamoraron, les brindaron flores y poesía? ¿Aunque no hablaban su lengua les cantaron versos y luego les pidieron su mano a sus padres para unirse en matrimonio? ¿Las consideraron sus legítimas esposas o simplemente como objetos del placer? Una relación completamente desigual entre unos seres supuestamente sobrenaturales, que las sometieron a la fuerza para complacer a sus bajos instintos. Sus mercedes se reservaban los mejores harenes de concubinas y barraganas para fornicar a su libre albedrío.

El mestizaje se forjó en esos execrables crímenes sexuales que cometieron contra niñas, adolescentes, jóvenes, mujeres maduras o madres, que para siempre quedarán impunes. Nunca se hablará de violaciones sino de uniones amorosas bendecidas por la santa madre iglesia. La historia de los nobles peninsulares y de los criollos es una historia de patriarcas machistas y misóginos. A las mujeres se les relegaba a los trabajos del hogar, no tomaban decisiones y eran discriminadas siguiendo los preceptos bíblicos de sumisión y obediencia debida a su padre o esposo.

En este viaje trasatlántico solo embarcaban hombres, los hombres más rudos, los más fuertes y aguerridos, también muchos delincuentes que iban redimir sus penas a las Indias, moriscos renegados, judíos fugitivos, reos liberados, hijos de la picaresca, el fraude, la corrupción, los sobornos y las malas artes, es decir, aventureros dispuestos a arriesgar sus vidas en una travesía que muchas veces terminaba en tragedia.

No importaba acometer los mil y un peligros de ese temido viaje trasatlántico (el mar de los Sargazos), pues era preferible arriesgar la vida que seguir soportando la miseria y el vasallaje de la España feudal, donde solo los hidalgos y aristócratas gozaban de privilegios y riquezas. Fueron tantos los voluntarios que la Casa de Contratación fijó un cupo y un pasaporte de averiguación o limpieza de sangre para que no viajaran herejes a las Indias. Solo querían cristianos viejos embarcados. Aunque como suele suceder en estos casos algunos funcionarios de la Casa de Contratación comenzaron a vender permisos clandestinos a gentes de dudosa reputación como moros, judíos y gitanos.

Una de las historias más delirantes quizás sea la que protagonizó doña Catalina de Erauso (1592-1650), acuerpada mujer de ascendencia vasca conocida como la “monja alférez”, reconocida lesbiana que en su adolescencia escapó de un convento disfrazada de hombre embarcándose como grumete a las Indias en Sanlúcar de Barrameda. Tras servir como soldado en varias campañas de conquista y sacar a relucir sus grandes dotes de guerrera indómita fue distinguida con el grado de Alférez, gracias a su actuación en la campaña de Arauco (en la batalla de Valdivia) los españolistas la consideran una heroína, un personaje de leyenda, ya que tanto en Chile, Perú o Bolivia aniquilaba indios a diestra y siniestra, demostrando su extrema crueldad y grandes dotes de matarife.

Entre los aventureros que se embarcaron con Colón se encontraba el genovés Miguel de Cúneo, quien en una carta que le envío a su amigo Gerolamo Annari de Savona le refiere lo que aconteció en una isla grande poblada de caníbales (probablemente Juana o Jamaica).

“Nos apoderamos de doce mujeres harto hermosas y harto de carnes entre edades de quince y diez y siete años” relata Cuneo sin miramientos sobre cómo violó a una de esas jóvenes que el Almirante Colón le había regalado: “La cual, teniéndola yo en mi cámara, a bordo de la carabela, desnuda, según es costumbre de estas mujeres naturales, me vino el deseo de solazarme con ella, y deseando poner en ejecución mi deseo, y no admitiéndolo ella, me trató de tal manera con sus uñas, que más me conviniera haber comenzado; visto lo cual, si he de deciros verdad, tomé una cuerda y la até fuertemente, de resultas de lo cual daba gritos increíbles. Por fin nos pusimos de acuerdo, de tal suerte, que puedo aseguraros que en cuanto a los hechos, parecía amaestrada en una escuela de rameras”.

Este es el primer relato de violación en el Nuevo Mundo y una prueba más de cómo se aprovecharon los europeos de la inocencia y la ingenuidad de las mujeres indígenas.

Por otro lado, el primer prostíbulo del Nuevo Mundo se fundó en Santo Domingo en 1526 con el beneplácito del rey Carlos I para atender a aquellos aventureros y navegantes que ávidos solicitaban la compañía de una moza que consolara sus cuitas de amor tras sortear la larga travesía interoceánica.

El fruto de estas uniones violentas y bajo estado de shock no son otros que niños bastardos, niños huérfanos de padre y no reconocidos, cuya crianza tenían que asumir las madres indígenas, sin ninguna posibilidad de reclamar sus derechos. Los historiadores monárquicos pretenden hacernos creer que esas uniones eran legales y que ambos contrayentes habían dado su consentimiento mutuo. ¿Se conocieron en qué lengua? Tendríamos que presuponer que los españoles dominaban el quechua, el tzeltal, el chichimeca, el tolteca, el chibcha, el arahuaco o el guaraní.

El mestizaje se trató de un trauma, un fenómeno biológico que generó gran inestabilidad emocional y un terrible complejo de inferioridad. “El hombre inferior admira y sigue al superior, para que lo dirija y proteja” como lo expuso en su momento Ramiro de Maeztu. En el virreinato los mestizos no tenían derecho a heredar o a ejercer cargos públicos pues su sangre estaba impura. La tendencia de ese fruto híbrido era la de identificarse más con el español o el europeo, despreciando por completo su “origen salvaje”. Por paradójico que parezca el racismo del mestizo hacia el indígena es mucho mayor que el del blanco hacia al negro. Los conversos salieron más fundamentalistas que los propios frailes doctrineros.

Con eso en mente, la pregunta clave es: ¿cuántas mujeres españolas viajaron solas a las Indias en ese periodo de trescientos años de conquista y coloniaje? La corona estimuló la emigración de mujeres peninsulares para evitar que los conquistadores y colonizadores se mezclaran con las nativas con el propósito de preservar la pureza racial (eugenesia) y la cultura española —había que mantener impoluto el rancio abolengo de los nobles castellanos—. Entre 1493 y 1518 tan solo pasaron 308 mujeres españolas a América, en 1600 se contabilizaron un total de 10.000. Es difícil dar una cifra fidedigna, pero seguro que durante el virreinato no superaron las 30.000. La población española en el siglo XVI no superaba los 6 millones de habitantes.

Hay que tener en cuenta que hasta bien entrada la década de los ochentas en el pasado siglo XX, es decir, al finalizar la dictadura franquista, las mujeres españolas aún estaban tuteladas por sus maridos. Así que ya podemos imaginar lo que sucedía en esos siglos pretéritos. A las mujeres se les prohibía viajar solas, pues necesitaban una carta de autorización del esposo o del padre reclamándolas o un tutor masculino que las acompañara. La mayoría de las colonas pertenecían a la nobleza, esposas de virreyes, de militares, oidores, altos funcionarios reales, soldadas, adelantadas y gobernadoras, hijasdalgo, otras viajaban como doncellas, criadas, institutrices, y otras las monjas adscritas a las órdenes religiosas. No existían permisos para solteras o mujeres solas ya que podrían ser confundidas con prostitutas o vagabundas. ¿Acaso alguna española se casó con un indígena o un negro? No seamos ilusos, en esa época los prejuicios religiosos y racistas impedían cualquier unión antinatural que sería vista como una provocación inaceptable.

Toda mujer decente estaba obligada a imitar las vidas ejemplares de sor Juana Inés de la Cruz y Santa Rosa de Lima.

Las leyes de Burgos y Guerra Justa (1512) se decretaron para el “buen regimiento y tratamiento de los Indios” (o se sometían pacíficamente o se les declaraba la guerra) Connotados juristas y teólogos defendían a los indígenas (súbditos de la corona) de los posibles abusos de los españoles. Como consecuencia de la denuncia de Fray Antón de Montesinos por el mal trato que sometían los encomenderos a los indios en Santo Domingo (se dice que son las precursoras de los “derechos humanos”) entre las que se les garantiza la libertad y la abolición de la esclavitud, derecho a la propiedad, el ser considerados ciudadanos libres y a un salario digno. Pero su aplicación fue muy limitada por no decir casi nula.

Los doctores de la universidad de Salamanca embebidos en la piedad y la caridad cristianas escandalizados por el maltrato que recibían los nativos protestaron ante la corona. Como consecuencia de sus reclamos se promulgaron en 1542 las Leyes Nuevas de Indias que prohibían su explotación y la esclavitud de los gentiles. Esas leyes que siguieron funcionando hasta 1748 no eran más que papel mojado.

Las Leyes de Indias ordenaron a los funcionarios coloniales, a las audiencias reales, los capitanes generales, gobernadores, corregidores, alcaldes y cabildos que se ofreciera un buen trato de los nativos. Pero hay un dicho castellano muy conocido que reza: “Las leyes se acatan, pero no se cumplen”.

Los esclavos indígenas o negros eran explotados en duras jornadas de sol a sol en las plantaciones, las haciendas, las minas, las canteras, las obras públicas, en la construcción de templos, catedrales o palacios; mientras que las mujeres cumplían las funciones de siervas o mucamas dedicadas a tiempo completo a la atención de sus amos y de las órdenes religiosas.

En América al igual que en la península cobró un gran protagonismo la figura del terrateniente, del gamonal, del hacendado. Ese señor feudal se reservaba las mejores tierras y la mayor cantidad de esclavos indígenas a su servicio (derecho de pernada incluido) En esos barracones de las mitas, obrajes, encomiendas, reducciones y resguardos se obligaba a la indiada a ejercer las penosas labores como si se tratara de bestias humanas que trabajaran a destajo sin importar si estaban enfermos o mal alimentados. Un insoportable sufrimiento que conmovió a Bartolomé de la Casas que compadecido reclamó al rey católico para que los indígenas fueran sustituidos por esclavos negros. La institución de la encomienda era un calco de la reconquista cristiana en los territorios de Al Ándalus: un señor feudal protegía a sus súbditos a los que explotaba y cobraba un tributo. La fundación de las nuevas ciudades requería imperiosamente de mano de obra para levantar palacios solariegos, iglesias, catedrales, grandes obras públicas como puentes, acueductos, caminos, murallas, castillos o puertos.

La segregación racial obligaba a los indígenas a usar determinadas vestimenta muy distinta a la de los amos españoles e igualmente confinarlas en guetos o reservas indias lejos de las zonas habitadas por los hidalgos y señores en una clara reminiscencia del apartheid.

La mayoría de los cronistas eran clérigos o misioneros (que por ese entonces eran de los pocos que sabían leer y escribir) que imbuidos por los prejuicios religiosos mezclaban la fábula y las fantasías en sus narraciones. Esos seres superiores, por la gracia de Dios, analizaron con lupa de entomólogos a unos curiosos insectos llamados equivocadamente “indios” porque en un principio los españoles creían haber llegado a la India de las especies, donde se situaban los ríos del Edén o fuentes de la eterna juventud. Pero no se trataba de las Indias, ni de un Nuevo Mundo, ni de América así que ninguna de esas denominaciones se ajusta al origen de sus primitivos habitantes.

En España Existen innumerables organismos e instituciones donde reposan los legajos y la documentación de los cinco siglos de historia de los territorios de ultramar: Archivo de Indias de Sevilla (mandado construir por Carlos III) el archivo general de Simancas, el Archivo Histórico Nacional de Madrid, Archivo de la Corona de Aragón en Barcelona, archivo de la Real Chancillería de Valladolid, archivo Histórico de la Nobleza de Toledo, archivo central de Cultura en Madrid o archivos particulares como el duque de Veragua o el General Polavieja o el Virrey del Perú José Abascal. Se trata de documentos generados por instituciones coloniales, cartas correspondencia, especialmente de los clérigos y misioneros. También se encuentra una importante documentación en los archivos ingleses, franceses, de los países bajos, alemanes, italianos (Vaticano) aunque a estos últimos se pone en duda su credibilidad al tratarse de los principales impulsores de la leyenda negra.

Los documentos redactados por cronistas, prelados, misioneros, geógrafos, botánicos aventureros, cartógrafos, cosmógrafos, navegantes, militares, bachilleres que se reconocían como testigos directos de los sucesos acaecidos en las Indias durante el periodo del Virreinato. Personajes tales como Cervantes de Salazar, el mestizo Inca Garcilaso de la Vega, Alonso de Ercilla, Alonso de Góngora, Bernal Díaz del Castillo, Pedro Cieza de León, Gonzalo Fernández de Oviedo, Bernardino de Sahagún, (padre de los antropólogos) Bartolomé de las Casas o el mestizo Felipe Huamán Poma de Ayala.

Pero lo cierto es que los nativos jamás pudieron escribir su propia historia, dar la versión de la invasión y despojo de sus tierras. Son sujetos pasivos tratados como menores de edad, carentes de uso de razón que tenían que resignarse a aceptar los designios divinos. Cualquier acto de rebelión se castigaba con la pena de muerte ejecutada públicamente para que sirviera de escarmiento a sus congéneres.

Ante tantas injusticias y desmanes la Junta de Valladolid convocó un debate entre Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda. En primer término el fraile sostuvo que todas las gentes del mundo son seres humanos hechos a imagen y semejanza de Dios y no bestias, ni esclavos, mientras el que el filósofo defendió a capa y espada la superioridad de los españoles sobre los indígenas en el cumplimiento del mandato de la corona y nuestro señor Jesucristo. También el fraile dominico Francisco de Vitoria desarrolló la filosofía moral y humanista en defensa del orden natural, la libertad e igualdad de derechos de las personas. Pero si los gentiles no se sometían pacíficamente a la voluntad de la autoridad real era lícito declararles la “guerra justa”.

Isabel la Católica, fundadora del imperio teocrático hispánico y patrona de la unidad proverbial, en su testamento dejó bien claro que tenían que tratarse con respeto a sus “ahijados indígenas”: “Suplico al rey mi señor muy afectuosamente , y encargo y mando, a la princesa, mi hija, y al príncipe su marido que no consienten ni den lugar a que los indios, vecinos y moradores de las dichas indias en sus personas ni bienes reciban agravio alguno” En 1542 se promulgaron las Leyes Nuevas que prohibían la esclavitud de los indígenas confinados en reservas bajo condiciones infrahumanas. Esta institución siguió funcionando hasta 1748 sin que se pueda demostrar que haya cumplido las ordenanzas. Demostrando de esta manera que dichas leyes no eran más que papel mojado pues los funcionarios y autoridades obligadas a aplicarlas en la mayoría de los casos se inhibían.

La Leyenda Negra se define como una visión falsa de la conquista española que empezó a extenderse por Europa a partir del siglo XVI tras la publicación de “Americae” (ilustrada con sus propios grabados) del flamenco Theodor de Bry. Obra que se publicó en 1590 como parte de la batalla política que se llevaba a cabo en ese entonces entre católicos y protestantes (Martín Lutero y Guillermo de Orange son sus máximos exponentes) que acusaba a los españoles del genocidio y la destrucción de las Indias. El paradigma de la leyenda negra es Felipe II fundador de la santa Inquisición. En todo caso las razas nórdicas, anglosajonas y germánicas consideraban a los españoles “razas inferiores” por haberse mezclado con los judíos y musulmanes. De ahí que se les conociera peyorativamente como “marranos”. Motivo por cual estuvieran tan obsesionados con la limpieza de sangre (supercasta eugenésica hispana).

Los historiadores españoles revisionistas desesperadamente tratan de demostrar que la obra del descubrimiento la conquista y la colonización de las indias, Asia o África fue la más grande epopeya jamás realizada por el ser humano. “Una sagrada misión llevada a cabo por virtuosos varones impregnados de altruismo y filantropía”, “Los verdaderos genocidas son los anglosajones xenófobos y racistas que no mezclaron su sangre con los indígenas y prefirieron exterminarlos”, replican.

El reino de España denuncia la clara intención de sus enemigos históricos de desacreditar la epopeya del descubrimiento de América, las Filipinas y demás territorios e ínsulas del mar océano. Se siente ofendidos por esas sucias mentiras inventadas por los protestantes y masones envidiosos de tan colosal empresa. Es preciso subirle la moral a los súbditos imperiales, convertir las derrotas en victorias donde ese imperio hundido y decadente resucita invicto.

En el Nuevo Mundo se libró una guerra entre católicos y protestantes (la reforma y la contrarreforma) El imperio español además ejercían un monopolio comercial del que se excluían a las potencias rivales y que dio como resultado al auge de la piratería y el contrabando. Piratas ingleses, franceses, holandeses con patente de corso capturaban las naos españolas cargadas de oro, plata y piedras preciosas y que contribuyeron a cimentar el embrión del capitalismo.

Los historiadores e investigadores, los filólogos y antropólogos pro monárquico a sueldo del CSIC, del Ministerio de Cultura y patrocinado por la casa Real, la casa de Alba y los Grandes de España se han comprometido de cuerpo y alma a blanquear la leyenda negra. Y para ello cuentan con millonarios presupuestos y el apoyo incondicional de instituciones oficiales y privadas (fundaciones y asociaciones).

Los muy astutos eligen los textos más favorables para resaltarlos con letras de oro obviando los más críticos que se ocultan bajó un tupido velo. Al fin y al cabo la corona españolas siempre ha pretendido endiosarse manipulando la historia imperial a su acomodo. Aducen que todo está documentado, que todo está archivado y compulsado con sellos de autenticidad. Nadie puede refutarlos pues ellos son los notarios de la verdad.

Los españolistas se enorgullecen de la supuesta conquista solidaria y compasiva. Las nuevas tesis de los historiadores revisionistas afirman que a Hernán Cortés y Francisco Pizarro deben ser considerados libertadores de los pueblos indígenas oprimidos por el yugo dictatorial tanto de los aztecas como de los incas.

Los nostálgicos del imperio español intentan blanquear la leyenda negra igual que hacen las mafias con el dinero negro. Desde principios del pasado siglo XX una pléyade de brillantes escritores, intelectuales cierran filas en defensa de la Hispanidad: Miguel de Unamuno, el sacerdote Zacarías Vizcarra, Francisco Rodríguez San Pedro, Ramiro de Maeztu, el arzobispo Isidro Gomá, Manuel García Morante, José María Pemán, Vallejo Nájera o Camilo José Cela. La dictadura franquista igualmente pretendió ensalzar a los héroes de la conquista de América para insuflar en sus súbditos las más altas dosis de orgullo y vanidad.

La Hispanidad es un movimiento que también reclutó a muchos intelectuales reaccionarios de derechas de América Latina comprometidos con enaltecer el buen nombre de la madre patria como: el nicaragüense Pablo Antonio Cuadra, el mexicano Alfonso Junco, Eduardo Carranza de Colombia, Pablo E Victoria, Luis Corsi Otálora de Colombia, José Manuel González, Argentina, Riva Agüero, Víctor Andrés Belaunde o Vargas Llosa del Perú. En contradicción surgió una corriente antiespañola de tendencia izquierdista entre los que cabe destacar a José María Arguedas, Mariátegui, Ciro Alegría, Jorge Icaza, Fausto Reinaga, Manuel Gamio, Pablo Neruda, Nicolás Guillen, García Márquez, Eduardo Galeano, Jorge Amado o Miguel Ángel Asturias, Diego de Rivera, Orozco, Siqueiros…

En estas últimas décadas una nueva generación de intelectuales y escritores, profesores, documentalistas o cineastas se han lanzado al rescate de ese imperio donde jamás se ponía el sol. La monarquía a la cabeza de su católica majestad el rey Felipe VI está completamente decidida a defender el glorioso legado imperial borbónico patrocinando ediciones, publicaciones, conferencias, películas, documentales, etc. Al llamado de ¡Despierta Ferro! los súbditos más preclaros desenfundan la espada justiciera del Cid Campeador prestos a arremeter contra sus enemigos: Pedro Insua (1492, España contra sus fantasmas), Iván Vélez (El mito de Cortés), María Elvira Roca Barea (Imperiofobia y Leyenda Negra, éxito editorial sin precedentes y libro de cabecera de los ultra nacionalistas españoles), Pérez Reverte, Luis María Ansón, Jesús Ángel Rojo Pinilla (Cuando éramos invencibles, editado con el patrocinio de Luis Alfonso de Borbón), Carlos Martínez Shaw, Jesús G Maestro, Elvira Menéndez, las historiadoras María Beltrán y Carolina Aguado (La última batalla de Blas de Lezo), Jorge Bustos (Vidas Cipotudas), Alberto Gil Ibáñez (Leyenda Negra, historia del odio a España), Iván Vélez (Sobre la Leyenda Negra), León Arsenal (Enemigos del Imperio), Francisco García del Junco (Eso no estaba en mi libro de España) y Javier Santamarta (Siempre tuvimos héroes, la impagable aportación de España al humanitarismo).

La prensa, radio y televisión, las editoriales y redes de internet de los países latinoamericanos están dominadas por las multinacionales españolas de la información que constantemente emiten la propaganda imperial en un intento por convencer a la opinión pública de los más preciados parabienes.

El franquismo utilizó la ideología de la hispanidad como el eje principal de sus relaciones exteriores. El nacionalcatolicismo proclamó la consigna del “Imperio hacia Dios” como parte del evangelio fascista que transmitía las virtudes de la unidad de destino en lo universal. La hispanidad es sinónimo de fortaleza, furia, valentía y arrojo. Los españoles demostraron ser los más fuertes, los más arriesgados guerreros que lograron emular al imperio romano en su magnificencia.

Durante el franquismo surgieron una pléyade de escritores e intelectuales decididos a santificar a las maravillas de ese imperio y elevar a los altares a sus héroes y mártires, levantar monumentos al descubrimiento, conquista y colonización de las Indias; especialmente santificar a los clérigos y misioneros que abrieron el camino a la evangelización redentora. Los actuales historiadores pro monárquicos aseveran que España no tuvo colonias, sino provincias. Los tres siglos de periodo virreinal han sido los siglos más fecundos y esplendorosos.

Existen pocas obras que reivindiquen la memoria histórica de los nativos y su increíble espíritu de resistencia ante la bárbara invasión europea. A las víctimas de este atroz genocidio se les silencia pues sus palabras están cargadas de ira y resentimiento. Les robaron sus tierras, les robaron su identidad, sus lenguas, su cultura y su única esperanza es que el Dios blanco se compadezca de su cruel destino y los premie con el paraíso celestial.

El sabio Vasconcelos habló de la raza cósmica, la quinta raza, una raza mestiza oprimida en busca de la redención; todas las sangres todas de donde saldrá el hombre nuevo procreado en Universopolis. Porque esa raza cósmica es el resultado del aporte del gen asiático indígena original, del africano, y el blanco europeos que engendra un sinfín de mezclas sanguíneas donde se revelan un impresionante sincretismo religioso y cultural. Aunque hoy el blanco ocupa la cima de la pirámide relegando a los demás estratos sociales al limbo de la discriminación social. Lo paradójico del caso es que los propios mestizos son los que más odian a sus ancestros indígenas.

A partir de la llegada de los europeos al continente americano comenzó el colapso de los ecosistemas naturales y la destrucción del medio ambiente cuya onda expansiva se proyectan hasta nuestros días. Ese continente sin nombre ha sufrido una gran mutación en todos los órdenes, empezando por el genocidio de los pueblos nómadas que para un mejor control fueron obligados a sedentarizarse por los invasores. A estas alturas del siglo XXI la colonización europea ha producido un devastador impacto en la diversidad genética de las poblaciones indígenas que progresivamente han ido desapareciendo (tan solo sobrevive un 20%).

El finado escritor uruguayo Eduardo Galeano, autor del libro “las venas abiertas de América Latina” que es una obra crítica con la historia oficial del descubrimiento y conquista y en la que se revela el grito desgarrador de los desheredados reclamando justicia y dignidad. Sus capítulos más relevantes son: “fiebre del oro”, “fiebre de la plata”, “el rey azúcar y otros monarcas agrícolas” “fuentes subterráneas del poder”. En éstos se describe de la manera más cruda la huella maldita del colonialismo y el imperialismo español, europeo y norteamericano. A Galeano los monárquicos españolistas lo acusan de “hispanofobia” pues su narrativa rezuma “odio y rencor”.

La élite criollo-mestiza conserva un vínculo indestructible de fidelidad con la madre patria y el santo padre que vive en Roma. Los países latinoamericanos, salvo las contadas excepciones de Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Cuba o Ecuador, continúan celebrando el 12 de octubre, el día de Colón-Columbus Day, el descubrimiento de América, o el día de la Raza. En España se denomina “la fiesta nacional” que se festeja por todo lo alto con una espectacular parada militar presidida por su majestad el rey como homenaje al heroico almirante Cristóbal Colón. “La madre patria nos legó la fabulosa herencia de la civilización cristiana, la lengua, la sangre, su cultura y genio creador. Estamos eternamente en deuda y debemos sentirnos agradecidos y orgullosos”, son apartes del discurso oficial que por lo regular se pronuncia cada 12 de octubre en muchos países latinoamericanos.

Los primitivos habitantes del continente americano no tienen nada que celebrar, muy por el contrario el 12 de octubre es un día de luto en el que se recuerda las millones de víctimas del holocausto.

Desde luego que la conquista aún no ha terminado, entramos gracias a los avances científicos y tecnológicos en una fase más sutil y despiadada. El neoimperialismo español toma las posiciones de vanguardia y los conquistadores ahora de traje y corbata desembarca nuevamente en nuestras playas con sus bancos y multinacionales, con sus empresarios y ejecutivos prestos a finiquitar el expolio que iniciaron hace más de 500 años.

La leyenda negra no es leyenda, es una historia real, son hechos irrefutables, no son cuentos ni fabulaciones. Estamos hablando de la banalidad del mal, el negacionismo de ese espantoso genocidio. Según los sabios doctores todo es un invento, una falsificación para desprestigiar la grandeza del noble imperio español. Los perversos descendientes de los conquistadores quieren convertir las matanzas en una oda épica, quieren convertir las torturas inquisitoriales en un cantar de gesta, quieren convertir los abusos y violaciones en una proeza, quieren convertir una de las páginas más sangrientas de la historia de la humanidad en una inolvidable epopeya.

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