Una persona pidiendo clemencia: últimas palabras y pensamientos de George Floyd

Esta podría ser otra muerte trágica a manos de cualquier policía del mundo o un momento para el cambio de la sociedad que no soporta más indiferencia

Por: Arturo Rodríguez Bobb
junio 03, 2020
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Una persona pidiendo clemencia: últimas palabras y pensamientos de George Floyd
Foto: Flickr Lorie Shaull - CC BY-SA 2.0

Queridas personas de todas las nacionalidades, de todas las culturas y colores de piel, me encuentro en un lugar de Europa en donde he estudiado, trabajo y vivo. Esto que le sucedió a George Floyd, lo digo en forma de advertencia, también me podría suceder a mí, soy una persona de piel negra. Me gustan todos los colores de piel y la mía siempre me ha gustado.

Ahora bien, quizás estos fueron los últimos pensamientos de George Floyd antes de que los policías lo asesinaran.

"Aquí a mi alrededor hay tres policías de pie, que observan como el policía que está agachado oprimía mi garganta, aquí están ellos vestidos con sus uniformes grises, y sus rostros malvados color nácar. Espeluzante es el único dolor que estremece cada músculo de mi cuerpo, todos estos policías, sonriendo, me miraban, me equivoqué de sociedad, de país, veo en la distancia el rostro de Martin Luther King, de Malcom X, escuché sus voces: las oí pidiendo clemencia para mi persona, pero, ellos, los policías blancos y el asiático, no quisieron escucharlas, solo se sonrieron de Martin Luther y Malcom X. Verlos, a los policías, delante de mí, tres de pie y el otro que oprimía mi garganta; verlos vestidos de uniformes color gris, hacía que me invadiera la tristeza: nada de misericordia había en ellos, solo pude ver en ellos, odio para acabar con mi vida. Más que una simple ejecución, creo que yo formaba parte de un rito macabro del Ku-Klux-Klan, de los nazis. El miedo me invade, grito".

Floyd intenta pedir ayuda y grita, y grita, y grita en varias ocasiones "no puedo respirar, es mi cara hombre, no he hecho nada grave, señor… por favor… por favor, hombre, por favor, alguien… por favor, hombre… no puedo respirar, por favor, una rodilla en mi cuello… ¡no puedo respirar, mierda!, ¡no me puedo mover, mamá, mamá!…, por favor, no puedo respirar… mi rodilla, mi cuello, no aguanto más, no aguanto más, soy claustrofóbico, me duele el estómago, me duele el cuello, todo me duele, dame agua o algo… por favor, por favor… no puedo respirar, oficial, no me mate, me van a matar, hombre, dale hombre, no puedo respirar, no puedo respirar, me van a matar… me van a matar...no puedo respirar, no puedo respirar, por favor, señor… por favor… no puedo respirar...”.

Posteriormente, sus ojos se cierran y sus súplicas se detienen… George Floyd aparece inmóvil en las imágenes, antes de ser puesto en una camilla y trasladado en una ambulancia.

Esta podría ser otra muerte trágica a manos de la policía estadounidense, alemana, francesa, española, italiana, inglesa, brasileña o colombiana, o un momento para el cambio de la sociedad que no soporta la diferencia racial y cultural.

¿Y, ahora qué?, ¿cuál es la opción?

Antes de continuar, retomo un fragmento de El racismo y la izquierda: ¿quién coloca las diferencias en los cuerpos?, escrito por Alba Rico, y publicado en Cuarto Poder el 5 de mayo de 2017:

Veamos. ¿Quién es el sujeto de la lucha antirracista? ¿Y cuál es el objeto? Por objeto entiendo no solo “el enemigo” sino también el objeto de disputa —si lo hubiere— que nos enfrenta a él. ¿Queremos algo que él tiene y nos ha robado, y que ha robado por eso al conjunto de la humanidad, o solo queremos “romper”, soltarnos de sus redes políticas y epistemológicas para afirmar, mientras la construimos, nuestra diferencia negada y paralela? 

Empecemos por el objeto llamado “enemigo”: el racismo.Garcés y yo estamos de acuerdo con Cedrid J. Robinson en desvincular el racismo del capitalismo y en reprochar a Marx su desconocimiento —o desprecio— de las luchas fuera de Europa (la “tradición radical negra”). El racismo, en efecto, forma parte de una civilización material europea en la que el capitalismo inscribió con toda naturalidad y sigue inscribiendo sus procedimientos de “acumulación originaria”. Marx se ocupa del proceso de despojamiento del campesinado europeo, que Robinson describe como una “colonización interna”, pero apenas se ocupa de sus consecuencias fuera del viejo continente: la de un colonialismo, aún vigente, que conforma —y confirma— la percepción del otro como “manejable” y eventualmente exterminable.

En lo que discrepo de Garcés —y de buena parte del pensamiento decolonial, incluido mi admirado amigo Sadri Khiari— es en anclar el racismo en la “idea” de Europa, de la que se desprendería de tal manera la voluntad de dominio racista que bastaría acabar con el colonialismo “europeo” —un simple pleonasmo— para liberar al conjunto de los oprimidos fanonianos del mundo.Mi tesis es más bien que la racialización es un mecanismo indisociable de todas las relaciones de poder desigual entre cuerpos y que, en ese sentido, el patriarcado —muy anterior al colonialismo europeo y desgraciadamente universal— es también una forma de racismo: porque coloca en el cuerpo la diferencia que justifica su sometimiento.

Es muy cierto, pues, que Marx se “olvidó” de las luchas no-europeas, pero podría decirse que tanto Marx como el pensamiento decolonial se olvidan por igual de la otra “acumulación originaria”, la basada en la extracción de riqueza del cuerpo femenino, descrita en detalle por Silvia Federici en su Calibán y la bruja.Ya se considere como “contradicción principal” la oposición capital/ trabajo o la blanco/negro, se tiende a aplazar la lucha contra el patriarcado para las calendas griegas —después de la liberación— o incluso a considerar el feminismo como un impulso “burgués” o un instrumento funcional al colonialismo europeo. El marxismo vio con tan malos ojos el movimiento sufragista inglés de principios del siglo XX como hoy los Indigènes de la république las críticas feministas (muchas veces, en efecto, islamófobas) al islam.

Sostengo, en definitiva, que el racismo no es ontológicamente europeo sino un mecanismo “humano” de corporización de las diferencias materiales de poder. Mientras haya cuerpos habrá racialización y de lo que se trata, por tanto, es de averiguar quién coloca y qué diferencias se colocan en los cuerpos. El problema es que el rico coloque “pobreza” e “ignorancia” en el cuerpo del trabajador, que el blanco coloque “suciedad” e “irracionalidad” en el cuerpo del negro, que el hombre coloque “naturaleza” y “pasividad” en el cuerpo de la mujer. Es algo más que un cliché la referencia trágica al caso nada infrecuente de las mujeres que son además trabajadoras y negras, cuya racialización extrema apenas deja un respiro “moral” a la víctima. Si para colmo la víctima racializada es homosexual, su exceso de cuerpo la delata enseguida como inhumanizable (…).

La racialización, claro, tiene su historia, que es la de las relaciones de poder que la explotan, y por eso nada tiene de extraño que el colonialismo europeo, una de las más colosales y criminales máquinas históricas de opresión de cuerpos otros, haya racializado a escala incomparable a los pueblos que sometía y somete; ni que, una vez superada la forma histórica del racismo biológico y en la medida en que ese colonialismo prosigue su obra por otros caminos, racialice la cultura, las “formas de vida” o la propia historia.

¿Pero cabría pensar una racialización no negativa, emancipada de relaciones desiguales de poder, en la que la diferencia blanco/negro, como la diferencia hombre/mujer, se pareciese más a la diferencia lampiño/peludo o alto/bajo que a la diferencia bueno/malo, racional/irracional, cultura/naturaleza, etc., oposiciones binarias de orden inasimilable y que solo pueden relacionarse entre sí mediante una conexión metafórica arbitraria y despótica? ¿Cabría pensar un mundo en el que la racialización —la colocación en el cuerpo de diferencias empíricas— no fuera racismo o, lo que es lo mismo, poder desigual, sino interés “juicioso” —o amoroso— en la existencia del mundo? 

¿Por qué habría que reabrir este dossier? Sin querer justificarla de nuevo, recordaré la tesis principal que habíamos defendido en el Movimiento del 68, a saber, que hoy estamos situados sociológica, filosófica, cultural e incluso políticamente ante una tarea imperiosa: la de revisar, cara a cara con la idea de sujeto (y los valores que la acompañan), la condena que ha proporcionado a la mayor parte de las corrientes del pensamiento contemporáneo su más evidente leimotiv.

Retomando a Alba Rico:

Esta pregunta tiene que ver con la de si hay un objeto común en disputa y no solo un objeto de combate, y de ello nos ocuparemos enseguida. Lo cierto es que para el pensamiento decolonial el racismo, como objeto de praxis combativa, es indisociable del colonialismo europeo, concebido más como una idea que como una práctica o, en todo caso, como una práctica emanada de una “idea”: una praxis, si se quiere, de dominio y destrucción. Ahora bien, esta “idea”, ¿dónde reside?, ¿dónde opera?, ¿dónde se manifiesta? “Europa” u “Occidente” no son, por supuesto, realidades geográficas; no pueden serlo después de que el propio colonialismo europeo haya mezclado los continentes. “Europa” es, por tanto, la “blanquitud”, materialidad opresiva que a su vez se define frente al sujeto que se opone a ella: la “negritud”, definida como todo aquello que el “blanco” desconoce u oprime. “Blanco” y “negro”, como en la vieja dialéctica hegeliana, se donan recíprocamente su sentido, privados de existencia al margen de la oposición que los enfrenta.

Parte de este esquema tiene fundamento. El colonialismo ha construido históricamente Europa, en el interior y en el exterior, como una empresa y una neurosis, como una práctica y una forma de conocimiento. Al mismo tiempo, frente al universalismo sin carne, fruto de un cosmopolitismo inseparable de la “blanquitud” económica, también de izquierdas, tiene razón Sadri Khiari cuando insiste en que la “identidad” es el terreno y el arma de todas las luchas emancipatorias. Pero, ¿qué identidad? “Proletario” pertenece a un orden laboral ya inexistente y, como denunció Sultán Galiev en plena Revolución Rusa (cuyo centenario celebramos este año), sirvió y sigue sirviendo para jerarquizar los conflictos y los sujetos; “humano”, por su parte, a la espera de una invasión extraterrestre, no precipita ninguna clase de “identidad común”. Si tomamos como único eje organizativo y agonístico el colonialismo europeo, matriz mental y material del racismo, tiene sentido buscar esa identidad movilizadora en la oposición blanquitud/negritud. Ahora bien: ¿qué es un “negro”? En 1980, en una conversación con el escritor nigeriano Chinua Achebe, el conocido escritor estadounidense James Baldwin, también negro, decía que “los blancos de este país creen ser blancos, pues “blanco” es un “estado de la mente” y, por citar a mi amigo Malcolm X, una elección moral”. “Blanco” es todo aquel que, con independencia de su color de piel, escoge servir al colonialismo; “negro” es todo aquel que, con independencia de su color de piel, escoge luchar contra él.

El problema —lo decía en mi artículo anterior— es que este criterio “moral” recuerda mucho al del alineamiento de clase en el viejo marxismo. Podemos racializarnos y desracializarnos voluntariamente, a partir de la conciencia de un mundo dividido en dos en el que, en cada momento, estaríamos tomando partido por la alienación y la perpetuación del mal o por la rebelión y la fundación de un espacio de liberación. O se es “capitalista” o se es “proletario”: no hay anfibios ni, desde luego, anfibias. O se es “blanco” o se es “negro”: no hay mestizos y las mestizas están siempre a punto de ser “blancas”. El hecho de que este alineamiento sea “voluntario” otorga a esta decisión un matiz autoculpable que, del otro lado, explica en parte la interpelación acusatoria de Garcés a ese “vosotros” de izquierdas sumergido sin saberlo en la “Europa” racista. Curiosamente tanto el marxismo como el pensamiento decolonial coinciden en identificar sus respectivos enemigos —el capitalismo y el colonialismo— con el universalismo ilustrado. La izquierda que justamente critican los decoloniales considera, como ellos, que la democracia, el derecho y la divisa de la revolución francesa (libertad, igualdad, fraternidad) son solo herramientas de “dominio de clase” o de “racismo epistemológico”.

¿Y, ahora qué?, ¿cuál es la opción? ¿Podemos ponernos de acuerdo en algo “blancos” y “negros”? ¿Al menos en esto?

Volviendo de nuevo a Alba Rico:

Escribió Malcolm X: “Pues aunque para la omnipotencia de la naturaleza el hombre sea una cosa insignificante, el hecho de que los mandatarios de su propia especie lo tomen por tal y lo traten así, sirviéndose de él cual de un animal de carga, como mero instrumentos para sus propósitos, o enfrentándolos en sus contiendas para que se maten unos a otros, no es ninguna minucia sino la subversión del fin final de la propia creación”. Perdón: no es una frase de Malcolm X. Es una frase de Kant. 

Y citando a Eduardo L. Menéndez (2017, p. 8):

Hay una serie de problemáticas que me han preocupado de manera persistente, y no solo a través de mis estudios y reflexiones, sino que las he vivido y sigo viviendo cada día, frecuentemente en forma inesperada, pero la mayoría de las veces presuponiendo que en algún momento van a aparecer. Y así, por ejemplo, el racismo normalizado ha constituido uno de los ejes constantes de mis preocupaciones, porque pese a todas las demostraciones y evidencias científicas que lo han cuestionado, sigue operando en los más diferentes contextos, por lo cual —junto con otras problemáticas— me ha planteado recurrentemente el papel del quehacer científico. Es decir, ¿qué pueden hacer las ciencias biológicas, las ciencias antropológicas, y por supuesto el conjunto de las ciencias, sí pese a demostrar hasta el cansancio que ningún racismo tiene base científica, dichos racismos siguen existiendo como parte de la vida cotidiana, a veces solo como discriminación xenofóbica, y otras a través de agresiones físicas que pueden concluir en masacres? 

Tal vez una de las posibles explicaciones esté en el papel contradictorio, que tanto las ciencias llamadas duras como las antropológicas han tenido respecto del racismo, ya que simultáneamente lo han cuestionado pero también fundamentado y utilizado en una historia más o menos interminable que llega hasta la actualidad. Pero quizás también tenga que ver, por lo menos parcialmente, con la vida cotidiana de los intelectuales y de otros actores sociales, que cuestionan el racismo a nivel verbal o escrito, sin embargo lo practican a través de sus formas de vida.

En memoria de mi hermano: George Floyd.

Bibliografía 

Profesores estadounidenses encabezan en Valencia una protesta pacífica por la muerte de George Floyd.

Las protestas por la muerte de George Floyd en Minneapolis, en imágenes.

La muerte de George Floyd: desata protestas y un incendio racial sin precedentes: ¿qué está pasando en Estados Unidos?

Muerte de George Floyd: qué es la "paradoja de Minnesota" y qué dice de la discriminación racial en Estados Unidos.

Países en conflicto toleran menos las diferencias raciales o culturales, según encuesta.

El racismo y la izquierda: ¿quién coloca las diferencias en los cuerpos?

Diferencias y racismos: posibilidades y derivaciones de los etnocentrismos actuales.

Rodríguez Bobb, A. (2005): El negro, el colonialismo y la política racial europea. Aspectos cognitivos asociados a la violencia racional. Frankfurt am Main: Peter Lang, Europäischer Verlag der Wissenschaften.

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