Una Soda para miles, un Stereo en el corazón

"El grande Gustavo Cerati en tres momentos de mi vida."

Por: Oscar Darío Negrete Ruiz
septiembre 05, 2014
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Una Soda para miles, un Stereo en el corazón
elcomercio.com

Bogotá, 24 de noviembre de 2007

La fila era bastante larga. De un par de cuadras. El frío empezó a bajar de los cerros queriendo ser protagonista de la fiesta. No sé exactamente qué hora era, no había llevado reloj. Ni mis amigos tampoco. En estas ocasiones lo mejor es ir libre de cualquier cosa que te amargue el rato. Andar sin nada que te complique el acto puro de un concierto. Saltar, cantar, vibrar, tirarte al piso si te da la gana. Jeans ajustados que no necesiten cinturón. En la entrada te lo quitan. Camiseta, chaqueta ligera y tenis cómodos. Lo demás que hay que cargar es ganas, muchas ganas de ser libre. Afinar la mirada y escuchar cada nota con el alma. Está permitido llorar.

La fila avanzó después de tres largas horas de espera. En la entrada nos dividieron en dos filas. Hombres y mujeres, por aquello de la requisa. Me sentí en aeropuerto gringo llegando en avión de Avianca. Alcancé a pensar que nos harían prueba de sangre.

En el interior del parque ya había unas diez mil personas. Nunca había ido a un concierto en el Simón Bolívar. Un marco imponente. Un escenario sensacional. Dos pantallas gigantes de video. Una a cada lado del escenario. En la mitad del escenario (detrás de los instrumentos y de los artistas) tres pantallas de luces LED. Seis metros de alto aproximadamente. Hubo algunos momentos donde las tres pantallas se convertían en una sola. Impresión óptica. El sitio escogido para ubicarnos nos daba una visión magnífica del escenario. Sin duda alguna podría acariciar desde ahí cada nota que saliera de la voz de Gustavo. Sentir en la sangre el vibrar de los acordes del bajo de Zeta y palpitar con cada golpe de la batería de Charly.

Estaba parado al lado de mi hermano, el menor. Tiene ocho años menos. Volteé para preguntarle cómo le parecía todo. No hubo necesidad. Estaba de frente a la tarima, mirando fijamente. Embelesado con aquel espectáculo y aún no comenzaba. El brillo en su mirar me respondió cualquier pregunta.
Pensaba que a través de los años le había inculcado el amor por el rock. Por Soda Stereo. En ese instante me di cuenta que simplemente él lo había hurtado. Era suyo por pertenencia, no porque yo se lo hubiera regalado.

Siete de la noche. Como todos unos profesionales, empiezan la función a la hora señalada. Del telonero ni me acuerdo. Nadie se acuerda. Me dio pena con ellos. Debe ser difícil, muy difícil cantar delante de un público que no te quiere ver, que no le importa lo que cantas. Algunos aplauden por pura decencia.

Por fin el mundo fue mío, solo mío. Y de unas cincuenta mil personas más que colmaron el Simón Bolívar esa noche. Por fin estaba delante de Gustavo Cerati, Charly Alberti y Zeta Bosio. ¡Es verdad!, son de carne y hueso. Y yo estaba ahí. Estaba respirando el mismo aire frío que Soda Stereo. ¡Mi Soda Stereo! Soda que en Montería alegraba las tardes de estudio, tomaba aguardiente antioqueño los viernes por la noche y jugaba voleibol o tenis de mesa los domingos en la tarde. Soda que me hizo saltar una mañana sin cerros en Bogotá, cuando me enteré que se volverían a reunir. El anuncio del rencuentro no pudo ser más sarcástico: Me verás volver.

“Buenas noches Bogotá”, y todo estalló en una locura colectiva. La espera había terminado. Abrazado con mi hermano saltamos hasta el final de la primera canción. Hasta el final de la segunda y la tercera. De ahí en adelante saltamos en un abrazo de cincuenta mil almas. Grabé cada imagen, cada nota, cada palabra en el DVD de los momentos únicos que guardo en el lado B de los latidos del corazón. Me dediqué simplemente a ser feliz.

Sonó “juegos de seducción”. Los gritos de las mujeres pidiendo que Gustavo les hiciera un hijo eran desgarradores. “Hombre al agua” convirtió a todos en seres de otro planeta. Seres unidos en aplausos interminables. Abrazos y sonrisas por doquier. “Zoom” me recordó un programa que daban cuando estaba en la universidad, los sábados por la tarde. “Nada personal” fue lo más personal de la noche. Lo más íntimo. Lo más perverso de mis recuerdos juveniles. En “la ciudad de la furia” me toco contenerme, estuve a punto de llorar. Cerré los ojos y canté. Canté con todo el corazón. En “la ciudad de la furia” ahora vivía. Era Yo. “Donde nadie sabe de mí y yo soy parte de todos”. “Signos” nos llenó de melancolía. Una guitarra acústica acompañó los susurros, los suspiros. “Signos” debajo de una luna hostil que quiso acompañarnos. Después se marchó detrás de una “Persiana americana”, dejando en el ambiente el sabor a una “Primavera 0”. “Cuando pase el temblor” provocó tal euforia que saltábamos por pura fuerza de masas. (Al día siguiente El Tiempo debió titular: Sismo de 7.9 grados en la escala de Richter se sintió en el corazón de Bogotá).

En la mitad del concierto el cielo de Bogotá ya no fue más el cielo de Bogotá. Ahora este habitaba en la superficie del Simón Bolívar. La noche oscura se encargó de dar un toque romántico que todos entendimos. Era el momento preciso. No hubo señales, no hubo acuerdo firmado en mesa de negociación, no hubo palabra alguna para entender lo que venía. Las luces se apagaron por completo. Los acordes de una guitarra marcaron el inicio del ritual. Gustavo (Cerati) dice: “He llegado hasta el fin. Con los brazos cansados”. Un silencio retumba en cada rincón del parque y sus alrededores. Susurros que cantaron al viento. Todos sin excepción iluminamos el cielo negro que nos cubría con estrellas verdes que giraban, giraban y volvían a girar en un ritual de cuerpos sudorosos. Todos sin excepción cantamos cada estrofa de aquella canción con tanta fuerza que Gustavo acalló su voz al final. En su mirar se vio lo hermoso de ese momento. Culminó con un “Increíble”.

“De música ligera” fue un karaoke en comunión perfecta de almas desconocidas. Seres mortales que entonaban notas de una religión que no se enseña, se adquiere por convicción de tanto querer ser libre. Esa noche cincuenta mil almas bebieron una Soda de la misma botella. Esa noche cincuenta mil almas cantaron con notas en Stereo de alta fidelidad. Esa noche le pude dar a Gustavo, Charly y Zeta un adiós sincero. Un “¡Gracias totales!”

Al salir nos montamos en una limusina amarilla. Emprendimos viaje rumbo a Galerías. Gustavo, Charly y Zeta iban con nosotros.

Montería, Septiembre de 1997

En la televisión, las noticias muestran un país desangrado por la corrupción y el narcotráfico. Ya nada me asombra. Nada me espanta. Después de tantos años de violencia en Colombia y de haber sobrevivido junto a mi padre (un par de meses atrás) a una bomba en el edificio donde él trabajaba, ya nada me podía perturbar. ¡Mentiras! En la sección de farándula del noticiero mostraron las primeras imágenes de “El último concierto”. La despedida de Soda Stereo. ¡No puede ser!, ¡se separan!, grité dejando el almuerzo a la mitad. Quedé frío. Un músculo en la espalda se encogió. ¿En qué mundo vivo? ¿Cómo así qué Gustavo, Charly y Zeta son capaces de acabar con el templo de nuestra religión? ¡Estos tipos están locos!, dije, dejando caer una especie de lágrima llena de agonía.

sueños de adolescencia se esfumaban. Vivirían ahora por siempre pisoteados debajo del tocadiscos. ¡Soda Stereo, ya nunca te veré cantar en vivo!, exclamé con tristeza profunda. Gustavo Cerati acababa de enterrar un cuchillo en el pecho de este pobre indigente. Sí, así me sentí. Indigente por vivir en el medio del Caribe colombiano y no tener un Luna Park a la vuelta de la esquina. Indigente por no tener un estadio de River en el patio de la casa para ver entrar a Soda Stereo por última vez, y ver salir a Gustavo, Charly y Zeta cuando todo acabara. Tres hombres que ahora eran mortales.
Esa noche los odié. Esa noche los detesté. Esa noche me dormí escuchando un Soda que ya no era mío. Al día siguiente no tuve remedio. Los perdoné.

Bogotá, 4 de septiembre de 2014

Anoche soñé con Gustavo Cerati, bebíamos vino tinto a orillas del rio de la plata en medio de una tarde un poco gris, no hacia frio. Charlamos de todo menos de música. Charlamos de futbol, de Colombia, de Argentina y de nuevo del futbol. El reloj del cafetín nos indicó que se hacía tarde, no sé para qué. Se levantó en medio de una risa inmortal, tomó su sombrero y se lo acomodó de medio lado. Su mirada se clavó penetrante en el horizonte de su Buenos Aires del alma. Hoy es un buen día para empezar un nuevo concierto, dijo, sin voltear atrás.

Desperté con esa sensación inequívoca de que el sol salió más temprano y yo estaba atrasado para el trabajo. Soda (Stereo) empezó hacer de las suyas (una vez más) en el apartamento. Alcancé a escuchar el último concierto casi por completo. Ya en el carro escuché la noticia que convulsionó hasta la última fibra de mi alma musical. Estaba convencido que lo vería levantarse de esa cama, tomar su guitarra y plasmar en papel todas las letras, que ahora se llevó en un silencio eterno. Sin duda alguna, en el retrovisor vi caer, “Un hombre al agua”.
Gracias Gustavo, “¡Gracias totales!”

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