Yuri Alvear: de vender empanadas en Jamundí a medalla de plata en Río

La judoca tuvo que rifar un pollo para pagarse su primer uniforme. 15 años después es la reina de los juegos olímpicos

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agosto 10, 2016
Yuri Alvear: de vender empanadas en Jamundí a medalla de plata en Río

Los primeros combates que tuvo Yuri Alvear en su vida fue contra su hermano Harby en la mitad del patio central de la escuela Rosalía Mafla en Jamundí cuando apenas tenía 10 años. El motivo de las encarnizadas disputas era por la mesada que les daba a los dos Arnoby Alvear, su padre, un maestro de construcción. El botín casi siempre se lo quedaba Yuri después de dejar al pobre muchacho, dos años mayor que ella, botado en el suelo. Su profesor de educación física, Ruberto Guaúña, quien casi siempre los separaba, en vez de regañarla, se quedaba asombrado ante la fuerza inusitada de la niña quien, por esa época, quería ser jugadora de baloncesto.

Ruberto fue quien la convenció de empezar a ir a entrenar judo al coliseo de Jamundí, a media hora de camino de su casa. Al principio, desalentada por no tener los nueve mil pesos que costaba la mensualidad y los novecientos para el bus, Yuri prefería quedarse en su casa viendo novelas y fritando empanadas de yuca. Poco a poco la pasión por el judo ocupó toda su vida. El propio Ruperto le daba la plata para el bus.

Al principio fue duro, durísimo. Para conseguir los veinte mil pesos que costó su primer uniforme hizo la rifa de un pollo. La primera vez que intentó ir a un torneo a la Argentina le tocó vender empanadas puerta a puerta por todo el pueblo, hacer bingos bailables que le organizaba Luz Adiela Álvarez, su mejor amiga, y así intentar conseguir lo que valía el pasaje. Al final no le alcanzó y, en el regazo de Miriam Orejuela, su madre, descargó el llanto, la rabia. Durante dos meses pensó que no volvería a entrenar judo.

Pero pudieron más las ganas, la obsesión. Los resultados no tardarían en llegar: Campeona nacional, Campeona bolivariana en el 2005, logro por el que el gobierno de Álvaro Uribe le concedió una casa, campeona panamericana, séptima en Beijing 2008, campeona del mundo. Yuri contrarrestaba la precariedad con la que trabajaba en su coliseo con disciplina e imaginación: amante de la salsa incorporó el baile a su propio entrenamiento. A diferencia de sus rivales más enconadas de Japón y Francia que cuentan con toda la infraestructura y recursos y además entrenadores particulares, a Alvear se le ocurrió pelear con hombres para así ganar fuerza. Hace cuatro años era la gran favorita para llevarse el oro olímpico. Un descuido contra su rival francesa la obligó a resignarse al bronce.

Cuando llegó a Jamundí Yuri no podía entender la felicidad del municipio de 120 mil habitantes, el carro de bomberos esperándola para llevarla en su espalda, la alegría estallada de su padre. No lo entendía porque para ella había fracasado. Su ambición no tiene techo. Al otro día de llegar se hincó ante la réplica del Señor Caído de Buga que está en Jamundí y le preguntó en que había fallado. Para no cometer errores se fue a Japón a trabajar con su entrenador Noriyuki Ayakawa. Fueron cuatro años de preparación ardua que tenían un solo objetivo, las Olimpiadas del 2016.

Al parecer la estatua sagrada la escuchó: éste año, en las tres copas del mundo que hubo, Yuri Alvear no se bajó del podio.  En el Tatami de la Arena Carioca de Rio, lejos fue una diosa vestida de oro.

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