Opinión

Uribe es una excusa

En los últimos 17 años caímos en una trampa creada ingenuamente por nosotros mismos: le otorgamos un protagonismo excesivo a Uribe en la construcción de la realidad del país

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julio 24, 2018
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Uribe es una excusa
Es desmesurado asumir como argumento que Uribe es el principal enemigo de la paz. Sería otorgarle una capacidad de la que carece, muy a pesar de sus intenciones. Foto: Leonel Cordero/Las2Orillas

Tuve el tiempo suficiente para pensarlo. Siendo estudiante de Derecho de la Universidad del Rosario en 2001, empecé a desconfiar de Uribe y su llamativo despuntar como líder político del país. Teniendo en cuenta su experiencia como gobernador de Antioquia intuí la amenaza nefasta que se cernía sobre las instituciones, los opositores y la misma ciudadanía ante el probable gobierno del popular y carismático personaje. No fui el único y no nos equivocamos en nuestros temores. Sobran las evidencias.

No obstante, durante los últimos diecisiete años caímos en una trampa creada ingenuamente por nosotros mismos: le otorgamos un protagonismo excesivo a Uribe en la construcción de la realidad del país. Y de esa manera lo favorecimos inmensamente. Tal y como sus grandes defensores lo responsabilizan de cada uno de los “avances”, sus contradictores -con dolor lo admito- ayudamos en la consolidación de una imagen desproporcionada del cuestionado líder al responsabilizarlo por todo el malestar. Al negarnos a concebir y aceptar nuestro panorama social pasamos por alto a la verdadera Colombia, desvanecida en su historia por una sociedad civil deteriorada, principalmente, por la ausencia de diálogo sobre nuestros principios fundamentales.

En el impecable ensayo To Fight Against this Age (Luchando contra esta Era) escrito por el filósofo holandés Rob Riemen, el autor reflexiona sobre el temible renacer del fascismo en Europa (y su novedosa e inédita versión norteamericana en el nombre de la libertad) revelando entre varias cuestiones, una de tamaña importancia: la responsabilidad de la ciudadanía en la edificación de una sociedad fascista, independiente de su espectro ideológico, sea de izquierda o de derecha.

El fascismo es una sistema de mentiras efectivas basadas en la negación colectiva de la realidad, a partir de un uso acomodado y precario del lenguaje; comúnmente aprovechado -con las mezquinas herramientas del miedo y el odio- por un líder o grupo de líderes con una agenda puntual: poner fin a la democracia en aras de prolongar su poder económico o político. La definición aterra por su clara naturaleza mecánica.

En efecto, para Riemen la metodología de encumbramiento del fascismo es sencilla y predecible (y guarda cierta similitud con experiencias conocidas en Colombia guardadas las proporciones): i) la consagración  -y reiteración- de ideas populistas a partir de eslóganes, frases vacuas y clichés (la falsa superioridad racial y cultural germánica); ii) la consistente y tergiversada victimización de un sector afectado de la población (el pueblo protestante alemán, la mayoría) y; iii) la creación artificial de un responsable o grupo de responsables de todos los males probables de la sociedad (la amenaza judía, los culpables). Con la aplicación de esta fórmula se repite la fatal profecía que incluye -paradójicamente- una luz de esperanza: el fascismo, como una plaga mortal, siempre es posible pero también evitable.

 

 

Valdrá la pena preguntarse si uno de los fracasos del Acuerdo de Paz,
pudo haber sido la ausencia de suficiente conversación ciudadana
alrededor del significado de la paz como valor común para todos

 

 

En ese sentido, el aporte más significativo del ensayo del holandés y del todo aplicable a la realidad colombiana -por cierto, a tiempo de no convertirse en una realidad fascista- consiste en restarle importancia a la figura del líder que personifica al fascismo. De esta forma, el autor reconoce que la responsabilidad recae sobre todo en un malestar social generalizado que incuba a esos líderes y otorga un éxito taquillero a sus mentiras. Dicho malestar incluye la pérdida paulatina de los valores fundamentales de una sociedad. Pérdida que se configura al evitar que esos principios -cimientos invisibles de cualquier sociedad- se hagan parte del dialogo social cotidiano y de este modo se dejen de discutir y se sometan al olvido y a la deriva. Valdrá la pena preguntarse si uno de los fracasos del Acuerdo de Paz, pudo haber sido la ausencia de suficiente conversación ciudadana alrededor del significado de la paz como valor común para todos.

Por lo anterior creo que es desmesurado asumir como argumento -o victoria- que Álvaro Uribe es el principal enemigo de la paz en el país. Sería otorgarle una capacidad de la que carece, muy a pesar de sus intenciones. Los enemigos de la paz de este país somos todos, cuando nos negamos a llevar a cabo las acciones morales más sutiles y frecuentes -con el otro y con nosotros mismos- al empeñarnos en dejar de practicar las valiosas e imprescindibles virtudes de la verdad, la justicia y la belleza. Hoy por hoy preferimos darnos la espalda y seguir contemplando y ejerciendo la estupidez organizada, la frivolidad venenosa y la inmediatez acelerada del espectáculo. Todo lo anterior, caldo de cultivo perfecto, desde la ignorancia y la negación, para la llegada del peor fascismo: el fascismo del alma.

Decía el famoso director de cine italiano Federico Fellini (quien de joven creyó en las mentiras de Musollini) que el despertar del fascismo depende del rechazo generalizado de las personas a otorgar a sus vidas un significado más profundo. El fascismo, afirmó, no es más que nuestro rincón más estúpido y frustrado, que se mantiene escondido en nosotros. En otras palabras, todos llevamos un fascista en potencia por dentro.

En conclusión, Uribe es una excusa, ante nuestra pereza democrática y descuido ciudadano de asumir, con el mismo esmero que exigimos libertades individuales, la responsabilidad y protagonismo personal en la compleja construcción de Colombia. No puede ser que durante los próximos cuatro años, insistamos en seguir prestándole atención a un personaje que como en los viejos cuentos infantiles no es más que un monstruo inventado oculto en el armario viejo, mientras que el temido espanto -el fatal espectro- que somos cada uno de nosotros, sigue creciendo.

@CamiloFidel

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