Y hasta ahora es martes, ¡qué rabia!

Y hasta ahora es martes, ¡qué rabia!

Da rabia que los esfuerzos que hacemos en esas ‘j-aulas’ por pensar distinto, se hagan pequeñitos ante el gigante institucional

Por: Diana Yadira Almonacid Rojas
marzo 20, 2024
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Y hasta ahora es martes, ¡qué rabia!

“A los profesores se nos reduce a entregar información como si ella ya no anduviera libre por la red, acumular matrículas para tener clases, entregar cartones para reposar en más paredes, o sumar a la fila de desempleados mediocres que venden hasta los principios…”

Aquí estoy en medio de la noche y el silencio de la casa, llorando a torrentes con la rabia entre los dientes y los dedos apretados juntándose en el puño. Sí, a veces lloro de rabia sobre todo cuando no hay qué hacer, y me sientan en la silla de los espectadores.

De nuevo, no puedo huirles a las cavilaciones como profesora, madre y mujer, más aún cuando se vocifera la urgencia del cambio desde lo pequeño, pero en espiral y escalada. El servicio de la educación se parece al del médico, con turnos de hasta 24 horas; nunca se cierra del todo la oficina, al menos para los estudiantes y los compañeros.

Hoy fue esos días donde la conversación se prolongó y la ‘consulta’ se volvió confesión. Estos personajes, pocas veces te llevan de la mano y en su mala costumbre te empujan, obligándote a transitar junto a ellos la rabia, frustración y angustia, pero, sobre todo, permiten reconocerte acompañando desde la ternura y el cariño.

Han sido semanas donde han rondado la incomodidad y la contradicción, recordando las razones para pensar la vida desde la esperanza anidada en la resistencia. Esa que me ha permitido creer en la potencia del cambio desde la educación y la justeza del ‘nosotros’, del encuentro, del diálogo y la transformación. A veces somos refugio en el abrazo, la sonrisa, el café y la escucha, como única trinchera para sobrevivir ante la hostilidad del mundo.

Y sí, yo no niego mis maravillosos encuentros extra ‘j-aula’, esos que son tan ciertos, porque nos leemos desde las vulnerabilidades de estar vivos y en constante cambio con esos otros, que a veces son los estudiantes y otro tanto a los que les digo “mi profe”.

No sé por qué se dio el tema iniciando la semana. Ella me cuenta las distintas formas en las que la institucionalidad de la educación la ha abofeteado con respuestas mediocres ante la injusticia, como reiterativamente han sido violentos con el silencio o las razones a medias, rompiendo las ilusiones que se gestan en las aulas, las hacen parecer tan frágiles, como pompas de jabón… si supieran a los niveles que han lanzado a estos muchachos, como olla a presión al punto máximo donde el vapor se vuelve ruido. Esas lágrimas, que son de ella y también son mías, corren a raudales por no saber de dónde saldrá el saldo pendiente que nos permita permanecer juntas.

Dentro del ejercicio de la docencia la ‘teoría’ llama a la precisión del método de enseñanza que está permanentemente orientado por las competencias, los aprendizajes evaluables y el cumplimiento de las reglas. Quizás no he podido reconciliarme con la idea que es un trabajo más, que asegura por un tiempo el alimento e insisto en asignarle razones de sentido para continuar. Pero es que da rabia, que los esfuerzos que hacemos en esas ‘j-aulas’ por pensar distinto, por dignificar las luchas pequeñitas, se hagan pequeñitos ante el gigante institucional, y uno va entendiendo los molinos del Quijote.

A veces me parece un poco ridículo pensar que a través de la educación podamos construir caminos para la libertad o al menos para luchar contra la opresión, como lo planteaba Freire en los 70’. Como si fuese un acto revolucionario cuestionar lo establecido y la determinación de la ley del más vago, la bancarización de la educación y el estigma del estudiante como un cliente. A los profesores se nos reduce a entregar información como si ella ya no anduviera libre por la red, acumular matrículas para tener clases, entregar cartones para reposar en más paredes, o sumar a la fila de desempleados mediocres que venden hasta los principios, y eso me da rabia. No quiero sumarme a las filas de esta apuesta del mercado.

Ojalá ella comprendiera que, con esa confesión tan dolorosa puso en evidencia lo sistemático del asunto. Hay un montón a los que han agredido. Como siempre la violencia escurriéndose por los pasillos, personificándose a través de comunicaciones asegurando incoherencias, faltas graves al reglamento que solo ellos conocen, así como actos innecesarios de perseguir como sabuesos los rastros del error para con ello, recordarnos la imprescindibilidad.

Como si no lo supiéramos. Me hace repudiar la asquerosa diplomacia de la que se jactan para evadir las respuestas que ya han tomado, para no dejar en evidencia la lógica de la ganancia, el mercado en crecimiento que se ha convertido la educación y la urgencia por el reconocimiento de uno que otro lambiscón.

Si supieran, somos más que eso. Mucho más. Somos gente buena acompañando gente aún más buena. Somos un montón de gentes con ganas de aportar. Somos torrentes de esfuerzos y saberes… somos más.

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