Una respuesta a Brigitte Baptiste

La bióloga publicó en El Espectador una columna titulada 'Geociencias y ambientalismo', acá una réplica

Por: Ricardo Eslava
agosto 28, 2020
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Una respuesta a Brigitte Baptiste

Escribió la bióloga Briggite Baptiste una columna en El Espectador que tituló Geociencias y antiminería, una manera (muy a su manera) de apoyar la iniciativa de #UnGeologoXMunicipio. Sin embargo, dicho texto fue muy burdo en mi opinión por la forma en que caricaturizó a quienes nos oponemos al extractivismo salvaje, además de irrespetuosa con el conocimiento que han adquirido las comunidades y la sociedad civil frente a los temas ambientales.

Caricaturizar al contradictor ha sido una de las estrategias comunicacionales más utilizadas en el debate público de los últimos tiempos. También el invocar a la supuesta élite científica como la única habilitada para opinar de temas técnicos relacionados con conflictos ambientales. Por eso no es raro que Minesa haya decidido como una de sus estrategias subrepticias repetir consignas malintencionadas como llamarnos populistas o politiqueros, todo con el fin de contrarrestar la creciente indignación frente a un proyecto de gran minería que sin duda, representa un riesgo para las fuentes hídricas de Santander.

Lo primero que vale la pena aclarar es que las geociencias como cualquier otra ciencia, no tienen el propósito de llenar los bolsillos de particulares, eso lo hacen los mercaderes de la técnica. La ciencia investiga, analiza y discute con un riguroso método científico que exige el contraste de los datos y el debate de las conclusiones. La ciencia no es letra muerta ni ley de Dios, como dirían los creyentes. Diferencia abismal de lo que pregonan algunas empresas con intereses económicos que venden sus conclusiones en forma de estudios de impacto ambiental como conceptos definitivos de ciencia, aprovechándose que en muchos casos el Estado colombiano no tiene las herramientas para defender intereses generales, simplemente porque no ha construido el conocimiento científico mínimo para contrastarlo o verificarlo. Así sucede en Santurbán, o en el Macizo de Santander como se llama en el mundo de la geología, en el que los estudios para comprender la dinámica del agua en el subsuelo y su interacción con el medio biótico son casi nulos, específicamente en la zona del proyecto de la multinacional Minesa. No puede venderse entonces como ciencia eso que ha concluido la empresa, por lo que debería ser una obligación del Estado y la academia obtener la información completa e independientemente, antes de tomar una decisión sobre licencias ambientales para proyectos en los que no habría retorno, en especial en lo que concierne a los daños ambientales.

Lo segundo es entender que las geociencias no están ligadas a ningún proyecto económico, por más grande y rentable que sea, aunque resulte tentador para algunos compatriotas que prefieran unos sueldos muy por encima de la media nacional. Las geociencias no están limitadas al extractivismo, ya bastante daño le hizo a la profesión la burbuja mediática que se creó en torno a los profesionales mejor pagados, todos en la industria extractiva, mientras otras ramas de la geología fueron descuidadas y desfinanciadas. Eso explica los restos de un megatherium en El Peñón, Santander, que claman porque no los tiren al olvido, o la poca intervención en los temas de gestión del riesgo y el ordenamiento territorial. Peor sucede con los temas ambientales, casi que considerados como un asunto de otras áreas del conocimiento. Recuerdo cuando inicié mi oposición a la gran minería en Santurbán que algún compañero me decía en tono de burla: ¿estás estudiando geología, para sembrar árboles? Suficientes malquerencias me he ganado de quienes trabajan en el mundo minero, pero aquí me mantengo orgulloso de haber elegido la defensa del agua.

Lo tercero es que las geociencias si requieren una reflexión urgente del modelo de sociedad que se ha ayudado a construir, una sociedad de hiperconsumo que desecha rápidamente y produce en exceso. Es imperativo recuperar la relación del mundo biótico con el abiótico, dejar de considerar a los procesos geológicos como un mero asunto en el que la naturaleza no interviene o resulta insignificante, lo sustenta la misma historia evolutiva del planeta. Todo en sus justas proporciones, porque no faltará quién interprete que estoy sugiriendo que los sismos o el vulcanismo están influenciados por los seres humanos que talan unos árboles o perforan unos túneles. Bien vale recordar al geólogo Thomas Van Der Hammen cuya dedicación a entender los ecosistemas paramunos y de la Sabana de Bogotá, son una buena demostración que de nada sirve la geología para la especie humana si se separa de la biología. Es hora de que las geociencias se pongan en la labor de proteger los recursos que sustentan la vida de la especie humana. Recuperar el valor de las geociencias y romper los estigmas, también requiere una discusión ética sobre la labor profesional. Pero ante todo hay que aprender a amar la naturaleza y ser compasivos con ella. No hay sueldo millonario que recupere las funciones ecosistémicas de un bosque, un páramo, un río y todas las conexiones que existen entre ellas.

Lo cuarto es que toda esta discusión sobre la inconveniencia o no de los proyectos de minería y petróleo no se daría si la economía bursátil tuviera otras prioridades. Si el principal "combustible" fueran las energías renovables se caerían totalmente los discursos que justifican el fracking, como el de “extraer hasta la última gota de petróleo”; si el litro de agua se cotizara en las bolsas de valores a 2.000 usd, las prioridades del gobierno serían otras, seguro habría un Ministerio de los Bosques y el Agua; si el oro no sirviera para la vida excéntrica y lujosa, ni para la lucha geopolítica de las potencias en su intento de buscar seguridad financiera, proyectos como el de Jericó y Santurbán serían absolutamente inviables y sólo se pensaría en extraer solamente el 10% del oro que tiene utilidad tecnológica. Se han confundido tanto las geociencias en el mundo del extractivismo, que no se ha entendido que la economía es la que manda. Un escenario distinto, en el que el Agua tuviera el valor económico representativo que tiene cualquier elemento cuando escasea, tendría a miles de geólogos en todo el país buscando fuentes de agua subterránea para calmar la sed de nuestras poblaciones. Les tengo una noticia, no estamos tan lejos de esos escenarios, el cambio climático silenciará los egos y arribismos de quienes creen que todo se puede extraer.

Brigitte nos ridiculiza a los ambientalistas y asume que nos oponemos a todo tipo de actividad extractiva. Réplica ese imaginario que han vendido las compañías mineras y petroleras en el que quienes nos oponemos a determinados proyectos añoramos volver a las cavernas, andar en taparrabos y ser recolectores, mientras nos oponemos al "desarrollo" desde la comodidad que nos brindan los celulares y portátiles, hechos gracias a la actividad minera y petrolera. Ahora repiten que la minería está en toda nuestra vida cotidiana. Ese sí es un argumento populista. Sin embargo, acudiendo al mismo raciocinio podría aplicarse la analogía con el agua, que está en toda la cotidianidad, por encima de muchas cosas que creemos necesitar, empezando por nuestro cuerpo cuya composición es al menos del 60% en agua, en los alimentos que consumimos y que obligatoriamente debemos consumir todos los días, los cuales requieren grandes cantidades de agua para su producción, o en los 8 vasos diarios de agua que recomiendan por salud consumir todos los días. Así habría una larga lista de actividades y productos que se dan gracias a este líquido subestimado y menospreciado en los cálculos económicos.

Finalmente, es evidente que las geociencias no pueden menospreciar el conocimiento de las comunidades. Las consignas también tienen sustento científico o percepciones recogidas por las comunidades. En estos 10 años defendiendo Santurbán sí que hemos aprendido de geología, biología y otros saberes de la ciencia. Pero las consignas, más en la comunicación, tienen un alto contenido de emotividad, no buscan satisfacer los egos de los “académicos” sino buscar más apoyos ciudadanos o gremiales, máxime cuando desde el gobierno nacional y la institucionalidad no se encuentra interés en garantizar el derecho al agua y al ambiente sano. Las consignas también son utilizadas por las grandes empresas, por eso hablan de minería bien hecha o minería responsable, las cuales no han pegado bien porque carecen de credibilidad producto de la inocultable realidad que sufren zonas donde otras multinacionales llegaron con los mismos discursos y sólo dejaron pobreza, contaminación y tristeza. Me quedo con la interpretación que hizo el profesor Manuel Rodríguez Becerra en su reciente libro sobre la evolución de la participación de las comunidades en los temas ambientales. Eso no significa negar la academia y la ciencia, siempre será importantes, siempre y cuándo privilegien los intereses generales. Cada vez que habla un "experto" nos ha tocado examinar con lupa los intereses que representa. Minesa y Anglogold sí que saben que algunos expertos se pueden transar.

En lo que concuerdo con Brigitte es en la iniciativa de #UnGeologoXMunicipio, la cual le permitirá a las comunidades tener acceso a la información científica en condiciones menos desventajosas para cuando alguna multinacional envíe a sus emisarios a tratar de engañar o confundir con sus proyectos de minería o petróleo; así podrán pensar en los daños ambientales que ocasionarán esos proyectos y definir las acciones legales y cívicas para defender sus derechos constitucionales. De este modo en cada municipio se abrirían oportunidades para buscar nuevas alternativas económicas como el geoturismo y se podría trabajar en salvar vidas a través de la evaluación de las amenazas naturales, la gestión del riesgo y el ordenamiento territorial.

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