Una nueva generación que no sabrá qué es la paz

Aunque se suponía que gozaría de una Colombia diferente, no fue así.
Tristemente tendrá que engullir pobreza, muerte y narcotráfico de desayuno, almuerzo y cena

Por: Carlos J. Zapata
enero 26, 2021
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Una nueva generación que no sabrá qué es la paz
Foto: Pixabay

Los colombianos, desde la fundación republicana de nuestro país, no hemos tenido ni un solo día en que la violencia, como animal salvaje, no nos resuelle el cuello. Desde finales del siglo diecinueve hasta el día de hoy, generación tras generación, los colombianos hemos visto como un conflicto nos lleva a otro. Desde la Guerra de los Mil Días hasta la eclosión del conflicto armado, el cual ya lleva más de cinco décadas azotándole la espalda a los colombianos —de los que ya se fueron, de los que quedamos y, seguramente, de los que vendrán—. Es como si la violencia fuese el motor histórico de nuestro país. Es como si la muerte fuese el epicentro de nuestra existencia. A veces pienso, y disculpen por la execración, que no hay nada mejor que nos defina que la cruda frase “plata o plomo”.

Quisiera abordar esta columna de una forma muy personal y hablar desde la perspectiva de alguien de mi generación: yo soy un millennial. Cuando estaba en el colegio, todavía era muy normal que el ejército se llevase jóvenes a la fuerza y los montasen en camiones por no tener la libreta militar. Nuestros compañeros de clase llegaban motilados y golpeados al colegio después de haber caído en una de estas batidas que hacían por el estadio —donde quedaba mi colegio— y por diferentes barrios populares de Cali. Mis amigos del colegio, con mucha suerte, lograban escapar, justificando que todavía estaban en el colegio y que aún muchos, afortunadamente, no eran mayores de edad. Mis amigos del barrio, muchos ya mayores de edad y sin estudiar, no tuvieron tanta suerte. Muchos amigos de San Judas, el Guabal, la Selva, Villa del Sur, Camelias y de Samanes se los llevaron al ejército. Algunos volvieron sanos y salvos, no obstante, otros regresaron heridos (física y psicológicamente). Muchos no opusieron resistencia a prestar servicio militar, ya que, inocentemente, pensaron que prestar servicio les ayudaría a obtener beneficios en el futuro, como estudiar o conseguir un empleo digno. Sin embargo, al regresar, la realidad era otra: no hay empleo, la educación universitaria es muy costosa y a los empleadores les importa muy poco quienes hayan prestado servicio militar. Antes de saltar a mi siguiente párrafo, me gustaría, a todos los que conocí en los barrios que mencioné anteriormente y que fueron al ejército, decirles gracias por su servicio. Algún día les daremos la dignidad que ustedes se merecen, héroes.

Yo, a nivel personal, tuve una experiencia con el ejército muy diferente, la cual que me cambió la vida para siempre. Una de las tantas veces que fui al ejército para diligenciar mi libreta militar, tuve que sentarme en una silla mientras esperaba a que uno de los oficiales me atendiera en las oficinas del Batallón Pichincha. Al lado mío, había un grupo de muchachos, más o menos de mi edad, que estaban esperando también a ser atendidos. Dos estaban llorando mientras decían "¡no quiero irme!", mientras el que tenía una gorra roja decía "¡dejen de chillar!, ya estamos aquí, si nos vamos, pues nos vamos". Me costó mucho trabajo entender esta situación, pues no lo podía creer. Se estaban llevando a la fuerza a unos muchachos que apenas alcanzaban la mayoría de edad, donde los raparán, les darán un fusil y les enseñarán a sobrevivir y a matar. Yo, por el contrario, solamente tenía que pagar una suma de dinero a cambio de prestar servicio (cabe aclarar, por supuesto, que el dinero era de mis padres y no mío). En ese momento supe la realidad socioeconómica tan cruda de este país y del odio profundo hacia los pobres que este gobierno ni siquiera se molesta en ocultar. En ese momento me di cuenta de que esta guerra la peleaban los pobres el país. Ese fue el momento donde me prometí a mi mismo que jamás apoyaría esta guerra y donde se profundizó mi antipatía y mi desprecio hacia la clase política tradicional.

Con el pasar de los años, después de una década, llegué a una conclusión poco esperanzadora: somos una generación estropeada, llena de magullones y de muchos sueños rotos. Pese a todo lo que mencioné anteriormente, lo que más me duele es que el tiempo haya pasado, pero nada haya cambiado. Hoy crece una nueva generación de jóvenes colombianos que, desgraciadamente, se enfrenta a la misma desesperanza: a la pobreza donde el hambre mata, a la violencia que no discrimina y a la corrupción que todo lo controla. Esta nueva generación, según el optimismo de aquellos que apoyamos los acuerdos de paz, iba a ser la generación de la esperanza. Esa generación, después de tantas décadas, que iba a gozar de una Colombia diferente. No teníamos proyecciones irreales de la situación en Colombia —sabemos el esfuerzo y el largo tiempo que conllevaría una estabilización democrática en el país—, pero jamás pensamos que la violencia y la pobreza iban a golpear a esta nueva generación de colombianos de forma tan descarnada. Después de tantos años, hoy seguimos en lo mismo: padres enterrando a sus hijos. Esta es una nueva generación que va, tristemente, a engullir masacres, asesinatos de líderes sociales, pobreza, muerte y narcotráfico de desayuno, almuerzo y cena. Esta va a ser otra generación de colombianos que no va a saber qué es vivir en paz. Esta va a ser otra generación víctima del monstruo más espeluznante que tiene Colombia: la clase política tradicional. Ese grupo selecto y mezquino que no le importó enviar a los hijos de los pobres a pelear en una guerra por décadas, que le importa una minucia el hambre y la pobreza siempre y cuando los poderes económicos del país estén con sus bolsillos llenos, que descartó un acuerdo de paz a ojo cerrado porque no le convenía electoralmente, que recurre constantemente a la más desvergonzada corrupción y, particularmente, que les negó a futuras generaciones la posibilidad de vivir en paz.

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