Vicky Dávila le saca los trapitos al sol a Héctor Abad Faciolince: la intriga cultural de los medios

Hace algunos días se vivió un tira y jale entre estos dos personaje. ¿Qué pasó?

Por: LUIS FELIPE VÁSQUEZ ALDANA
julio 23, 2020
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Vicky Dávila le saca los trapitos al sol a Héctor Abad Faciolince: la intriga cultural de los medios

Fue un debate a tonos personales desde las orillas de sus columnas de opinión en El Espectador y la revista Semana. Frente a estas riñas —cada vez más comunes— uno como lector se podría preguntar, si el triángulo de la responsabilidad de los medios es informar, educar y entretener, ¿en dónde se ubica esta dinámica? La respuesta correcta y por demás obvia, es entretenimiento. No obstante, como sabemos que no son Laura Acuña y Sergio Barbosa los protagonistas de dicha pugna, resulta intrigante saber cuáles son las verdaderas intenciones detrás de sus líneas.

Ahora bien, entrando en el rifirrafe, Héctor en defensa del periódico El Espectador, hizo notar sus rupestres canas de rizos oxidados contra la revista y sus dueños, pues consideró que un artículo en Semana sobre la situación actual de los medios de comunicación, respecto a sus audiencias y a la baja en publicidad, era un ataque al periódico. Según Faciolince, la revista hace lo mismo cada vez que se la enfila a otro medio y aseguró “Si tiene rabia con Caracol Radio, publica una foto de Julito despeinado y dice que las acciones de Prisa ya no valen nada, y que los dueños de esa emisora están en la ruina”. Además, en su escrito, no bajó a Semana de dictador y de revista/banco. Para rematar y lo que quizás desató la rápida respuesta de la periodista fue cuando sentenció “Si le da un ataque de ira (Semana) con El Espectador, finge que siente un dolor horrible, derrama lágrimas de cocodrilo y manda a su Vickita a que abra la página de su revista/banco con una noticia inventada por él mismo”.

A todo esto, Vicky arremetió en su columna y le dijo “Me pregunto: usted, Héctor, que se dice defensor de la libertad de expresión y de los derechos humanos, es el mismo que, prepotente, me llama peyorativamente ‘Vickita’. Yo jamás lo llamaría ‘Hecticor’ (…)”. En últimas, ni corta ni perezosa le concluyó: “Usted no es más que yo, usted no es más que los demás. Héctor, usted ha sido un privilegiado y un consentido del establecimiento. Pero yo no quiero ofenderlo como usted lo hizo conmigo. Sin embargo, esa es la verdad”.

De todo ello, por una parte, las aseveraciones de Faciolince son explícitas y le cantó la cartilla a Semana, en tanto que Vicky, en un punto, no tanto. Pero sí, lo que llama la atención es su frase: “Héctor, usted ha sido un privilegiado y un consentido del establecimiento”. Analizando el asunto, con lo que nos encontramos aquí, es que se devela la disputa del poder, del poder cultural. Y el poder cultural, es lo menos inofensivo que existe. Para que nos hagamos una pequeña idea, vayámonos al “Nacho Lee” de las dialécticas marxistas postuladas por Antonio Gramsci, cuando escribió: “La conquista del poder cultural es previa a la del poder político y esto se logra mediante la acción concertada de los intelectuales llamados orgánicos infiltrados en todos los medios de comunicación, expresión y universitarios”.

Vicky Dávila le sacó los trapos al sol, pero entre líneas. A medias luces evidenció los pasos de Héctor, su manejo en las tres instancias que anteceden el poder; sus pasos continuos hacia el acaparamiento del poder cultural, como mampara del establecimiento político y por demás, tan económico como centralizado para dejar el resto de la parroquia bajo su férula.

Para reforzar el tema, vendría bien una comparación, quizás no sea la analogía adecuada, pero Héctor Abad Faciolince ha sido como un Fidel Castro, que se aprovechó de las revoluciones de la expresión para sedimentar, e imponer con sus amigos, de grato óbolo, su dictadura intelectual. En donde, sin lugar a dudas, ha hecho de la literatura colombiana su Cuba personal; una que reparte con quienes elige, controla las listas de escritores, los premios, los concursos. Pero, para que sepan “por dónde le entra el agua al coco”, desde su privilegio, su especialización es la manipulación mediática, recluta en un canje filosófico a jóvenes escritores, “los menores de 39” como sus “infiltrados orgánicos” y luego les entrega las columnas de opinión para los ataques partidistas contra los adversarios de sus patronos. Siguiendo al pie de la letra la estrategia del autor Gramsci, se convirtió en ese consentido al que bien se refiere Vicky.

Bien es verdad que algún lector podría pensar que no se puede comparar un personaje histórico y bélico como Fidel, con alguien tan pacífico como Héctor. Entonces, finalmente, hagamos el ejemplo con uno de su mismo resorte ideológico y empírico —guardando las distancias— con Jean Paul Sartre, exponente del marxismo humanista, escritor, editor de prensa y ateo, tal cual Héctor, mismas características, pero no las mismas reglas de vida. Porque ¡oh sorpresa! Cuando Sartre, como es sabido, ganó el Premio Nobel de literatura en el 64, este, lo rechazó. Dejando claro su regla sobre los premios y concursos —de los que Héctor es un perpetuo patriarca—, esa que dice que la relación del hombre y la cultura es de desarrollo directo, sin la intervención del establecimiento. Báilame ese trompo en una uña.

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