¿Por qué votaré SÍ en el Plebiscito de la paz?

'Esta es la salida más adecuada de la violencia y la guerra'

Por: Horacio Duque
julio 27, 2016
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¿Por qué votaré SÍ en el Plebiscito de la paz?

Votaré por el SÍ en el plebiscito de la paz porque su derrota sería una demencial regresión histórica que destruiría la esperanza de una nación.

No me digo mentiras. Sé muy bien qué cosas se lograran con el Plebiscito de la paz que se convocará próximamente para refrendar un Acuerdo final del gobierno con las Farc para poner fin al conflicto armado. No se acabara el neoliberalismo, ni se hará una reforma agraria completa, ni se hará una revolución socialista, ni se nacionalizarán los bancos, menos se expropiará a los grandes cacaos del capital. Tampoco se establecerá un gobierno de los trabajadores; menos se establecerá una democracia popular o se la dará empleo a todo el mundo; ni siquiera se podrá parar el calentamiento global y obviamente no se acabará la maldad humana ni con los borrachos responsables de los tremendos accidentes en la vía publica. Aunque muchas de esas cosas me parecen urgentes, no voy a votar por el SI en el Plebiscito para que se den acciones que no se pueden tomar en estos momentos y con la actual correlación de fuerzas; pero tampoco voy a dejar de votar SI porque no se vayan a lograr; o porque no se alcancen todas ni siquiera en el caso de una correlación de fuerzas mas favorable.

Voy a votar por el SI a la paz y la vida  en el Plebiscito porque es la salida más adecuada de la violencia y la guerra.

Lo más radical que se puede hacer con el lenguaje es mentir. Lo más radical que se puede hacer con los recursos públicos es robar. Lo más radical que se puede hacer con un ser humano es quitarle la vida. Lo más radical que se puede hacer con una nación es destruir su salud y educación. Lo más radical que se puede hacer con los principios es pronunciar su nombre en vano. Uribe Vélez y la ultraderecha que representa ha  sido el autor de los falsos positivos,  ha mentido, ha robado, ha desahuciado y ha pronunciado en vano no sólo el nombre de su propio dios, que no es el mío, sino también los nombres de la Democracia, la Justicia, los Derechos Humanos, el Bien Común y Colombia, que sí son de todos.

Los acuerdos de paz logrados en materia agraria, sobre democracia ampliada, víctimas, justicia, sobre las mujeres y los niños y sobre el desminado, es lo menos radical y lo más ajustado a la defensa de los bienes colectivos de 50 millones de seres humanos diezmados por la guerra y la violencia. Es lo único que puede parar la radicalidad rampante, política y económica, que se quiere imponer como regla en el mundo y en nuestra nación.

Voy a votar por el SÍ a la paz y a la vida en el Plebiscito porque defiendo la democracia y el Estado de Derecho, la división de poderes, la libertad de expresión y de prensa, la libertad sexual, la igualdad de género, el derecho al voto para todos, el imperio de la ley, el orden frente al mercado, la estabilidad frente a las reformas laborales, la normalidad frente a los recortes, la seguridad frente al ESMAD, la belleza frente a la corrupción de la mermelada y la Guajira, el realismo de Santos frente a la violencia de Uribe, el pragmatismo frente a la utopía de los ricos, la vida frente al gamonal, el error y la vacilación frente al tino infame de los mercados financieros.

Voy a votar Sí a la paz y a la vida en agradecimiento. En agradecimiento por los consensos conseguidos entre el gobierno y las Farc, que no son de “izquierda” ni de “derecha”; en agradecimiento por parar la feroz violencia entre guerrilleros y soldados; en agradecimiento por la esperanza dada a los campesinos; en agradecimiento por los derechos reconocidos a los movimientos sociales; en agradecimiento por las víctimas, las mujeres y los niños; en agradecimiento por la esperanza suscitada en millones; en agradecimiento, en definitiva, por haber regresado la historia al tiempo.

Voy a votar Sí a la paz por equilibrio, por democracia y por gratitud. Voy a votar el SÍ, con ilusión, a sabiendas de que, como mucho de lo acordado no se va a cumplir, me desilusionare. Me desilusionare seguro y, cuando ocurra lo diré. Pero ese es el orden: primero ilusionarse, luego desilusionarse. Habrá que desilusionarse. Pero para desilusionarse primero hay que ilusionarse. Quiero votar el SI ilusionado; tontamente, ridículamente ilusionado. Una victoria vencerá muy poco pero derrotará tanto que habrá que echar las campanas al vuelo y los sombreros al aire y el núcleo irradiador al viento. Ilusionémonos. No me gustan los ilusos. Pero tampoco me gustan los vivos que se reservan siempre un as negro en la manga, los que se avergüenzan de compartir pasiones y miran la fiesta por la cerradura o los que, conscientes de que acabarán desilusionándose, se ponen ya a cubierto, solemnes y autorizados, del inevitable, oracular y cuñadísimo “ya te lo decía yo”. Respetemos la secuencia. Votemos con ilusión y luego negociemos, razonemos, vigilemos y critiquemos con la cabeza fría y los principios enhiestos.

Votemos el SÍ a la paz y la vida. Votemos por moderación, democracia y gratitud. Votemos la paz  con ilusión porque es, de hecho, lo único que todavía pueden desilusionarnos.

Lo que significaría el triunfo del NO uribista.

No nos engañemos. Sin reservas, sin matices, sin paliativos, un triunfo del No uribista a la paz en el Plebiscito sería una  catástrofe. No es una catástrofe para Santos o las Farc que han realizado un trabajo encomiable en La Mesa de diálogos en los últimos 60 meses.

Sería una catástrofe para Colombia, para América Latina y –no exageramos– para el mundo entero. Lo diré muchas veces y no lo hago porque me haya  vuelto de derechas o moderado. Nada de eso. Es doloroso realismo. La historia no es siempre más larga que la vida; hay veces en que la escala histórica es más corta que el curso de una biografía; más corta que un curso escolar; más corta que una primavera.

Hay que ser muy despistado para no inscribir una eventual victoria del NO uribista en un contexto mundial particularmente adverso, célere y explosivo: una América Latina en retroceso, un Oriente Próximo en llamas, una Europa y un Estados Unidos en descomposición que se desplazan a todo vapor hacia la ultraderecha.
Sería un error interpretar esta deriva autoritaria en Colombia como la locura de un megalómano y, menos aún, como el resultado inexorable -por fin desenmascarado- de la estrategia del fascismo criollo. Una derrota de la paz habría que inscribirla al mismo tiempo en el nivel local, en el regional y en el global.
En el local, inseparable de los otros dos, un triunfo del No, que no hay que descartar, significaría el restablecimiento de la guerra antiterrorista y los “falsos positivos”, provisionalmente suspendidos o aliviados en los primeros años del gobierno de Santos. En términos regionales, significa el cierre definitivo del ciclo de cambios iniciado en 1999 con la revolución bolivariana. En cuanto a la dimensión global, el retorno ultraderechista se ajustaría a esa ola contra-revolucionaria -o de revolución negativa- que se extiende por todas partes y que no excluye ningún continente y ningún país.
En Colombia se impondría nuevamente el más crudo autoritarismo, tipo Estatuto de Seguridad y Seguridad Democrática, y ello en el marco de una contra-revolución global (o revolución negativa) que está desmantelando muy deprisa las esperanzas nacidas en 1999.
En un sector de la izquierda muy infantil (trotskistas, maoístas y de ex magistrados lunáticos), de escritorio y mal informado, existe la tendencia a descalificar los Acuerdos  de paz de La Habana porque no son “socialistas”. Pero tampoco han sido socialistas los procesos chavista, el ecuatoriano, el kichnerista y el lulista, y también han sido derrotados. Y lo mismo pasó en con el M11 de España y en Ocupy Wall Street y hasta Sanders es derrotado en EEUU en favor del radicalismo derechista de Clinton y Trump. En pocos años el retroceso ha sido brutal; tanto más brutal cuanto más parecía en 1999 que íbamos a emprender un gran salto adelante contra el neoliberalismo capitalista y en favor de la democracia global.
La contrarrevolución política, como el ser de Aristóteles, se expresa de muchas maneras. Es Uribe acá, PP en España, Le Pen en Francia, Erdogan en Turquía, Al-Sisi en Egipto, Al-Asad en Siria, PVV en Holanda, UKIP en Inglaterra, FPÖ en Austria, Macri en Argentina, Temer en Brasil etc. La batalla contra esas degradaciones políticas la vamos perdiendo, igual que la lucha de clases y por las mismas razones, pero sustituir un esquema campista ideológico, ya periclitado sobre el terreno, por uno cultural igualmente inválido sólo servirá, como quiere la contra-revolución en marcha, para que aceptemos ceder derechos y libertades en nombre de alineamientos identitarios, culturales y tribales. El radicalismo derechista de Macri o Temer puede adoptar  una forma  budista o laica. Sin embargo, es el conservadurismo social mayoritario el que legitima estas peligrosas derivas. Derechización institucional y populismo conservador van ganando terreno en todas partes y los enfrentamientos geoestratégicos, cada vez más volátiles y cruzados, no deberían engañarnos sobre lo que realmente está en juego. La tarea sigue siendo la misma que hace 15 años, hoy quizás un poco más difícil: hay que democratizar los conservadurismos sociales que atrapan a la multitud. El triunfo de Uribe y del No en el Plebiscito seria  una  pésima noticia para todos los  que luchamos por la plenitud de la democracia.
El triunfo de la paz en el contexto descrito no será  una revolución, por lo demás imposible: será un modesto dique a partir del cual se podrá revertir la tendencia rampante en nuestro sociedad y en la región.
Todo lo que no sea sumar votos para el SÍ a la paz será un fracaso estrepitoso, no en términos numéricos sino políticos e históricos.
Colombia tiene  una oportunidad para frenar el precipicio y la puede perder. La historia a veces es más corta que la vida. Lo que falta ahora es tiempo.
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