Opinión

Vargas Llosa, Tiempos recios y autoritarismo

El nobel peruano nos recuerda en su libro cómo Estados Unidos dejó a un lado el cuento de libertad y democracia y apoyó las más sangrientas dictaduras en Latinoamérica

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noviembre 18, 2019
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Vargas Llosa, Tiempos recios y autoritarismo
Hechos como los narrados por Vargas Llosa en “Tiempos recios” impidieron la práctica fluida de la democracia en América Latina

Cómo se explica que Estados Unidos, imprescindible en la derrota del fascismo en la Segunda Guerra Mundial, apoyara las más sangrientas dictaduras en América Latina y estrangulara proyectos liberales? Vargas Llosa nos recuerda la respuesta.

Se suponía que con el fin de la Segunda Guerra Mundial se acababa también una de las narrativas mas poderosas de la primera mitad del siglo XX: el fascismo.  Nadie, seis años atrás hubiera apostado a la destrucción de Alemania y del fascismo como narrativa y propuesta política exitosa.

Con exceso en la simplificación, autores como Harari (21 Lecciones para el Siglo XXI) afirman que en el 45 sobrevivieron la democracia liberal y el socialismo, encarnados en las dos potencias que, hasta el 89, dirimirían sus diferencias en la guerra fría.

Simplificación, porque el cuento de la defensa de los valores de la libertad y la democracia no fue una narrativa universalmente impulsada por los Estados Unidos durante varias décadas en América Latina y el Caribe después del 45. En realidad, se promovieron algunas sangrientas dictaduras.

 

 

Los aliados de los Estados Unidos en la región:
los Somoza y tiranos del corte de Leonidas Trujillo en República Dominicana,
Duvalier, el fatídico Papá Doc de Haití

 

Es el tema de Vargas Llosa en, la triste historia de Guatemala en los años 40 y 50. Los aliados de los Estados Unidos en la región: los Somoza y tiranos del corte de Leonidas Trujillo, regidor desde 1931 en República Dominicana, Duvalier, el fatídico Papá Doc de Haití. Corrupción y nepotismo extremos, eliminación física de los adversarios políticos, algunos de los rasgos comunes.

Los enemigos: gobernantes como Jacobo Árbenz, presidente elegido democráticamente en Guatemala, que encabezó el gobierno entre 1951 y 1954, año en que fue depuesto por el coronel Castillo Armas, en un golpe orquestado por la CIA, la United Fruit Company y, determinante, por una exitosa campaña de medios en los Estados Unidos.

Lo dramático en el caso de Árbenz consistió en que, con el golpe de Castillo Armas, acabaron con un tímido proyecto de corte liberal democrático. El respeto por la propiedad y el anticomunismo declarado de Árbenz debían haber sido, al menos en el plano ideológico, motivos más que suficientes para ser considerado como un aliado de los Estados Unidos en la región, aquella potencia sin cuyo concurso hubiera sido imposible la derrota del fascismo alemán, italiano y japonés en la guerra mundial.

En realidad, en el proyecto de Árbenz, como en el de Arévalo, su antecesor, las empresas, incluida la United Fruit, debían pagar, razonablemente, impuestos, inferiores a los tasados en los Estados Unidos.

Quién dijo miedo. El hombre de las bananeras, el tosco y eficiente Sam Zemurray se alía con el mago de las narrativas en los medios de comunicación, Edward Bernays. Con un propósito: convencer al público norteamericano, a través de los diarios y las emisoras gringas, de cómo Guatemala es, en realidad, el caballo de Troya de la Unión Soviética en América Latina.

¿Posverdad, fake news, fenómeno del siglo XXI? ¡Qué va!

Triunfaron Barneys y Zemurray, con el apoyo, quien lo creyera hoy, de extraordinarios diarios como el New York Times y varios de corte demócrata.

Claro, hay que añadir los brutales casos de intervención contra Joao Goulart en Brasil, Allende en Chile y el apoyo a dictaduras en el Cono sur y en otras latitudes latinoamericanas, invasiones a islas del Caribe, etc.

Y, finalmente, una realidad frustrante: hechos como los narrados por Vargas Llosa impidieron lo que pudiéramos llamar la práctica fluida de la democracia en América Latina. Respeto por los partidos políticos, los resultados electorales, por la diversidad étnica y cultural, hacia los límites de la autoridad, no han podido ser desplegados a plenitud.

Quizás es una de las llaves para entender cómo algunos autoproclamados mesías, de derecha y de izquierda, se sienten en América Latina con el derecho a introducir y cambiar articulitos en las respectivas constituciones para perpetuarse, en detrimento de la democracia liberal.

 

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