Las torturas con que el régimen de Maduro intenta ablandar a sus opositores

La mano derecha de Guaidó fue el último en llegar al temible Helicoide, donde 77 presos son agredidos como lo reveló en este video un teniente desertor

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marzo 21, 2019
Las torturas con que el régimen de Maduro intenta ablandar a sus opositores

Con las manos atadas a la espalda y los ojos vendados con celofán, el coronel Yori Mejías de la fuerza bolivariana, pide desesperanzado que le suelten las manos, así sea por una o dos horas. El dolor lo está matando. Unos cuartos más adelante, varios hombres hacinados duermen uno encima del otro. Con la voz quebrada y sin aliento, otro preso pide ver al encargado de la cárcel para que un médico lo examine, orina sangre y no puede comer, pero en medio de su ruego le cierran la puerta en la cara.

Estas son las torturas que tienen que sufrir los 77 presos que están en la cárcel El Helicoide, el infierno que le espera a Roberto Marrero, la mano derecha de Juan Guaidó, quien fue detenido por el SEBIN —Servicio Bolivariano de Inteligencia— en horas de la madrugada después de entrar a su casa para allanarla, y que fueron denunciadas por el teniente de aviación Ronald Dugarte, quien en una videoconferencia con la OEA presentó el video, una lista de los torturadores que operan con pseudónimos como Gaviota, Escorpión o El Mudo y una relación de los detenidos, con nombre, edad y motivo de arresto. Según Dugarte, entre las nuevas formas de tortura de cuyo uso han tenido constancia los opositores en semanas recientes está la aplicación de droga en las heridas para aturdir a la víctima o la inyección forzosa de estupefacientes para agravar los efectos psicológicos de la tortura. A un detenido lo tuvieron durante un mes con una bolsa alrededor de la cabeza y solo le permitieron beber, comer y hacer sus necesidades.

El Helicoide es el lugar favorito del régimen chavista para encarcelar a sus opositores políticos. Alrededor de la estructura sólo crece la maleza y los ranchos de invasión en las barriadas de San Agustín, en la zona centro sur de Caracas. Por ahí los familiares visitan, cada semana, a los 58 presos políticos que están en esa mole de concreto de 40.506 metros. Hubo una época en que este edificio iba a ser uno de los centros comerciales más modernos de Latinoamérica. Su diseño vanguardista hizo que hasta el mismo Salvador Dalí se ofreciera para adornarlo. Pablo Neruda dijo de él “uno de las creaciones más exquisitas que jamás nacieran de la mente de un arquitecto”. Era mediados de los cincuenta y Venezuela bajo la batuta del dictador Pérez Jiménez, quien disponía a su antojo de la gruesa chequera que le dejaba la bonanza petrolera transformó Caracas convirtiéndola en una de las metrópolis más modernas de la región.

Eminentes arquitectos habían sido atraídos por la promesa de millonarios contratos por eso llegaron a vivir a Caracas Graziano Gasparini o Federico Beckhoff. Ellos alcanzaron a pensar las salas de exposiciones automovilísticas, un gimnasio, una piscina, guarderías, discotecas, un cine gigante y un hotel de cinco estrellas que lucirían en el lugar. El monstruo costaría USD $10 millones de la época. Sin embargo, antes de ser abandonado en 1964, su costo ascendió a USD $24 millones. Su fachada estuvo expuesta en el Museo de Arte de Nueva York.

La democracia significaría un golpe devastador para el edificio. En veinte años se abandonó a su arbitrio. Los presidentes que se sucedieron empezaron a ver la mole como un vestigio de la dictadura de Pérez Jiménez. Los cinturones de pobreza empezaron a crecer en el lugar. A finales de esa década existió el plan de convertirlo en un museo de Antropología e Historia Natural. Pero nada resultó. En 1992 El Helicoide pasó a ser el lugar donde se movía la inteligencia policial del gobierno de Carlos Andrés Pérez y diez años después, ya con el régimen chavista montado, fue la sede del SEBIN. Según el informe de Represión del Estado Venezolano de enero del 2014 a junio del 2016 se reunieron 145 casos de torturas y tratos crueles. La mayoría dados a presos políticos, contradictorios del régimen de Maduro. A pesar de las amplias galerías existe un hacinamiento que llega al 300%. Uno de los presos que sobrevivió al suplicio describió las terroríficas condiciones de esta manera: “Las primeras 48 horas no me dejaron sentarme, ni acostarme. Siempre de pie, con los ojos abiertos y los brazos extendidos hacia delante. Luego me pasaron a la celda que llamaban “el infiernito”, que era súper pequeña, de unos 5 metros por 3 metros, y había otras 22 personas. Allí comíamos, hacíamos nuestras necesidades y dormíamos. Además, encendían unos focos blancos que era imposible tener bien abiertos los ojos”.

En el Helicoide también se encuentra el periodista Luis Carlos Díaz, el último de los 40 que el SEBIN ha detenido arbitrariamente este año. Díaz fue cogido mientras iba en su bicicleta hacia su casa después de salir de la emisora Unión Radio Noticias, desde donde ha denunciado con vehemencia y tenacidad el régimen de Nicolás Maduro durante los últimos años.

Quien entra al Helicoide tiene muy pocas esperanzas en salir caminando. Por eso Guaidó está presionando para que le entreguen a su mano derecha y jefe de despacho lo más pronto posible, mientras Maduro y Cabello, quien maneja la cárcel a su antojo, buscan desesperadamente aferrarse al poder en el Palacio de Miraflores.

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