Opinión

Una sentencia contundente

Las mayorías urbanas, para las cuales “las montañas de Colombia” son sitios lejanos y agrestes, decidirán el futuro de quienes han padecido por 50 años la guerra en el campo

Por:
abril 24, 2016
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La sentencia es contundente e inapelable.  El futuro de los territorios y de las personas que están, y han estado, sometidos y afectados por la guerra durante los últimos 50 años, estará en manos de las grandes mayorías urbanas.

Sea cual sea el mecanismo de refrendación, las mayorías que viven desde hace 10 años del conflicto armado por medio de titulares de prensa o notas de 30 segundos en los noticieros, pasarán sentencia sobre el fin de la confrontación y la construcción de la paz.  Estas mayorías, para las cuales “las montañas de Colombia” son sitios lejanos y agrestes en los que hay bellos paisajes y gran biodiversidad, pero poco más, dirán si la ilusión de la justicia retributiva, “cárcel para todos esos …”, doblegará a una propuesta de terminación del conflicto, imperfecta y compleja sin duda, pero centrada en las víctimas, en la búsqueda de la verdad y en la no repetición.

Desde esas mayorías se grita con fuerza “contra la impunidad” en el proceso pero no se emite siquiera un susurro para reclamar por la crisis de la justicia y la impunidad del 97 %, vergonzosa, documentada y perversa, que se da en el sistema. En esas mayorías se hacen cuentas a mano alzada y con signos de exclamación e indignación sobre el número de guerrilleros que habrá que “sostener” después de la desmovilización, pero pocas veces se pone en cifras los billones que consume la guerra en destrucción año a año y lo que como resultado se ha dejado de invertir en infraestructura, equidad, educación y oportunidades.

Se grita con fuerza “contra la impunidad” en el proceso
pero no se emite un susurro para reclamar por la crisis de la
la impunidad del 97 %, vergonzosa, documentada y perversa, que se da en el sistema

Las preocupaciones de las mayorías en el país urbano se concentran hoy en día en el transporte público, la calidad del aire, el microtráfico, la extorsión, el robo de celulares y los enfrentamientos entre combos por las rentas ilegales.  Pocos alcaldes han hecho un esfuerzo real por liderar procesos de pedagogía alrededor del proceso mientras que una avalancha de titulares, señalamientos, polarización política y escándalos  copa la atención del ciudadano.  Lo de La Habana se ve más como un tema de honor, de principios, de odios acumulados, de precedentes que hay que establecer para no repetir y de supremacías políticas y electorales.

Urge identificar los símbolos y las estrategias para comunicar de manera sencilla, veraz y efectiva lo que ha sido el conflicto y lo que significa el fin del mismo.  Así como desde la oposición al proceso se han adoptado, promovido y generalizado conceptos como la rendición, la entrega, la amenaza castrochavista y la traición, así también se deben lograr posicionar los símbolos y los conceptos que acerquen a las ciudades y sus gentes a las tragedias de la guerra, al dolor inmenso que causó y sigue produciendo, a la fortaleza ejemplar de tantos compatriotas que sobreviven entre dos y tres fuegos y al país del futuro.  Ante el miedo y la amenaza hay que ser capaces de comunicar  y movilizar desde la solidaridad, la corresponsabilidad y la esperanza.

Sin duda es trascendental trabajar procesos de pedagogía sobre los acuerdos firmados y sus consecuencias.  En ellos se encuentran cambios sustanciales para comunidades, territorios y grupos poblacionales.  Son los habitantes del campo quienes vivirán las consecuencias más directas e inmediatas de los acuerdos y del fin del enfrentamiento armado pero  buena parte de esas consecuencias no figuran entre las prioridades de las mayorías urbanas. Vías terciarias, acceso a la tierra, sustitución de cultivos y  formalización de la tenencia son ejemplos de temas que cambiarán con el fin del conflicto y la construcción de paz, pero que pasarán bajo el radar de las ciudades.

Quizás es necesario acercar el dolor causado por la guerra a la sensibilidad de quienes miran a la distancia para que se sensibilicen ante la angustia de una madre campesina cuando sus hijos se acercan a la edad del reclutamiento criminal; a las noches eternas de una comunidad presente en zonas donde se realizan bombardeos o ataques con artillería;  a los dolorosos senderos donde pululan las minas antipersonal y a la palmaria y ofensiva pobreza que el conflicto ha profundizado. La guerra ha sido un asunto de vida o muerte y en ocasiones pareciera que se tratara exclusivamente de un problema ideológico o de un tema que está allá donde hay guerrilla, soldados y campesinos.

La empatía surge cuando somos capaces de situarnos en la realidad emocional del otro.  El conflicto ha generado dolor, angustia, terror y desesperanza.  Si bien hay explicaciones y fundamentos políticos, macroeconómicos y éticos para terminar la guerra se debe intentar, con toda la fuerza posible, que las mayorías urbanas se pongan en los zapatos de las víctimas y de los colombianos que sin serlo aun, están en riesgo inminente si dejamos que el conflicto avance.

 

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