Voto en blanco, lucha de clases y coyuntura política

Esta elección política en el actual momento se asemeja a Poncio Pilatos, además que “no hace más que contribuir a la victoria de lo más atrasado y violento de este país”

Por: Tiberio Gutiérrez
Junio 14, 2018
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Voto en blanco, lucha de clases y coyuntura política
Foto: 123RF

Los resultados electorales de la segunda vuelta tienen unas raíces históricas que no se pueden desconocer, si queremos explicarnos la victoria de Uribe-Duque, como probable presidente de la República según las encuestas de intención de voto. Al respecto es pertinente traer a cuento la frase de Carlos Marx en El 18 brumario de Luis Bonaparte (1851): “Las tradiciones de todas las generaciones muertas oprimen como una pesadilla el cerebro de los vivos”.

En efecto, la elección de un advenedizo burócrata internacional, con solo cuatro años de experiencia política como senador de la república, quien llegó a este cargo de la mano de un expresidente a quien le compraron su reelección con el voto de los representantes Yidis Medina y de Teodolindo Avendaño, no es un milagro de la divina providencia, ni mucho menos de las condiciones personales del candidato, sino que obedece a una serie de circunstancias políticas, económicas, sociales y culturales que hicieron posible este resultado para poder continuar con el modelo de acumulación capitalista neoliberal de la clase dominante.

Varios elementos históricos recientes le abrieron el camino a los sectores políticos más reaccionarios del capital financiero y de los terratenientes, que impusieron su forma de gobierno con el militarismo, los paramilitares, el establecimiento mediático, la Iglesia católica y las cristianas, los partidos políticos tradicionales, el corrupto sistema electoral, el capitalismo emergente del narcotráfico, y como si fuera poco, con la “ayuda” del Plan Colombia para imponer la narcodemocracia restringida, corrupta y violenta de las oligarquías dominantes, desde el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán (1948) hasta nuestros días.

Desde el Frente Nacional de Laureano Gómez y Alberto Lleras Camargo (1958), las diversas fracciones de la burguesía colombiana han venido resolviendo sus contradicciones internas con gobiernos de zanahoria y garrote, demagogia y represión, hasta que el movimiento armado revolucionario de las Farc logró la solución política del conflicto armado, después de muchos intentos de negociación, y sobre todo, después del fracaso de la política de seguridad democrática que durante 8 años pretendió la victoria militar contra la insurgencia, pasando por encima de los derechos humanos, las garantías democráticas, y la más nefasta política fascista de las “chuzadas” a la oposición democrática, la corrupción con Agro Ingreso Seguro, y los crímenes de Estado disfrazados de “falsos positivos”.

Solo con la negociación política del conflicto armado interno se vino a profundizar la confrontación entre el sector de la burguesía financiera que representa el presidente Santos, y la burguesía más retardataria y violenta de los terratenientes que representa el expresidente Uribe, quienes abren fuego sin descanso contra los acuerdos de paz.

No hubo un solo minuto en que este sector no estuviera en contra de los acuerdos que le abren las puertas a la construcción de la paz y de la apertura democrática, en un país anclado en un pasado feudal, anquilosado en los gobiernos de los mismos con las mismas que se oponen a sangre y fuego a todo intento de transformación democrática.

Desde el plebiscito (octubre 2 de 2016) para la refrendación de los acuerdos de La Habana, ganado por un escaso margen de 50.000 votos a través de la mentira, el miedo y la desinformación, la facción conservadora enarboló la victoria como una bandera para trabajar metódicamente por la recuperación de la presidencia y devolver los avances de los acuerdos al estado inicial de violencia y represión.

Fueron casi dos años de una propaganda intensa y permanente con el objetivo claro y manifiesto de “hacer trizas” los acuerdos de paz, por encima de una opinión favorable que impuso con la movilización ciudadana los acuerdos de paz, teniendo en cuenta las modificaciones y sugerencias de los sectores que ganaron el no en el plebiscito.

Sin embargo, todo estaba fríamente calculado para utilizar esta victoria como arma de propaganda política con vista a las elecciones presidenciales del 2018, como en efecto lo estamos viendo ahora con los resultados que tenemos a la vista. Las elecciones del 11 de marzo al Congreso y las consultas que catapultaron a Gustavo Petro y Uribe-Duque ante la opinión pública, dejaron de lado a Sergio Fajardo y a Humberto de la Calle, quienes no aceptaron ningún acuerdo unitario entre los defensores de los acuerdos de paz, con el fin de llegar unidos con un programa y un solo candidato a la primera vuelta, cuando efectivamente se pudo comprobar que con los 10 millones de votos de los sectores democráticos se habría podido ganar la presidencia en la primera vuelta.

Pero no es tiempo de llorar sobre la leche derramada ni el momento para las flagelaciones. En efecto, los candidatos Sergio Fajardo y Humberto de la Calle dijeron que votarían en blanco en la segunda vuelta, como premio de consolación para su derrota, dejando a sus electores en libertad de votar a conciencia, en una jugada política que de hecho favorece al candidato de la derecha.

No se explica uno cómo defensores consecuentes de los acuerdos de La Habana, a la hora de nona asumen una posición que desdice de su conducta democrática, enredados en la feria de vanidades de sus egoísmos personales que no les permitieron ubicar la esencia del momento político que estamos viviendo, por las posiciones de clase que limitaron su horizonte a la defensa del establecimiento económico, político, social, cultural y mediático del neoliberalismo salvaje.

Del mismo lado, pero mucho más ridículo y mezquino, el presidente del Partido Liberal, César Gaviria, juega sus restos políticos sin vergüenza alguna, entregando la lucha centenaria de Manuel Murillo Toro, Rafael Uribe Uribe, Alfonso López Pumarejo, Jorge Eliécer Gaitán, y Luis Carlos Galán Sarmiento, quien precisamente con su sacrificio por las balas del narcotráfico llevó a Gaviria a la presidencia de la República.

El Partido Conservador, Cambio Radical y el Partido de la U, todos a una como en fuente ovejuna, corrieron a defender su clase y sus privilegios, quitándose la máscara de demócratas progresistas ante el empuje arrollador de la izquierda democrática que, por primera vez en la historia, deja de ser el vagón de cola de la burguesía liberal para empezar a dirigir la lucha independiente de amplios sectores populares que empiezan a construir la hegemonía cultural y política del bloque de poder popular, para enfrentarlo al bloque de poder de la oligarquía financiera y terrateniente que aspira a reencaucharse en el poder para continuar con el atraso, la injusticia, la desigualdad, la corrupción y la violencia, manejando el aparato del Estado para la preservación de sus privilegios.

La coyuntura política del momento tiene que ver con el enfrentamiento entre las fuerzas del porvenir y las fuerzas reaccionarias del pasado que en su agonía moribunda reproducen los estertores de la muerte. Por eso el voto en blanco en esta coyuntura se asemeja mucho a Poncio Pilatos lavándose las manos con el agua sanguinolenta de los paramilitares, porque de hecho no hace más que contribuir a la victoria de lo más atrasado y violento de este país.

 

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