El Realismo Maravilloso pasó de la literatura de Carpentier, Rulfo y García Márquez a la política colombiana, donde lo absurdo parece cotidiano

 - Vicisitudes del Realismo Maravilloso
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Distintos los rostros del Realismo Maravilloso, estética literaria compuesta por acontecimientos anormales convertidos en normales, la razón vulnerada.

Le dio vida literaria Alejo Carpentier en su novela, “El reino de este mundo” donde le rescata su rostro mítico. Uno de los personajes, Mackendal, esclavo rebelde, es condenado a la hoguera por colonos franceses. Pero sus conocimientos naturales y poderes sobrenaturales le permitieron convertirse en animal, escapar del fuego y seguir luchando por la libertad de los haitianos. Mientras tanto, la novela del cubano se comporta como un bello canto a la libertad.

Realismo Maravilloso folclórico con los mexicanos cuando celebran “El día de los Muertos”. Durante las festividades, reciben a familiares fallecidos, conviven con ellos; les preparan comidas, bebidas, flores, les dan la bienvenida. Otros se disfrazan de esqueletos, vistosas Catrinas, siguiendo el grabado de José Guadalupe Posada. En las calles, las Catrinas desfilan, bailan, cantan, recuerdan que la muerte es parte de la vida. 

Juan Rulfo convirtió el Realismo Maravilloso en fuente de creación. Confesó varias veces que solo contaba lo que los muertos le contaban. Sorpresa gigante cuando el lector de su novela, “Pedro Páramo”, descubre, a mitad de la obra, que se halla inmerso en un pueblo de muertos llamado Comala.

En mis tiempos de Barranquilla, conocí una señora de mediana edad quien salía en algunas noches al corredor del patio de su casa. Allí, según ella, conversaba con un hijo asesinado por el ejército nacional y quien le pedía misas y más misas para salir del purgatorio. Usaba el Realismo Maravilloso como mensajería de un amor maternal.

Maestro, no solo del Realismo Mágico, también del Realismo Maravilloso, nuestro García Márquez. En amnesia social lo convierte en “Cien años de Soledad.” Autoridades y el pueblo de Macondo olvidan las masacres de las bananeras a pesar de que José Arcadio Segundo intentaba ser la memoria de miles de trabajadores asesinados y echados al mar por la United Fruit Company.

Nada como los políticos para generar acontecimientos anormales y convertirlos en normarles, propios del Realismo Maravilloso, casi todos con semántica corrupta. 

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Realismo Maravilloso, la terquedad de María Fernanda Cabal en negar la masacre de las bananeras contra toda evidencia histórica. Y la ingenuidad Bruce MacMaster al creer en el espíritu democrático y justiciero del presidente Abelardo. Y la conciencia meliflua de algunos empresarios quienes, para elegir en libertad al nuevo director de la ANDI, enviaron al presiente una lista de posibles candidatos quizás para no molestar su voluntad. 

Puro Realismo Maravilloso: un presidente democrático paseándose con pistola al cinto al estilo terrateniente administrando sus inmensas propiedades o pavoneándose entre cadáveres embolsados, vestido de verde oliva como un puberto frustrado jugando a la guerra o la insólita Casa Blanca en Barranquilla para construir afinidad u obediencia al patrón del norte. 

También su gabinete es fuente inagotable de Realismo Maravilloso: Un director del DANE declarado insubsistente por decir la verdad, un ministro de Agricultura que aconseja sembrar marañón en vez de arroz, un gran ignorante en pensiones nombrado Director de Colpensiones.

Auténtico Realismo Maravilloso, la intención de borrar realidades a través del lenguaje: nunca más “niños” y “niñas”, sino “niñez”; tampoco “reforma agraria”, sino “acceso a la tierra”, y mucho menos “campesino”, sino “pequeños empresarios del campo”.

Y el más grande ejemplo de Realismo Maravilloso por ser la más insólita estupidez de un pueblo: siempre son elegidos democráticamente los políticos más corruptos de una democracia corrompida. Siempre triunfa el voto obtuso que, según Ambrose Bierce, consignado en su “Diccionario del Diablo”, no es más que un instrumento “… del hombre libre para hacer de sí mismo un tonto y de su país una ruina.”

Jorge Elías Guebely Ortega

Egresado de la Escuela Normal de Barranquilla, de la Universidad libre de Bogotá, del Instituto Caro y Cuervo, doctor en Literatura Hispanoamericana de La Sorbona en París, profesor de Literatura durante 30 años en la Universidad Surcolombiana de Neiva. Autor de varias novelas, libros de cuentos y ensayos literarios.

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