Opinión

Velar un ser querido en la época del virus

Hace diez días falleció un tío adorado, un padre para mí. A la velación, con la obligación de estar separadas a metro y medio una de otra, solo pudimos asistir diez personas

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mayo 04, 2020
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Velar un ser querido en la época del virus
Así Alfonso hubiera vivido sus 89 años pleno y conciente, su partida ha sido dolorosa porque no la esperábamos 

La muerte, como siempre, sigue siendo cierta para todos, con o sin coronavirus. Ha cambiado, sin embargo, la manera en que nos despedimos de los seres queridos que se van.

El distanciamiento social, necesario, que nos cayó de un momento a otro y que, con certeza, vino para quedarse largo tiempo, ha convertido los rituales de la muerte en ceremonias de extrema austeridad y sencillez. No cabe en ellos otra posibilidad, escueta, que la de decir adiós y, quizá por ello, la simplicidad de las nuevas circunstancias pueden ser motivo de reflexión sobre lo obvio: nuestra finitud y la de quienes nos rodean.

Hace diez días falleció un tío adorado, un padre para mí. Aunque estaba próximo al noveno escalón y sabíamos sus hijos y el suscrito que su muerte podría ocurrir en un futuro no lejano, nadie, en realidad, la esperaba a corto plazo. Aunque hayamos tenido la experiencia del fallecimiento de seres queridos, solemos reincidir en considerar la muerte, la propia y la de los demás cercanos,  como eventos inciertos en el tiempo, más bien remotos.

En otras palabras, así Alfonso hubiera vivido sus 89 años pleno y conciente, su partida ha sido dolorosa porque no la esperábamos y, claro, porque lo queríamos mucho hijos, nietos, su hermana que lo sobrevive y yo.

Poseía el privilegio de una salud rebosante,  de tener novia y la autonomía suficiente como para, por ejemplo, conducir su automóvil. Al menos tres sábados al mes solíamos almorzar en su casa una patota de entre diez y quince personas. Ya en cuarentena, el ritual lo reproducíamos por el, ahora, infaltable zoom. Almorzamos por última vez, de forma virtual, el 11 de abril.  El jueves siguiente ocurrió en su casa, el ataque cerebro vascular y pese a que fue atendido de la mejor forma en la clínica, falleció el 23. Pude verlo el 22 y hablarle; por informe del neurólogo, los familiares cercanos abrigamos la esperanza de que se recuperara, aunque fui advertido de que “no hay que olvidar que los pacientes son dinámicos”.

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Zoom  fue la herramienta para que dos hijos, residentes fuera, y otros parientes cercanos pudieran apreciar el último adiós

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La velación tuvo lugar al día siguiente del deceso. Con la obligación de estar separadas a metro y medio una de otra, solo pudimos asistir diez personas, autorizadas para permanecer en la funeraria entre el medio día y las seis de la tarde.  A la entrada nos tomaron la temperatura y nos fueron suministrados, por supuesto, gel y tapabocas. La ceremonia, a las cinco, con los familiares alrededor del féretro, cubierto de tres ramos de flores, no fue exactamente una misa, porque no incluyó la Elevación, aunque sí el Padre Nuestro y, también, las palabras del sacerdote que ofició, quien llegó en su moto diez minutos antes. Como éramos pocos, tuvimos todos la oportunidad de expresar, al final, algunas palabras. Zoom, de nuevo, fue la herramienta para que dos hijos, residentes fuera, y otros parientes cercanos pudieran apreciar el último adiós.

Extraño:  cura, cantante, organista y dolientes, distanciados entre sí, sin poderse abrazar, con tapabocas, una escena que parecía tomada del Extraño mundo de Subuso, una tira cómica de los años sesenta del siglo pasado que ilustraba situaciones absurdas en un mundo imaginario. Y, a la vez, en medio de la distancia social, sin las distracciones usuales de los entierros, unas horas para el recogimiento y  comprender que no volveríamos a ver más a Alfonso.

El distanciamiento social, el confinamiento que nos ha impuesto esta época de pandemia, quizás sean la oportunidad de tomar la certidumbre de la muerte en serio. Es diferente decir “Sé que moriré algún día” a tener claro que “Habrá un día en que habré sido”.  Tal vez ello nos pueda ayudar a ser más compasivos, más en el sentido sajón de la palabra (“sentir con”) que en el dadivoso dar, de arriba a abajo, con que solemos utilizar la palabra en español;  a reflexionar acerca de la forma en que las personas se acercan a la riqueza  y la manera con que la manifiestan, incluidos los funerales.

 

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