Opinión

Virtualidad sin complemento presencial: una jaula

Por el confinamiento, la gente está atrapada por la virtualidad que permitió trabajar y estudiar a quienes tienen internet y trabajo, pero ¿generan cohesión social las comunidades virtuales?

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agosto 17, 2020
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Virtualidad sin complemento presencial: una jaula
La virtualidad no es la solución para la formación de niños menores de 8 años que requieren un adulto al lado. Ellos aprenden con sus compañeritos en forma presencial.

¿Se consigue cohesión social en la virtualidad? ¿O tiene que complementarse con la vocación del ser humano, la de ser social que comparte la presencia de su cuerpo con la de los demás?

Por el confinamiento, la gente está atrapada por la virtualidad por alguna de dos razones: bien porque pertenece a la parte de la población que cuenta con internet y dispositivos y no tiene alternativa diferente a la de reunirse con los demás, los del trabajo, los del estudio, con los cercanos,  por la vía del zoom y las otras suites virtuales, wasap y cuanta red social hay; o bien, por la razón contraria, es decir, porque son de aquellos ciudadanos y familias, millones, inmovilizados en la trampa de la inequidad porque carecen de acceso a internet o a dispositivos para comunicarse.

Comenzando por la segunda trampa, la de carecer de acceso a internet, una prioridad de gobierno y sociedad debe ser proveerla en el menor plazo posible. Las brechas sociales y económicas, en la época de la economía digital, van en contra de quienes no están conectados.  Abismos entre regiones, entre campo y ciudad, en contra de los menos favorecidos, afectan a empresas y trabajadores, amenazan el futuro de millones de niños sin acceso a la información, al mundo, la educación y los trabajos del futuro. Los que carecen de internet son, también, aquellos que están del lado de la informalidad, que necesitan de la ciudad abierta para vivir y, por ende, los más vulnerables en épocas del covid-19.

No se discute: la revolución en las comunicaciones, que nos sorprende cada día con nuevas aplicaciones, nuevas formas de aprender y modelos de negocios que no soñábamos, ha permitido que individuos, comunidades y empresas accedan al mundo cuándo, cómo y dónde lo deseen. Que podamos hacer parte de comunidades, de cualquier índole, que reúnen personas de cualquier parte del planeta, era inimaginable quince años atrás.

En la pandemia, gracias a la tecnología, la posibilidad de trabajar y estudiar de manera virtual, para aquellos con acceso, (y trabajo), fue la manera de seguir adelante su proyectos de vida, pese a los estragos sanitarios y económicos en la sociedad.

Sin embargo, hay inquietudes importantes acerca la virtualidad.

La educación, por ejemplo: la virtualidad no es la solución para la formación de niños pequeños (menores de 8 años), que requieren de un adulto que los acompañe (si las cabezas de hogar trabajan, ¿quién?). Los niños aprenden con sus compañeritos en forma presencial.

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Directivas y docentes de colegios y universidades, creyeron que “ser virtual” consistía en ofrecer clases presenciales por zoom, team, o meet, y atiborrar a los alumnos de tareas

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La mayoría de estudiantes, de la educación básica primaria y secundaria, de la superior, con acceso al mundo digital en sus hogares,  se estrellaron con que directivas y docentes de colegios y universidades, con excepciones, creyeron que “ser virtual” consistía en ofrecer las clases presenciales por zoom, team, o meet, y atiborrar a los alumnos de tareas. No consideraron que se requieren nuevos modelos pedagógicos, que el rol de los maestros es diferente en el ámbito virtual, que la colaboración es una posibilidad de alta potencia.

Con el teletrabajo, la información anterior a la pandemia indicaba que la mayoría de las empresas no estaban preparadas para ello.  Seguridad de la información y del trabajo en casa, dotación de equipos apropiada, cultura de teletrabajo, entre otros aspectos, no se improvisan.

El confinamiento también ha desatado un sinnúmero de iniciativas movidas digitalmente. La pareja de consultores que perdieron sus contratos y que crearon, con éxito,  un emprendimiento para la venta de prendas y artefactos para la pandemia. La peluquera que, sin trabajo, aprendió por google cómo se hacen empanadas chilenas y argentinas y a punta de whatsapp las vende. El maravilloso caso de “Nubia e hijos”, la familia campesina de la Sabana de Bogotá, que cuenta con mas de 54.000 seguidores en twitter y que vende sus productos en línea... La venta de mercados de verduras y hortalizas por la vía de aplicaciones está a la orden del día.

Los estudiantes que, por los precios de la matrícula y el prospecto de seguir en la virtualidad universitaria, no se matricularon para el segundo semestre del 2020 y, por su cuenta, están tomando materias de las mejores universidades del mundo, gratuitas...

Más allá de los problemas mencionados, que pueden resolverse, hay una pregunta crucial: ¿Generan cohesión social las comunidades virtuales? La respuesta es difícil de dar. Por una parte, la magia que otorga el uso de la tecnología de estar en contacto con personas de cualquier parte del mundo alrededor de cualquier tipo de interés, no tiene par en la presencialidad.

Por otra, sin embargo, la lógica de las redes sociales y de las aplicaciones va orientada a capturar el tiempo de las personas, disputándoselo a la presencialidad.  Nos jactamos de tener centenares o miles de “amigos” en Facebook y no sabemos quiénes son nuestros vecinos. La gente se derrite por los likes de las redes, que no pasan de ser un clic superficial carente de cualquier.  Solemos pertenecer a grupos y comunidades que carecen de profundidad, que le dedicamos más y más tiempo al tiempo en pantalla.

El cuento debe ser: Bienvenida la virtualidad porque nos vuelve ciudadanos, estudiantes y empresarios del mundo. Sin embargo, la cohesión social depende, en buena medida, del contacto presencial, cultural, en escenarios en los que podamos estar juntos.

 

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