Opinión

A Uribe le salpica la sangre de los que murieron en París

Todos los que aplaudieron el apoyo del gobierno colombiano a la causa petrolera de Bush tienen las manitas untadas de sangre

Por:
noviembre 19, 2015
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En el 2003 Colombia se convirtió en el único país latinoamericano en apoyar la invasión a Irak. Según la revista The Lancet esta ofensiva dejó 650.000 muertos en siete años, una cifra que hace empalidecer las 3500 personas que perdieron la vida el 11 de septiembre del 2001 o los 120 asesinados en París el pasado viernes. Sin la invasión a Irak seguro no tendríamos a estos locos de Isis grabando videos en donde aparecen incinerando enemigos, fusilando a 200 niños o arrastrando “infieles” en sus camionetas cuatro por cuatro. Hay que recordar que los jefes de esta temible organización formaban parte de la guardia pretoriana de Husein y tienen la sangre en el ojo no solo por la invasión sino por el sacrilegio que cometió Occidente de convertir la ejecución de su líder en un show televisivo.

El senador Uribe y todos los que en su momento aplaudieron el irrestricto apoyo del gobierno colombiano a la causa petrolera de Bush tienen las manitos untadas de sangre y de esa culpa no se escapa la señora María Isabel Rueda que a principios del 2003 criticaba en esta columna de Semana la poca determinación de Francia para ayudar a bombardear las selvas colombianas y chamuscar a esa insurgencia asquerosa, único medio en el que ella ha creído para ponerle fin al conflicto colombiano. En la misma columna la señora Rueda abraza a George W. Bush escribiendo que su país es el único que se muestra realmente comprometido en la lucha contra la guerrilla y el terrorismo.

Un envalentonado Pacho Santos decía
“cuándo veremos una acción igual
para ayudar a la democracia colombiana”

Uribe y Rueda no son los únicos que suplicaban un poquito de guerra global para Colombia. Un envalentonado Pacho Santos decía, al ver los pozos petroleros irakíes en llamas que “semejante despliegue para Irak, que apoyamos, nos hace preguntarnos cuándo veremos una acción igual de la comunidad internacional para ayudar a la democracia colombiana”. Pacho se solazaba imaginando el campo colombiano arrasado por las bombas, los niños campesinos mutilados y él y su patrón, el que le hacía favores a Pablo Escobar, mandando en este moridero.

Viendo lo que trinó María Fernanda Cabal, indiscutible alfil del Centro Democrático, una vez se expandió el viernes la noticia de los atentados, a uno no le cabe duda que al uribismo, como a los tiburones, la sangre lo excita. Qué bueno hubiera sido un regaño público de Uribe  a su representante de confianza, qué bueno que este señor pensara en que existe algo más poderoso e implacable que el dios de porquería ese en el que él cree y que se llama la Historia y que esta no perdona y que esta diosa no lo va a olvidar a la hora, ya cercana, en el que este país se sacuda el polvo y empiece a recordar quienes fueron los que mancharon su tierra de sangre.

La historia tampoco olvidará las erráticas medidas que está tomando Francia como represalia a los atentados. Se ha demostrado que el terrorismo no se combate con bombas, que así caigan sus líderes otros saldrán de entre la tierra chamuscada, más fuertes y feroces que nunca, con la sed y la invencibilidad que solo otorga la venganza. Por los muertos que ha dejado el terrorismo en Europa, por las masacres que insurgencia y Estado han dejado en Colombia es que uno debe abrazar la idea de una paz justa, equitativa. Basta ya de estigmatizar al islam, basta ya de creernos mejor que el otro solo porque no tienen televisor, porque llevan turbantes y creen en un Dios que no es el nuestro. Occidente la ha embarrado y debe asumir sus culpas. Hace veinticinco años, cuando Bush padre se inventó la Guerra del Golfo, empezó a germinar Isis. Hace doce, cuando su hijo, con el apoyo de entusiastas de la guerra como Álvaro Uribe, completó la misión de devastar la rica tierra de Irak, el monstruo terminó de tomar forma. Ahora lo vemos de cuerpo entero, creciendo con cada bomba norteamericana que estalla en Siria, alimentándose del odio, volviéndose un gigante que tiene la fuerza y la determinación de acabar con Europa y de empezar una Tercera Guerra Mundial.

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