Venezuela, desde los ojos de una mujer que tuvo que dejar su país

Nadie sabe más de su historia que quien la ha vivido y padecido

Por: Diana Carolina Abril Giraldo
junio 05, 2019
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Venezuela, desde los ojos de una mujer que tuvo que dejar su país
Foto: Instagram @nicolasmaduro

Por estos días estando en un paradero de la localidad de Suba, en Bogotá, Colombia, esperaba un bus del Sitp. A pesar de que eran las 6:10 a.m. no tenía ningún afán; iba a realizar una diligencia corta y luego a encontrarme con mi madre a eso de las 9:30 a.m. para hacer otras diligencias un poco más dispendiosas. Allí mismo había una mujer joven que se me acercó con un acento que no reconocí. Me pidió el favor de prestarle la tarjeta TuLlave pues duró un rato esperando de manera equivocada uno de esos buses que dicen "provisional" y llevan cierta cantidad de años rodando por la ciudad con ese “aviso”, lo cual los convierte en permanentes.

Le dije a la mujer de acento extraño que por supuesto le prestaría la tarjeta para pagar el pasaje si llegase a tener saldo. Mientras esperamos el bus del Sitp en el transcurso de hora y veinte minutos (increíble pero cierto) le expliqué los beneficios de la tarjeta personalizada. Cada vez que le decía algo bueno de la ciudad, respondía ¡qué bonito!, pensaba entonces —debe ser un modismo de la tierra de donde viene—.

Posterior a ello le pregunté de dónde era. Afirmó ser del estado de Táchira, de la ciudad de Rubio, en Venezuela. No sé por qué no me percaté del acento venezolano, aunque me dijo que hablaban parecido a los cucuteños por quedar ahí al ladito. No obstante, al decirme su nacionalidad surgió un gran interés de mi parte en su historia. Se llama Astrid, tiene 31 años, vive con su esposo y dos hijas. Su esposo e hija mayor (de 10 años) son venezolanos y su hija menor (de 9 meses) nacida en Colombia. Es profesional en enfermería, primero estudió por 3 años en Instituto de Tecnología Los Andes (IUTLA) y luego se licenció en la Universidad Nacional Experimental de los Llanos Centrales Rómulo Gallegos en el transcurso de otros dos años en Venezuela. Lleva un año viviendo en Bogotá.

A pesar de los estudios y experiencia de Astrid en Venezuela, hasta el momento no ha conseguido empleo. Iba a tomar el bus a fin de llevar una hoja de vida confirmándome luego que no la contrataron por exigirle experiencia en hotelería y turismo y conocer bien la ciudad de Bogotá. Al llegar a Colombia, estar embarazada, “ser venezolana”, no tener convalidados sus estudios y no tener experiencia fueron impedimentos para empezar de cero. Ahora está buscando trabajo en su profesión o en otros oficios diferentes por el desespero. De todas maneras cuenta con cédula de ciudadanía de Colombia, porque su mamá es colombiana (quien ha vivido siempre en Venezuela). Adicional a ello, su suegra también es colombiana; sin embargo, su esposo no ha podido tramitar su nacionalidad.

De igual forma, Astrid me contó que antes de radicarse en Colombia trabajó de enfermera en el país vecino por nueve años. Terminó siendo incluso jefe. Allá se trabaja seis horas al día —dijo—, hasta podía tener dos trabajos y le quedaban los fines de semana libres, dado que el tiempo no era un condicionante. Aunque la situación empezó a ponerse aún peor cuando Maduro llegó al poder. Ella alega que estando Chávez de presidente ya era complicada pero no como en la actualidad. Es tan complejo todo ahora que en los últimos meses su sueldo le alcanzaba para comprar un pollo y una cubeta de huevos. La versión de Astrid deja un desaliento, pues resulta aterrador trabajar por un mes entero y solo poder comer un día (en su rostro se notaba su desconcierto).

Astrid continuó contando su historia, su esposo es mecánico de motocicletas y tuvo mejor suerte; consiguió empleo a los dos días de llegar a Colombia (él viajó antes). La mamá de Astrid cuenta con un negocio de uniformes en Venezuela. Muy poco vende y muchos estudiantes deben ir sin el uniforme reglamentario pues es costoso adquirirlo, a pesar de que ha ido a los colegios a ofrecer otras alternativas; por ejemplo, quitarle los escudos, entre otros adicionales como bolsillos y así poder vender y no entrar en quiebra y, que además los niños puedan asistir uniformados. El hermano de Astrid también vive en Venezuela y tiene un fruver grande, el cual se ha visto afectado por la tétrica economía del país vecino y, sobre todo por el problema de la luz. Debido a ello ha regalado alimentos a la gente para que no se dañen. De igual manera, lo hace con cariño por ser un hombre de buen corazón —afirmó Astrid—.

Antes de que llegara el transporte, le comenté a Astrid, de los problemas de Bogotá y de Colombia y de paso le hablé sobre algunas empresas “un tanto esclavizadoras”, porque contrario a las seis horas de trabajo oficial en Venezuela, en este país son ocho (las legales) agregándole incluso que pueden convertirse en doce. Además, le mencioné el íngrimo salario mínimo. En medio de la conversación aproveché para comentarle una experiencia pasada (bastante esclavizante). Ella me afirmó con su cabeza como si supiera de lo que le hablaba. Al parecer lo notó con el trabajo de su esposo y otras personas se le han contado historias parecidas.

Al subirnos en el bus, Astrid hizo alusión al famoso billete de 100.000 bolívares fuertes, el cual quedó avaluado en 1 bolívar soberano por la reconversión monetaria. El día en que Nicolás Maduro decidió anunciar que suprimiría primero en tres ceros y después en cinco, advirtiendo a todos meter su dinero en el banco. Frente al anuncio, algunos decidieron gastar sus billetes. Luego resultó haciendo la reconversión, pero más adelante. Muchos venezolanos acabaron con sus billetes desesperados de saber que su plata no iba a valer nada. Igualmente, ninguna de las decisiones tomadas sirvió, porque con ceros o sin ceros, fue peor el remedio que la enfermedad. Hasta el momento, pasados 11 años, se han eliminado un total de ocho ceros al bolívar, sumando los tres ceros que, en el año 2007, Chávez, anunció se eliminarían por la reforma monetaria debido a la inflación.

Pues bien, retornando a lo central, el año pasado en noviembre, Astrid estuvo en Venezuela de vacaciones y quiso llevar a su sobrino a pasear. Hizo el cambio de pesos colombianos a bolívares y se gastó lo del sueldo de un mes allá. Afirmó que era mejor haber comprado en pesos colombianos, los cuales también reciben, así como los dólares u otras monedas (aun con mayor demanda).

Por otra parte, Astrid mencionó sobre la dificultad de adaptarse a esta ciudad, a los cambios constantes de clima, a la movilidad y al problema de conseguir empleo. Pero con respecto a esto último, pensé en las cifras de desempleo en Colombia. Al punto de que el aumento de la tasa de desempleo en los últimos meses revelado por el Dane equivalente a un 10,8 %, en el mes de marzo, es un desencadenante de la inmigración venezolana cuyas cifras según Migración Colombia, lo confirman: “Más de 1,1 millones de venezolanos que han huido de la crisis de su país viven actualmente en Colombia, cifra que podrá llegar hasta los 2 millones en 2019” (…) (Agencia EFE, 18).

Por lo tanto, mi respuesta mental sobre la dificultad de conseguir empleo fue que muchos venezolanos sí han podido ubicarse a nivel laboral y han desplazado en una parte a los colombianos y eso se puede notar en los barrios, localidades y en todo lado, así sea vendiendo dulces en los buses. Inclusive hay venezolanos dueños de negocio a los cuáles les ha ido mejor que a los colombianos.

Por otro lado, Astrid me contó que en Venezuela cuentan con un terreno propio, pero vivían en la casa de la mamá de ella (bastante grande). Diferente a como ahora viven en Colombia; en la localidad de Suba de Bogotá, pagando 450 mil de arriendo en un apartamento pequeño e incómodo. En ese momento, aproveché para confirmarle que los arriendos sobre todo en la capital son costosos. Sin embargo, guardé silencio con respecto a la subida por el aumento en la demanda de los venezolanos, y frente a ello, recordé haber leído un artículo de Portafolio que mencionaba: “La migración venezolana cambió las dinámicas del arrendamiento en el país, principalmente en estratos bajos, donde la alta demanda por parte de los connacionales agotó la oferta de los inmuebles en alquiler” (Diario Portafolio, 2019).

En el transcurso del recorrido, Astrid y yo no nos callamos ni un segundo. Desde un principio, le pregunté si podía contar su historia —me dijo que sí—. Intercambiamos números telefónicos, quedé en enviaré el enlace cuando esté publicada y en ayudarla con el trámite de su título aquí en Colombia. Luego de completar dos horas de charla, me bajé del bus de Sitp e hice trasbordo a un articulado de TransMilenio. Mientas traté de subirme dos veces a un H17 y sin éxito alguno, estuve pensativa con la situación de los venezolanos en Colombia. Tanto que escribiendo esta historia me pasé ocho estaciones. No importa, valió la pena oír a Astrid. Nunca lo referido a Venezuela había sido de mi interés hasta que una persona que lo ha vivido en carne propia me confirmó lo oído con el “voz a voz” y en los medios. Con el relato me di cuenta de que es mucho peor.

En síntesis, reflexioné sobre cómo hacen muchos venezolanos para sobrevivir en Venezuela o en Colombia. También pensé en los colombianos afectados por la inmigración venezolana o quienes no tienen empleo y les toca “regalarse” por los venezolanos (quienes llegaron a hacer lo mismo) y abarataron la mano de obra. Sea como fuere, di gracias por mi vida y mi trabajo. Pude concluir que nadie sabe más de su historia que quien la ha vivido y padecido. Suspiré profundo al terminar de escribir, sintiendo un poco de temor de que algún día debamos entrar en una situación similar a la de Venezuela por no saber elegir buenos gobernantes o ni siquiera intentar hacerlo.

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