Votar libre, crítica y decididamente

“Seamos capaces de leer, de pensar el voto y de tomar con valentía la decisión de defenderlo, de recordar que es secreto y que es derecho y deber”

Por: Javier Cuenca
Junio 13, 2018
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Votar libre, crítica y decididamente
Foto: 123RF

Estas elecciones han mostrado múltiples rostros del miedo y la manipulación, han llevado a fanatismos enormes y han logrado establecer separaciones infranqueables y rupturas que tocan a las familias, los amigos y cada rincón de la vida cotidiana. En la contienda actual, con tres opciones de votación en juego, la polarización, la radicalización de las posturas y la persecución a los distintos han sido tan protagonistas como la campaña de no votar a favor de uno sino en contra del otro y a identificar a buenos de un lado y malos de los otros. Sin embargo, si se fuese consciente de la paz, el amor y la unidad que aparece en algunos mensajes dentro de las campañas, estas elecciones serían una oportunidad magnífica para mostrar que, a la hora de elegir, lo que debería primar es el criterio propio, el análisis de los programas de los candidatos y sobre todo una conciencia crítica acerca de la visión de país que se elige. No se trata de votar en contra de alguien, sino mejor, de votar como reafirmación de una visión de mundo y de un compromiso con una idea de país.

En esta medida, lo ideal en el campo de batalla en el que se han convertido estas elecciones, atizadas por fake news, memes, insultos, exigencias morales y toda una suerte de amenazas en las que sea cual sea el ganador pareciese que se avecina una especie de apocalipsis, sería que los bandos en cuestión se dedicaran, al menos por los días que quedan, a mostrar las fortalezas de los planes de gobierno de sus candidatos, la viabilidad de los mismos y a practicar el respeto a posiciones distintas y a la legitimidad del voto en blanco, que aunque simbólico, no es la expresión de cómplices, ni de criminales, ni de tibios, sino de personas que no han se han visto representadas en las visiones de país de los dos candidatos en contienda. En medio de los ataques de lado y lado, de los señalamientos y de los juicios, que bueno sería recordar que en un debate de ideas lo que priman son los argumentos y los conceptos y que no es mejor el que más grite, sino quien tiene consistencia en sus propuestas y coherencia en su discurso, que seduce sin destruir, sino desde la propuesta de construir una nación en la que quepamos todos.

Dicho esto, aclaro que el propósito de esta opinión no es promover el voto ni por Petro, ni por Duque, ni por el voto en blanco, sino, ante todo, hacer un llamado a la ciudadanía y a los fanáticos de lado y lado a que estos días se permitan, en contraposición a todo el tiempo de campaña tanto para la primera como para la segunda vuelta, establecer sus posiciones y sus decisiones desde la fortaleza de cada programa. Es lamentable que, si como a veces pareciera, cada candidato es una especie de salvador del país, los mejores argumentos se reduzcan al poder del miedo y que terminen reduciendo posibilidades de señalar con precisión la viabilidad y realidad de las propuestas a los ataques personales, las persecuciones y los insultos de todo nivel.

Tanto Petro como Duque tienen programas de gobierno, ideas y planteamientos que han expresado en diferentes medios y que se han divulgado de múltiples maneras. Sería maravilloso que en vez de seguir con ese discurso de odios o de exigencias morales para no convertirnos en quien sabe que infierno, lo que se exhibiera fueran las bondades de los programas, su viabilidad, la manera de llevarlos a cabo y sobre todo, la forma en la que, luego de esta campaña se darían las claves para reconciliar el país, para tener esa fórmula que permita que nos reconozcamos todos como colombianos, habitantes de la misma tierra y no seres dignos de odio por pensar distinto. Es lamentable que se pierdan amistades, que se rompan relaciones y que a veces el peor enemigo del colombiano sea otro colombiano.

Adicionalmente, qué bueno sería que se le respete a los votantes su capacidad de pensar y estudiar los programas y decidir. Es hora de pensar que los votantes no son borregos y que si como se dice en algunos discursos de las campañas, lo que se quiere es derrotar las viejas formas de hacer política, el mejor paso es cambiar la idea de que los votantes son una masa ignara que hace lo que les digan y que porque tal o cual opinaron que iban a votar por un candidato van a hacer caso o a seguir lo que les digan. Si se busca y se enarbola la libertad como valor máximo, ser libre implica decidir libremente, sin coerciones ni presiones. Votar por quien se quiere y no por quien me dicen las reinas de belleza, los nobeles extranjeros, los deportistas, los músicos o los mismos políticos. El votante, si es capaz de formarse en una cultura política, es capaz de tomar las decisiones que mejor le parecen y de tomar postura desde lo que considera se identifica con su visión de mundo.

Esto implica, como ya se ha señalado, también respetar a quienes toman la decisión de votar en blanco como ejercicio consciente y resultado de una lectura crítica de los programas en campaña. El votante en blanco no es un cómplice de ninguno de los candidatos, ni un blandengue, ni mucho menos alguien que le está dando la espalda al país. Es una persona que toma una decisión democrática y simbólica. No es a quien culpar o responsabilizar, ni a quien tildar de cobarde. Quizá, en su postura, como en las otras, hay una cierta valentía, la de defender su punto de vista, la de no encontrar en los proyectos políticos con cual identificarse. Además, es preferible que voten, que tomen decisiones a que entren a engrosar las listas de la abstención. Su potencia radica en decir que pueden juzgar ambas campañas, que no le deben nada a ninguna de las apuestas en contienda y que no tendrán sobre su conciencia el peso de haber elegido por cualquier forma de presión una propuesta con la que no están de acuerdo. No son los malos del paseo, porque quizá la responsabilidad más dura radica en los promotores de las campañas, que en vez de someterlos a improperios, deberían recurrir al convencimiento desde los argumentos, desde eso con lo que quizá no están de acuerdo y que origina su posición.

Por último, y aunque sé que quizá en este punto ya me han llovido miles de insultos y cualquier cantidad de adjetivos descalificadores, la invitación final es justamente a eso, a dejar de lado las palabrotas y los gritos. Dejemos de matarnos simbólicamente, de hacernos daño, de predicar el amor haciéndole la guerra al que piensa distinto, de hablar de un país de todos pero excluyendo al que nos crítica. Seamos capaces de leer, de pensar el voto y de tomar con valentía la decisión de defenderlo, de recordar que es secreto y que es derecho y deber, que es posición válida para afirmar lo que se piensa sobre el país y que quizá el mayor oponente a derrotar el próximo 17 de junio es la abstención, para que la decisión que se tome sea responsabilidad no como siempre de unos pocos, sino la manifestación de la voluntad política de los colombianos, de esos compatriotas que ojalá reflexionen las razones para decidir a favor de Petro, de Duque o del voto en blanco, no por miedo, no por coerción, no porque les dijeron, no porque ellos son los buenos, sino porque se tomaron el tiempo de leer, analizar y apoyar las propuestas del candidato que defienden, o de asumir que ninguno de ellos los representa. Y adicional, ojalá que, gane quien gane, seamos capaces en los días siguientes de mirarnos a los ojos, de reconocernos como diversos y de reconciliarnos como hijos de una sola tierra y portadores de una sola camiseta, esa que un candidato regaló simbólicamente en un debate y que representa que este país si tiene algo hermoso es la fuerza de sus gentes, la potencia de sus diversidad y la capacidad de poder, ojalá, vivir juntos conviviendo entre las diferencias. Ha llegado la hora de votar libre, crítica y decididamente, por lo que se quiere, no en contra de lo que se teme. Es hora de votar por la Colombia que cada quien desea.

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