Un viaje alucinante a las ciudades Estado del Imperio maya

Una expedición para conocer la sociedad que hace más de un siglo, logró avances equiparables a los alcanzados por las civilizaciones de Egipto y Mesopotamia

Por: Jorge Eric Palacino Zamora
agosto 29, 2017
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Un viaje alucinante a las ciudades Estado del Imperio maya
Foto: Diego Tellez Ochoa

Gracias al trabajo científico se trazan nuevas perspectivas para comprender el esplendor y caída de este pueblo de Mesoamérica. Recorrimos Cobá, Tulum y Chichén Itzá con sus pirámides colosales, sus estadios y templos. 

 

Hace calor y el aire es un vapor que dispara el termómetro del tablero a los 38 grados. Aparco el Chevy automático alquilado frente a un restaurante de camino, a unos cinco kilómetros de Chichén Itzá. El local es un hervidero de olores grasos, con un puñado de moscas que orbita bajo un ruinoso ventilador de techo que cruje al compás de sus lentos y agonizantes giros. En espera de una orden de tacos, repaso el texto de Mitos y leyendas de los mayas de RR Ayala, así como los relatos sobre los famosos aventureros que, a mediados de 1800, develaron al mundo los alucinantes edificios en piedra que dormitaron por siglos bajo esta selva que parece derretirse bajo un sol de infierno.

Uno de estos famosos personajes fue John Lloyd Stephens, un inquieto abogado y escritor de Nueva Yersey que sorprendió al mundo en  1842 con sus descripciones de las ciudades mayas de Yucatán. LLoyds se hizo célebre porque lejos de ser un jurista al estilo de su abuelo, el juez Gold, destacado tutor de leyes en Litchflied Connecticut, optó por liderar insufribles expediciones. Al final, el sufrimiento de soportar el asedio de insectos gigantes y el rigor de la selva, fue compensado con el reconocimiento internacional que le llegó con su escrito Incidentes de viaje en Yucatán mientras que su compañero Frederick Catherwood, connotado   ilustrador británico, logró capturar en sus dibujos y trazos el esplendor latente de los edificios de piedra caliza que habían estado ocultos bajo la espesa vegetación.

Dicen que las imágenes de las fabulosas estructuras, emergiendo en medio del verdor intenso de la flora, también cautivaron a personajes como el polémico Sylvanus G. Morley, quien lideró expediciones como la del Instituto Carnegie para adelantar labores de restauración hacia 1905, actuación que aún hoy algunos consideran fue una tapadera. “Este señor fue un espía de los Estados Unidos,” señala Marco, el mesero, cuando le pregunto por el famoso Morley, “esa gente en realidad inspeccionaba a las empresas mexicanas rivales de los gringos”, me dice precedido por un humeante plato de carne al pastor.

Miro de reojo el viejo ventilador de aspas para confirmar que aún funciona, verifico en el texto de Ayala que, lejos de la versión novelesca sobre Morley, este autor lo reconoce como un estudioso; “ el sabio más autorizado sobre los mayas”. Por aquella época, el territorio peninsular, especialmente Yucatán, Campeche, Chiapas, y Quintana Roo tuvo otro personaje polémico como el norteamericano Edward Thompson nombrado cónsul de EEUU en el estado de Progreso, quien compró la hacienda, donde aún se ubican los edificios, por 375 pesos mexicanos, motivado por las leyendas de las doncellas que eran arrojadas cubiertas de oro, como ofrendas, a las aguas de los pozos que aquí son llamados como cenotes.

La tradición oral, es decir, las versiones de los pobladores como Marco, y los textos de consulta, coinciden en que Thompson exploró el pozo sagrado, no por intereses científicos, sino movido por la sed de riqueza que hoy, como ayer, según sentencia un tango, era la motivación de todos los espíritus aventureros. No obstante, a Thompson se le recuerda más como un saqueador que se alzó con invaluables piezas de jade y ónix que vendió sin escrúpulos en su país. Pocos recuerdan que encontró los huesos de ciento veinte individuos, especialmente niños de catorce años con vestigios de lesiones rituales; así reza el pie de foto de un retrato de medio pliego donde Thompson sonríe al lado de un cráneo. Es una pieza gráfica del pasado que decora una oficina de operaciones turísticas de Valladolid, ese poblado detenido en el tiempo que he dejado 42 kilómetros atrás.

En las taquillas de acceso pago el importe de catorce dólares, el precio se me antoja muy moderado frente a los cien verdes que te cobran por el ingreso a la Disco Coco Bongo, el famoso club de Cancún tipo Las Vegas.

Con el recuerdo vivo del sobrevuelo al territorio peninsular donde el Atlántico ofrece todas las posibilidades cromáticas del azul al turquesa, la ansiedad crece tras el rumor metálico de los torniquetes que dan acceso a las ruinas de Chichen Itzá, considerada una de las siete maravillas del mundo moderno. El sacbé (camino blanco), otra joya de la ingeniería maya, que cubierto en polvo blanquecino de caliza iluminaba el paso de los caminantes nocturnos, me conduce al basamento principal, junto a una veintena de visitantes, la mayoría norteamericanos y españoles que intentan retratarlo todo, Por momentos se manifiesta el arrullo de una fauna que vuela y repta ante la presencia de la visita, una sinfonía apenas perceptible de silbidos y agitación de hojas; son las pulsaciones íntimas de esta selva que, de acuerdo con los registros del Patronato de las Unidades de Servicios Culturales y Turísticos, supera los dos millones de visitantes cada año. Hoy parece exhalar un aromático perfume de hojas que se desvanecen bajo 40 grados centígrados.

Aún no hemos llegado a la pirámide. El guía Juan Montero, un cincuentón   que habla con la musicalidad propia de los habitantes de Yucatán, indica que un equipo de antropólogos e investigadores trabaja en la zona conocida como el viejo Chichén, serie inicial, limpiando y codificando piezas; Atino a decirle a una turista española pecosa y que   porta en sus ojos dos esmeraldas veteadas de fuego, que debe ser una proeza interpretar  los vestigios de uno de los pueblos más misteriosos de la América prehispánica.

  • No entiendo el trabajo de estos tíos, pasarse la vida enterrados revisando huesos y rocas.

Al principio siento algo de indignación con su desprecio por la ciencia, pero entiendo que seguramente solo quiere tomarse unas autofotos para presumir en sus redes sociales.

  • ¡Vamos!, lo que cuenta es que le entran buenos duros con tantas visitas y ya está

No me equivoco, a la chica de los ojos verdes, solo le afana volver lo más pronto a la comodidad de su resort en playa del Carmen para beber margaritas y ligar algún romance de verano. Cancún (Quintana Roo) y Rivera Maya, además de recibir a inquietos amantes de la historia, son epicentro de la actividad turística, por supuesto, con el gancho de sus cien mil habitaciones hoteleras, la gran mayoría apiladas y organizadas en treinta hoteles de lujo tasados en cinco estrellas o diamantes, más de 45 centros comerciales, 17 campos de golf, 34 parques temáticos y 58 balnearios. Aquí el turismo de lujo, eco y de aventura tiene la mejor oferta. En este mágico mundo del confort   es posible rentar limosinas, yates de lujo, o hacer sobrevuelos de veinte minutos en helicóptero por 230 dólares, atracciones que convocan visitantes de todas partes del mundo. En 2014, se alcanzó la cifra récord de 17 millones de pasajeros circulando solamente por el aeropuerto de Cancún.

Por ahora, esta turista española retrata las estructuras y ruinas mientras los investigadores que cuentan con el respaldo del Instituto Nacional de Antropología de México, avanzan en sus trabajos   para descifrar el periodo de grandeza maya e interpretar la vorágine de una civilización cuyos conocimientos le permitieron plasmar calendarios sobre lienzos de roca a partir de ecuaciones precisas basadas en el movimiento de los astros. Que fue capaz de calcular equinoccios, de aventurar conexiones con el cosmos, y de consolidar una ciudad-estado que contaba entre sus treinta mil ciudadanos a astrónomos, matemáticos y arquitectos de gran valía y que, en contraste, llegó a sacrificar a doncellas inocentes, infantes y, por supuesto, a líderes de pueblos adversarios en rituales de delirio colectivo.

***

Una iguana escuálida y lívida que parece una artesanía de papel maché, simula saludarme y camina sigilosa sobre uno de los milenarios muros de la primera estructura que se ha despellejado bajo el asedio de los veranos, las tempestades,   los inagotables y remotos vientos. Desde los árboles que bordean el sendero de acceso se advierte tibio el resplandor y un almendrado aroma de vegetación húmeda, también un alarido lejano que rasga la atmósfera como emanaciones de tiempos idos; quizá son voces que llegan desde los calcinados días de esplendor, cuando se tributaban danzas para homenajear al dios de la lluvia Chac, desde los pasillos y escalones de la gran pirámide de Kukulkan, desde las osamentas centenarias que aún deben reposar bajo esta península embrujada, donde el pueblo maya instaló la ciudad de los itzáes en el 348 después de Cristo.

La ciudad ha dejado de ser un punto encerrado en color rojo en un mapa del estado de Yucatán. El castillo o pirámide de Kukulkan, una colosal edificación de piedra caliza que se levanta a 24 metros, emerge súbitamente tras un viejo camino alinderado por árboles secos de ceiba y ramón. Frente a la maravillosa aparición, la sensación es de fascinación e incredulidad; los corrillos de turistas intentan congelar su esplendor y misterio con sus cámaras fotográficas y celulares. Algunos, más atentos al guía, siguen la descripción del gigante monumento que tiene cuatro grandes escalinatas por cada costado, de noventa y un peldaños cada una. Sumado al escalón que accede al templo superior, se cuentan los 365 días del año. Efectivamente estamos ante la más elaborada obra que parametriza el tiempo en años solares, un extraordinario calendario de sesenta mil toneladas, una soberbia demostración de los avances arquitectónicos de los itzáes.

El guía continúa su exposición y confirma los datos contenidos en las pequeñas reseñas de los días de gloria y del posterior apocalipsis maya que se venden en los supermercados Oxxo de Valladolid. La artesanía de un cráneo decorado profusamente y tallado en caliza, que se asoma desde uno de los ventorrillos, ubicados cerca del terraplén donde se edificó la pirámide, me recuerda que por los escalones de la que ahora se aprecia como una inquebrantable y simétrica bóveda,   cuatro y cinco siglos atrás rodaban las cabezas de los ciudadanos ofrendados en honor a Ahau Kin: dios del sol; Buluc Chabtan, divinidad de la guerra; Ah Mun, dios del maíz; Chuc, dios de la lluvia; y Kukulkán, el dios de las castas rectoras. Según el ideario maya.

A cada lado, las expresiones de los visitantes son de asombro. Los ojos bien abiertos y las exclamaciones de admiración surgen como respuesta a la obra que sintetiza el nivel científico alcanzado por los mayas, en especial, el conocimiento matemático que les permitió calcular el movimiento del sol y alinear la pirámide para convertirla en un lienzo en el cual proyectar luces y sombras,   triángulos perfectos que luego perfilan la silueta de la serpiente emplumada, figura que desciende por las escalinatas, en un espectáculo que se produce para el equinoccio, dos veces al año: 21 de marzo y 21 de septiembre. Un testimonio irrefutable de cómo integraron la ciencia al ámbito ritual, en resumen, la astronomía como parte del entendimiento del mundo y al servicio de los dioses.

Busco refugio al lado del edificio conocido como el observatorio, para asimilar esa confirmación física de cómo los mayas llevaron a un nivel insospechado el cálculo matemático, apenas equiparable con la concepción que, en el sur de Egipto, permitió a Ramsés II ubicar el templo de Abu Simbel, en una posición frente al sol que facilitaba, a una hora específica cada 21 de febrero y 21 de octubre, la iluminación del rostro de la estatua de Amón, de Ra y el del propio faraón constructor.

Resulta sorprendente el conocimiento del guía, quien recita textos completos del Popol vuh. Puedo confirmarlo, pues cargo un ejemplar del libro en el chaleco. Al tiempo, Juan Tapia, profesor chileno de historia que viajó a manera de avanzada -espera viajar en septiembre con sus estudiantes de Valparaíso para presenciar el equinoccio-, me habla de la concordancia de fundamentos arquitectónicos, culturales y religiosos de los mayas con pueblos precristianos de Egipto y Asia.

Al recorrer esta ciudad tapizada de secretos, las teorías de Paul Rivet y del paso de los primeros habitantes de América por el estrecho de Bering, durante la última glaciación, saltan desde los recuerdos de los viejas cartillas de historia para convertirse en sólidas y palpables evidencias, inscritas en bajorrelieves que cuentan de solemnes eventos religiosos traducidos en gráficos de héroes con penachos emplumados y máscaras de pumas y pécaris.

El profe y el guía, quien ha terminado su jornada de veinte minutos de exposición a turistas y ha optado por compartirnos algunos datos extras, comentan sobre el grado de violencia asociado a los rituales para invocar las lluvias, como causa de algunas revueltas que habrían desestabilizado el poder de los sacerdotes. Aunque podrían parecer exageradas, corresponden a teorías documentadas en textos como los firmados por Augus le Plongeon, arqueólogo francés estudioso de los pueblos de Mesoamérica y que a comienzos de 1900 ilustró con gráficos los templos, murallas y utensilios que daban cuenta del esplendor maya, de sus sorprendentes nociones de astronomía en la América prehispánica, pero que al tiempo, tenía cultos oscuras y salvajes prácticas cuestionables, desde el análisis ético occidental, como el sacrificio de jóvenes y niños. Hoy, apenas se recuerda el papel del antropólogo galo que fue marginado por la comunidad científica de la época ante sus planteamientos, mezcla de esoterismo y antropología. Obnubilados por la estructura de la pirámide de Kukulkan, los visitantes intentan dimensionar cómo era el peregrinar doloroso de los seres conducidos al sacrificio bajo el frenesí de rituales paganos, presididos por sacerdotes brujos y seguidos de hordas alucinadas tras la ingesta de ancestrales brebajes y fermentos.

Montero, quien nos ofrece un vaso de fresco de su cantimplora, menciona que estudios como la exploración, la segunda en orden cronológico, adelantada en 1960 a instancias del INAN, cuando Inah Román Piña logra la extracción cascabeles de oro y esqueletos de 137 individuos, 70 por ciento niños, refrendan las teorías sobre el sacrificio de infantes. Las celebraciones místicas que tenían como escenario estos edificios, buscaban el retorno de las cosechas de maíz, ese producto mágico que de acuerdo con las interpretaciones antropológicas existentes, fue la fuente de la vida.

Un extracto del Popol vuh señala: «Del lodo hicieron la carne, pero vieron que no estaba bien, porque se deshacía, intentaron hacerlos de palo, pero esos hombres fueron destruidos en el diluvio. Posteriormente vinieron los monos que descendieron de los muñecos de madera, pero tampoco funcionó, entonces tomaron el maíz y encajó». Así se creó el hombre, según la tradición.

El relato del guía complementa un recorrido que conmociona los sentidos. Señala que la primera referencia escrita de la ciudad pertenece al fray Diego de Landa, en 1566, mientras los turistas se recrean viendo el gran palacio de la serpiente con las escaleras que componen el calendario maya y los grabados de reptiles que abren sus enormes fauces bajo la primera escalinata; al tiempo que, a expensas de las instrucciones de los guías, aplauden y logran escuchar en el eco, el sonido propio de un quetzal, el ave preferida de los mayas, en un rito colectivo moderno que evoca la magia de la una civilización que logró decodificar y comprender el misterio de su fauna.

De paso al sendero que da acceso al gran cenote, la hablantina de turistas y miembros del personal logístico del lugar es insufrible. El pozo de aguas verdosas, conocido como el cenote sagrado, está rodeado por ventorrillos donde se ofrecen réplicas de máscaras, camisetas y recordatorios de la gran ciudad .Las expectativas de un lugar en silencio para la contemplación, bajo la tutoría de expertos en antropología maya se desdibujan con el murmullo de vendedores y compradores regateando por el precio de reproducciones de máscaras ceremoniales, pirámides en miniaturas o silbatos que permiten emular el sonido de otro animal sagrado: el jaguar. Aunque la polémica está servida por el impacto negativo que causaría la presencia de los 800 puestos de mercado ubicados al interior de la zona de ruinas de Chichén Itzá, la mirada completa del asunto indica que los vendedores informales son auténticos herederos de los mayas y, en consecuencia, tendrían el derecho a de alguna manera obtener beneficios económicos del usufructo de las visitas al sagrado lugar.

Balam (jaguar en lengua maya), un muchacho de 16 años, bajito, regordete y que habla de manera muy pausada, me ofrece   por 200 pesos mexicanos un particular suvenir: una fotografía al lado de un primo suyo que viste a la usanza de 500 años atrás. Es una rutina que les permite ganarse la vida a instancias del turismo, actividad económica de primer nivel en México…en los archivos de la Secretaría de Turismo reposa la cifra no despreciable de 32 millones de visitantes en el 2015. Para este joven, el esplendor de sus antepasados mayas se traduce en los billetes que pueda llevar a su familia descendiente de este gran pueblo, la mayoría residente en el vecino municipio de Valladolid.

Cerca del gran espejo de agua, uno de los diez mil cenotes contabilizados en la península de Yucatán, gracias a la estructura laberíntica que tiene su subsuelo, se encuentra el gran estadio de pot a pok, o juego de pelota maya, una construcción de paredes, que aunque herrumbrosas, conservan los aros donde los jugadores debían depositar una pelota mediante lanzamientos que realizaban con golpes de cadera. Los registros iconográficos, que aún se preservan en las bases ornamentadas de los muros de este estadio, complementan los relatos descritos en el   Popol vuh o biblia de los mayas, el texto propio de este pueblo que recoge su tradición oral y costumbres, y retrata un juego mítico, quizá el más importante en la tradición maya, pues tuvo como premio el futuro del género humano   y que fue ganado por los gemelos Humahpu y Hbanaque, contra los dioses del inframundo o Xibalba.

Ya esta altura del recorrido, Montero, el guía, se ha ofrecido como acompañante especial de la próxima visita de los estudiantes chilenos con el profe Tapia, así le llamamos tras una hora de caminar juntos. El cicerone cuenta que los jugadores del equipo vencido eran ofrecidos en sacrifico al final de las disputas, dato que coindice con las teorías del texto de RR Rivera, que evidencia el valor ceremonial de la práctica que tiene más un contexto cultural y religioso que trasciende un simple divertimento. Los referentes del juego de pelota en esta parte del mundo serían anteriores a los antecedentes que fijan el origen del fútbol en las prácticas que para la Edad Media se daban en algunas islas británicas.

De conformidad con los gráficos decodificados por estudiosos como el profesor José Huchim Sánchez, uno de los antropólogos más importantes de México, los cuerpos de ciudadanos itzaes y enemigos de otros pueblos, eran arrojados al cenote, los referidos  pozos de agua y riachuelos que se internan por cavernas, torrentes azulosos y cristalinos que según la cosmogonía de este imperio prehispánico, eran los pasadizos de conexión con el inframundo, espacio sagrado habitado por dioses con cabezas de águila y cuerpos alados.

Mientras turistas ataviados con sombreros tipo Indiana Jones y provistos de cámaras Nikon de poderosas lentes intentan capturar la fascinación del pot a pok, un grupo de investigadores trabaja en el nuevo Chichén, una zona de exploración que no está abierta al público y donde se han encontrado vestigios de viviendas del pueblo maya. Los nuevos hallazgos advierten que apenas se conoce un 30 por ciento de lo que hay por descubrir, según el equipo de científicos y técnicos dirigidos por José Huchim Sánchez, quien, refiere el profesor Tapia, es uno de los más importantes científicos mexicanos que ha estudiado a fondo la cultura maya. «Actualmente analizan varios edificios destinados a vivienda y también a rituales», concluye mientras me regala su tarjeta personal.

La sensación de recorrer una ciudad que estuvo «cerrada» durante medio siglo, y de encontrar esos códigos que permitan descubrir las formas de vida de esta gran civilización, hace que un periplo de cuatro horas parezca apenas de minutos, pues el tiempo acá parece tener sus propias, individuales y caprichosas proporciones.

Los antropólogos y sus equipos de apoyo van limpiando y codificando, aventurando las hipótesis en torno a la grandeza y el apocalipsis maya. El interrogante a resolver es el factor pivotante que determinó el ocaso de este pueblo grandioso y que podría encontrarse en largos periodos de sequía que derivaron en hambrunas que lo afectaron de manera irreversible y lo obligaron a dejar sus ciudades. En consecuencia, así ocurrió una reducción severa de su población.

Mi ahora nuevo amigo Tapia va más allá y aporta otro elemento, en cuanto la concentración de muchas personas en ciudades pudo exacerbar problemas de hacinamiento, escasez de agua y disponibilidad alimentaria. En Mitos y leyendas de los mayas, se refrenda lo planteado por el profesor chileno en los siguientes términos: «Mientras la población había vivido en Chozas y Cabañas diseminadas por doquier en torno a los cenote, el problema del agua se había resuelto con cierta facilidad pero con la afluencia siempre creciente de aldeanos a los centros ya muy poblados, la escasez de agua se convirtió en un problema fundamental».

El profe y el guía coinciden en que de acuerdo con el escritor Juan Villoro, uno de los intelectuales más autorizados de México, solo se ha explorado entre un 50 o 60 por ciento de Chichén Itzá. Efectivamente, conozco el trabajo de Villoro en la línea de la arqueología de mayas y aztecas, ya que a instancias del INAH, Instituto Nacional de Antropología e Historia de ese país, lideró una serie de documentales extraordinarios sobre las ciudades prehispánicas de México (Piedras que hablan).

Mientras camino al templo de la Serpiente, reflexiono sobre la participación de uno de los escritores más respetados de este país, como encargado de un proyecto televisivo para documentar los trabajos científicos en las zonas arqueológicas, y en qué forma da cuenta de la relevancia que le otorgan las autoridades de esta nación a su patrimonio arqueológico, solo equiparable con la vocación con su pasado que profesan sociedades como la egipcia en cabeza del doctor Zahi Hawass, el más brillante egiptólogo, convertido en una celebridad de la televisión por los productores de National Geographic o Discovery Civilization, pues su imagen llega de manera constante a nuestros hogares para contarnos de las dinastías que reinaron en el delta del Nilo y el valle de los Reyes.

Cae la tarde con un rumor ligero de pájaros, es la música apacible que acompaña el retorno a sus nidos. La luz eclipsada que recorta la silueta de la gran pirámide, precipita algunos destellos en los prismáticos del guía Montero y en el cristal del sobrio, antiguo y elegante reloj Mido Commander del profesor Tapia. Hemos compartido teléfonos; el profe y el guía se pierden entre el último grupo de turistas que dejan la ciudad antigua, que estuvo oculta bajo esta selva de intenso verdor, enmarcada por un mar de olas medianas, que amalgaman sus aguas verdes y azules, al bordar con crestas de espuma esta península silenciosa, blanquecina y pretérita.

***

Otras joyas mayas

En el mismo circuito de zonas arqueológicas, al que se llega en auto tras dos y tres horas de la turística Cancún, se ubican ruinas y sitios en estudio, donde se destacan Coba- Quintana Roo, con su pirámide de cuarenta y dos metros, comparte la distinción de las más altas construcciones mayas, al lado de las estructura de Calakmul –Campeche y Tikal- Guatemala.

Rodeada por un lago de aguas verdosas, la pirámide surge en medio de los árboles que surgen como cabellos a los costados de la estructura. La escena suscita la sensación de haber retornado en el tiempo varias centurias. Las enormes plántulas incrustadas en las paredes y escalinatas de la estructura, alinderan un ambiente primitivo que condensa olor a hierba y caliza.

La pirámide de Cobá, una de las pocas edificaciones a las que se permite ascender caminando, cuenta con edificios menores de gran relevancia arqueológica por la presencia de las denominadas estelas, rocas con grabados de actividades religiosas y festivas, de personajes legendarios como guerreros y sacerdotes; estas piezas, junto a inscripciones encontradas en vasijas y otros utensilios, hallados en acrópolis y edificios, han servido para la interpretación de aspectos antroposociales de la sociedad maya en esta zona de la península.

La experiencia de subir la pirámide y contemplar desde su cúspide la vegetación circundante, así como la totalidad de la ciudad de Coba, hace que miles de turistas hagan una escala en la zona que hasta hace unos años no tenía la importancia turística que hoy reviste gracias a esa condición de autenticidad en cuanto la mayoría de edificios han sido estudiados con un criterio de preservación de su estado original, a diferencia de las ruinas que han sido sometidas a restauración.

A una hora de Cobá se encuentra Tulum, otra joya maya situada en el estado de Quintana Roo, una ciudad de murallas que por su privilegiada ubicación, era considerada propicia para la conexión con los astros. Tras pagar cincuenta y siete pesos mexicanos (ocho mil pesos colombianos) los turistas se internan por los senderos que bordean la principal edificación; El Castillo, que con sus paredes grises enmarca una privilegiada vista del mar.

Tulum fue una ciudad de murallas concebida para apreciar los amaneceres teñidos por las coralinas aguas que, durante esta, visita embrujan a japoneses, australianos, españoles y norteamericanos. Construida junto a un acantilado atesora sus propios secretos. Frente a las plazas enmarcadas por muros veteados y cubiertos por bejucos de ramas caprichosas, se adivina el fulgor de los festivales que hace un milenio protagonizaron sus habitantes, emprendedores pescadores, en interminables jornadas de danza para tributar a Venus, la deidad que gobernaba sus días y sus noches.

Tras dos semanas de recorrido por estas planicies terrosas, el embrujo maya se impronta como una obsesión para ir en la búsqueda otras ciudades que no gozan del reconocimiento de las ya mencionadas. El viajero sueña con llevar sus pasos a Ek Balam, Uxmal, Dzibilchantun, Acanceh, Axé, Mayapan, Xcambo, Oxkintok, Kabah, Sayil ubicadas en Yucatán; también Becam, Calakmul,Chicaná Ezná y Xpuchil en el estado de Campeche; Palenque, Bonampak, Yaxchilán, Tonina, Chinkultic en Chiapas o Kwonlich, el Meco, Dzimbaxhe y Kinchná en Quintana Roo.

Un destino que apenas se descubre tras su hallazgo en 2014 por el esloveno Iván Sprajc, es el sitio conocido como Lagunita y Tamchem, lugar que se une al listado de las maravillas mayas, que encienden una verdadera fiebre por escudriñar en el pasado de imperios ocultos bajo las selvas que se extienden desde Yucatán.

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