William Ospina y sus disparatadas columnas

No es extraño que Ospina vuelva a ser polémico por un artículo en el que apoya a Rodolfo Hernández. ¿Son los insultos del ingeniero lucha contra la corrupción?

Por: Alejandro Castillo
enero 24, 2022
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William Ospina y sus disparatadas columnas
Foto: Wikimedia

William Ospina, al igual que Pirry, Manuel Elkin Patarroyo, Efraín Medina Reyes, Daniel Samper Ospina, Juanes, Jorge Enrique Robledo, Carolina Sanín, Julián de Zubiría, pertenece a una extraña clase colombiana.

No son élite o burocracia, pero tampoco son clase trabajadora. No hablan a nombre del establecimiento, pero no son revolucionarios. La mayoría de las veces sus posturas, lejos de ser reales, son fingidas. Son una extraña clase a la que la élite colombiana ha posicionado como íconos pop de la cultura, el arte, el pensamiento y la política.

Sus textos y sus discursos generalmente ofrecen síntomas de cuanto nos ocurre como nación y sus causas. Lo que rara vez ofrecen son soluciones acordes a las realidades del país, pues no es de extrañar que vivan enajenados de una realidad a la que se han acostumbrado a diagnosticarla, pero con la que rara vez se relacionan y se comprometen.

Por ello no resulta extraño que hoy William Ospina vuelva a aparecer en el radar de la polémica al escribir un artículo para El Espectador decantando su apoyo por Rodolfo Hernández, como ya lo había hecho en 2014 al publicar una columna en el mismo medio en favor de Óscar Iván Zuluaga.

A Zuluaga lo defendió en su artículo 'El mal menor', en el que presentaba al candidato de Uribe como el representante de una clase provinciana que enfrentaba a la oligarquía aristocrática configurada en torno a Santos. El análisis por sí mismo se alejaba de lo que realmente interesaba en la época: el debate sobre la continuidad de los diálogos de La Habana para dar fin a un conflicto armado que se vive desde hace 70 años.

Ospina se defendió justificando que había sido malinterpretado y que no invitaba a sus lectores a votar por el candidato del uribismo, de quien se declaraba opositor. El hecho es difícil de creer si tenemos en cuenta que en un artículo de 2012, 'Un gran hombre en peligro'. esbozaba una tímida defensa de Álvaro Uribe.

Hoy publica un elogio a Rodolfo Hernández, a quien le deposita una de sus principales búsquedas desde hace varias décadas, la franja amarilla. La tesis es la misma que usó para defender a Zuluaga: Hernández es un provinciano que está en capacidad de romper con la aristocracia republicana instalada en el poder desde hace más de 200 años.

Para hacer su tesis más admirable —pues hoy, a diferencia de hace ocho años, tenemos una amplia baraja de candidatos provincianos, incluso provenientes de la Colombia profunda y excluida—, dota a Hernández de unas cualidades poco creíbles como su capacidad para luchar contra la corrupción. Su arrojo impulsivo y valiente contra quienes usan la trampa y la hipocresía de la vieja política, la facilidad para explicar de manera simple los principales problemas del país y su capacidad para proponer fórmulas simples en un país tan burocratizado. Ospina es el único que mira al ingeniero Rodolfo como un gran hombre, un prócer, un provinciano que tiene en sus manos la solución para el país.

William Ospina excusa la cachetada que el ingeniero le propinó a uno de los concejales bumangueses por considerarla demasiado humana y lo enaltece como un gesto de lucha contra la corrupción y el clientelismo. Habría que preguntarle al escritor si los insultos y amenazas del ingeniero también son símbolos de la lucha contra la corrupción. Y sí considerar que es delicioso poner a un hombrecito 15 años a pagar las hipotecas es el gesto más noble y la nueva política de vivienda colombiana.

No es tanto la cahetada porque con el gran trabajo que han hecho los concejales, diputados y congresistas de este país, ¿quién no ha sentido ganas de meterles una cachetada también? Pero más allá de esa forma de violencia física, que Mockus considera una catarsis para evitar que los colombianos nos matemos, la candidatura del ingeniero representa otras formas de violencia más represivas para la población marginada a quienes se les ha negado sus derechos y la nación misma. El proyecto político de Hernández es altamente centralista, así provenga de una provincia.

Usted, estimado William, no está simplemente escribiendo una columna de opinión, está ejerciendo un rol de campaña política. No es delito ni pecado —todos lo hacemos—. Destápese. Yo creo que sumercé está mirando con buenos ojos el guiño del ingeniero de ser el próximo ministro de Educación y ha optado por activar su rol de activista político.

Similar a 2014, los principales problemas de este país no son las tensiones entre las provincias y una desgastada clase elitista de la capital. Seguirlo presentando en esa forma puede ser sintomático, pero lo sintomático de un autor no es debate de proyecto nacional sino propio de terapia psicoanalista.

No niego que el debate propuesto por Ospina resulta interesante para la academia y los círculos intelectuales del país, pero no ofrecen una respuesta para los ciudadanos de a pie que poco entienden de academias y de círculos de pensamiento. Los problemas del país son producto de un abandono del Estado en esa Colombia profunda, excluida, heterogénea, diversa, que ha desencadenado una ola de violencia sin igual en la historia republicana.

Gracias a la derrota de Zuluaga fue posible continuar con los diálogos de La Habana para concretar un acuerdo de paz. Zuluaga representaba el mal mayor en tanto su propuesta era terminar los diálogos de paz. Hoy, para salir de este atolladero necesitamos un gobierno que esté en capacidad de cumplir con lo pactado y proteger la Constitución Política. El acuerdo de paz marca una ruta —incompleta— para salir de la pobreza, la corrupción, la violencia, que requiere nutrirse con un enfoque étnico y descentralice su enfoque antropocéntrico. Esto supone ecuaciones diferentes planteadas en su columna.

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