Yo no vine a robar
Opinión

Yo no vine a robar

Cartas a Horacio

Por:
junio 21, 2013
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Santiago, 19 de Junio de 2013

Querido Horacio:

Qué cansancio. Ya sabes, el proyecto de título no me deja dormir y a veces creo que ni vivir. Pero esta vez no te daré la lata contándote detalles insulsos de mis estudios. Quiero hablarte de mi trabajo y de algo que me pasó hace un par de meses y que no te conté en su momento. Estaba almorzando con mis compañeras de trabajo, es decir, las que trabajamos en la misma área, y al rato se nos unió una más que no trabaja precisamente allí, pero la conocemos porque es la recepcionista del piso 14. En medio del almuerzo, una de ellas comentó el más reciente capítulo de Escobar, el patrón del mal,  la serie de televisión que estaban dando por esos días y que, como te imaginarás, es una biografía de Pablo Escobar. Todas tenían curiosidad por confrontar conmigo, la única colombiana que tienen a la mano, los pormenores de la  serie. Me hicieron muchas preguntas. Traté de responderlas de la mejor forma, porque para cuando mataron a Pablo Escobar, yo tenía nueve años y me aterraban tanto sus actos criminales como la petición a coro de la mayoría: «que lo maten».

El caso es que la conversación se fue yendo por otros caminos — los caminos que siempre toman este tipo de asuntos — y mis compañeras pasaron de preguntarme por qué estoy acá y si no me dan ganas de regresar, a comparar entre inmigrantes. Una dijo que todos éramos iguales. Otra dijo que no todos: porque los peruanos son cochinos y ladrones — y lo dijo segura de que una masa considerable de chilenos la apoya —. Sin embargo, llegó un momento en que la recepcionista del piso 14, que había participado activamente de la conversación, fue más allá. Me miró a los ojos, me pidió con simulada cortesía que no me ofendiera y, con un odio que no recuerdo haber visto antes en alguien, me dijo que los extranjeros estábamos acá solo para robar y dañar. Que veníamos a quitarle el trabajo que legítimamente solo merecían los chilenos. Nos narró la historia de su vecino, chileno casado con peruana, e insinuó que ella lo buscó para ascender socialmente y para tener cosas que por ella misma no habría podido conseguir: ropa, casa, un auto… Para cuando ya ella iba en esa historia, mis demás compañeras se miraban incómodas. Yo no comía: tragaba. Luego remató afirmando que los «pobres chilenos» sufren las consecuencias de la laxitud fronteriza y que eso es, poco menos, una desgracia.

Ya sé que me preguntarás, que yo qué le respondí. Le respondí lo que pude. Llevo diez años escuchando este tipo de comentarios y todavía no sé qué responderles a las personas que nos ven a los inmigrantes con tanto odio. Es posible que no esté preparada para enfrentar ese tipo de odio que para mí no tiene sentido. Actualmente hay muchísimos colombianos en Chile, muchos más de los que había cuando yo llegué a vivir acá. Supongo que todos están llegando por lo obvio: mejorar su calidad de vida. Y supongo también que los dueños de casa tienen todo el derecho a sentirse molestos con los visitantes no invitados; sea lo que sea, estoy segura que el único derecho que no existe, para nadie, es el de humillar a otro por su procedencia. Yo nací en donde nací por accidente y elegí moverme de ese lugar por motivos que a nadie le importan excepto a mí. No vine a robar. Ni a estafar ni a traficar. Hace poco un amigo me dijo, aterrado, que viajó a Iquique y Antofagasta, en el norte de Chile, y las encontró llenas de colombianos y sobre todo de colombianas ejerciendo la prostitución. «Las estadísticas  —me dijo en broma— no te están ayudando. Si cuando llegaste a vivir acá los peruanos eran tratados como una escoria, fueran gente honesta o viles rateros, creo que te llegó el turno de responder por los colombianos».

No voy a hacer estadísticas ni generalizaciones con las consecuencias de un almuerzo desafortunado. Eso sería una falta de respeto con todos los chilenos que creen en mí, en mi trabajo, en mis capacidades y, sobre todo, en mi honestidad. La mía y la de tantos como yo, porque créeme, Horacio, somos muchos más de lo que puedes imaginar. Sin embargo, cada vez que un chileno trapea el piso conmigo y desahoga en mí su nacionalismo, pienso en ese restaurante peruano que conocí hace cinco años. Por motivos de mi trabajo tuve que entrar a la cocina y conversar con los cocineros. Yo les dije que qué bueno que el local estaba lleno, que qué bien que el negocio caminaba, y uno de ellos me respondió —nunca olvidaré su cara rechoncha y su risa estridente—: «¡Pues claro, señorita!, nosotros no les caemos bien pero nuestra comida les encanta…»

Con todo, lo que más me atormenta cuando me pasan este tipo de cosas es que, automáticamente y de forma compulsiva, comienzo a darle vueltas al significado de eso que llaman «globalización». La famosa «aldea global». ¿Qué será eso, Horacio? Por mucho que leo y leo textos que sobre esos conceptos circulan por ahí, no puedo asociar su significado a nada coherente si todavía existen odios raciales; si todavía una mujer negra, cuyo cabello está peinado en innumerables y menudas trencitas, es mirada con recelo en el metro.

¿Cuenta cómo globalización la nostalgia que siento en Chile porque tú estás en Colombia y vengo corriendo a contarte esto para enviártelo por correo electrónico?

Abrazos,

Laura.

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