¡Yo quiero esa platica!

Una historia como las de antes, con magos, hados, enanos y esas cosas

Por: Jorge Alberto López Ruiz
marzo 06, 2018
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¡Yo quiero esa platica!

Érase una vez, un reino, un reino perdido, un reino in factible.

Un reino al que hace unos años se conocía como el reino perdido de UR.

Como reino de cuento de hados, el mismo tenía todo tipo de figuras tradicionales para dichos cuentos: un rey un soberano; villanos (artesanos) buenos, villanos malos; una corte de cortesanos; caballeros, hidalgos, defensores del reino (muy pocos por lo cierto); terratenientes; asaltantes de caminos; pregoneros; defensores del estatu; brujas malas; tipos especiales de Roben Hoods, (Robin, pero en reverso); brujas buenas, hechiceros y mucho enano.

Tenía tesoros, haciendas y comArcas, estas administradas y regentadas por miembros del siniestro gremio de los enanos y muy pocos caballeros.

Importante para nuestro cuento el reseñar a los enanos.

Eran (son) un infausto grupo, condenado a por siempre vivir con hambre (de poder y de platica) sin llenarse suficiente ni saciarse por más que devoren y comieren.

Todo por maldición de una taumaturga del destino, que llegó y se quedó, esa maldición, y se extendió hasta sus hijitos. Y los hijitos de sus hijitos es decir en generación tras (de) generación. Llenarse si llegar a saciarse.

Era triste verlos que por más que comieren jamás pudieren saciar el hambre.

Hambre, tanta y en tan exceso, que mutó y se convirtió en su pan de cada día.

Hambre convertida en el pan que alimentaba sin llenar sus voluminosas panzas.

“Mermeliando”, mordiendo y engullendo cuanto bien, recurso o derecho a su alcance se ponía. Hambre que tras el paso de los días, al llenarse se transfiguraba en una forma de poder. Y ese poder era tan grande como sus barrigas. Esas panzas aumentadas a señal de poder mutó.

Poder que llevó a dos cientos de sus facultados la propia corte del rey, para darle consejo y procurar leyes que beneficiaran su apetito, guizque a nombre del pueblo y de los desposeídos.

Y día tras de día los pregones anunciaban las pilatunas de ese gremio de enanos barrigones y la gente sonreía.

Meramente sonreían al ver el ingenio, socarronería, inventiva, viveza, fullería y picardía.

Mucha gente, viendo los réditos del actuar de los enanos quisieron ser enanos ellos también. Y los enanos crecían, pero no hacia lo alto ni en lo moral; si a lo ancho y en cantidad.

Pobre reino perdido de Ur.

Eran (son) esos enanos miembros de muchos clanes: los UR-Politis, los UR-Contratis, los UR-TumbisTumbis; Los UR-Congresis, los UR-Empresis, los UR-Inversis, los UR-Petronios, UR-Usasis, los UR-Gobiernis, los UR-Banquitos, los UR-Alcaldis, los UR-Tribunalis y los UR-Paraquis.

Todos se reúnen y se cobijan en un enorme castillo llamado el UR-Corruptis, donde acordaban y decidían los formatos de hacerse a las Arcas y las ComArcas y los tesoros que en ellas había y los que el soberano a ellas dedicaba para cubrir el necesidades de los villanos pobres.

De la narración de hoy, un caso, un caso que como de muchos que por allí se presentaron.

Por decisión del soberano, de las arcas del reino se entregaban caudales que enviaban para las necesidades de la zona. Estos caudales llegaban a las ComArcas.

Contubernio entre enanos. Decidieron hacerse a ese tesoro (de las comarcas debe entenderse) para lo cual los UR-Alcaldis y los UR-Gobiernis, entregaron parte del mismo a los UR-Contratis a cambio de un producto-objeto-mercancía, que presuntamente deberían disponerse a los villanos.

¡Pero qué va!

A punta de mentiritas, de no entregar lo acordado, de magia-magia, desparecen el numerario, los enanos, ¡ah avivatos ellos!, con “jijuemil” y más triquiñuelas, siempre lograban quedarse con la mayor porción, a cambio de nada, se engullían los caudales, ya saben ustedes: ¡para calmar su enorme hambre y aumentar su ya gran enorme panza!

Había por esos lares una comunidad (no del anillo, que quede claro) defensora de la cosa pública, que de cuando en vez, y muy a su pesar, lograba recuperar algo que los enanos no se lograban embuchar (recordemos que tenían una gran barriga), aunque migajas eran, algo de ello se reintegraba a las reales arcas, es decir al tesoro del reino.

De lo no engullido y así recuperado un pequeño tesorito creció y creció.

Frotándose las manos, más para saciar su eterna hambre, los enanos del cuento, empezaron a intrigar, solicitar, pedir y exigir que esa porción del tesoro se los volvieran a entregar. Al fin de cuentas era de ellos antes de sacarlos de la comArca, y de aquella buena porción, aquella porción no comida, que reingresó al tesoro del soberano, se les hacía agua la boca.

Sí. Si, por Dios que querían aquellas migajas recuperadas.

Y de un u otra forma buscaban engullírsela una vez más.

Y crear una nueva cultura en este cuento de hados: engullirse dos o más veces la misma riqueza.

*************

Nota:

Una cifra que al parecer sobrepasa los $200 mil millones, recuperados en procesos de responsabilidad fiscal, está siendo reclamada por las administraciones de entidades territoriales como propia. Hasta ahora no está claro que tratamiento debe dársele a esos recursos recuperados. Los mismos se encuentran en cuentas de la Tesorería General.

Hay que tener en cuenta que a las administraciones (de las ComArcas del cuento) les cabe responsabilidad, así sea moral, por no cuidar, ser ligeras o hasta propiciar las malas prácticas que originaron la pérdida de recursos.

La pregunta que cabe es ¿sí con esos antecedentes se merecen el echarle mano a esos recursos? ¿O si el perderlos, efectivamente, es una válida sanción normalizadora? Una pequeña sanción para que ellas y sus comunidades acepten que si dejaron perder los recursos, perdidos para ellos quedaron.

Los enanos están supremamente felices ante la posibilidad de engullirse nuevamente esos recursos.

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