Opinión

Una manzana en diez pedazos (II)

Noticias de la otra orilla

Por:
diciembre 14, 2019
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Una manzana en diez pedazos (II)
Brranquilla en los 50. Foto: El Heraldo/Archivo particular

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Vino luego la Calle de San Blas con Jesús, en San Roque, frente a la fábrica de calzado Camodi. Otra temporada de mi primera vida en Barranquilla. Otra manzana que rodear en el recuerdo. Allí, en una vieja casa barranquillera de palma con ventanas de madera caoba fui a vivir algunos meses, en una calle de intenso tráfico de buses y de un permanente cascabeleo de carros de mula que vendían carbón y petróleo para las cocinas. Esta vez con mi tía Blanca Llanos, su marido y sus hijos en un patio enorme, arenoso y cubierto casi todo con un enorme Matarratón antiguo, en donde gastaba casi todo el tiempo viendo largamente la sonrisa amable de mi prima Anita que me convidaba siempre para hacer los mandados en la tienda de la esquina, y en donde me gustaba oír cantar a Jose, el mayor de los primos, que entonaba largamente canciones de moda en el baño en un inglés que después me enteré que no existía. Entonces nadie sospechó tampoco que enloquecería sin remedio.

Allí recuerdo cada tarde el ejercicio de esperar en la puerta de la casa el pan que llegaba en una bicicleta cargada con canastos de mimbre. Y me impresionaba ver a mi tía con sus piernas de várices abultadas correr de un lado a otro haciendo oficios, componiendo aquí y allá, pero desplegando a veces una hermosa sonrisa abierta y franca que a todos alegraba y que precedía casi siempre a la oferta de algo delicioso que comer.

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Otra manzana viene a la memoria cuando recuerdo a mi tía Tere, valiente y temperamental, y a mis primos los Solano Diazgranados, en los días en los que viví con ellos en un colegio popular del barrio Nueva Granada, y que mi tía celaba habiendo perdido ya su pierna izquierda y se daba combate contra el mundo con su rabia y su muleta, pero también sabía reírse de forma socarrona cuando su vena burlona encontraba una víctima propicia. Era un colegio conocido entonces como La Octava para Varones, que regía la profesora Carmen Altamar de Morales, madre de la periodista Mabel Morales, según me recuerda mi primo Miguel. En esos patios jugábamos largas jornadas con otros niños de ese sector hasta cuando la tía nos amenazaba con su muleta en alto para que viniéramos a comer unas lentejas guisadas cuyo pimentoso gusto a comino en grano no he podido volver a probar jamás tal vez porque sólo parece aromar en la memoria.

 

Asilo San José

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En esos años sesenta, algunas zonas del barrio Paraíso, a la altura de la calle 81 con carrera 74 era todavía una zona enmontada e incipiente en la que había apenas unas primeras casas para conformar la última línea urbana antes de llegar a la vía 40. Allí viví con una prima de mi madre que ha venido a ser también como otra tía. La tía Baty. Su madre era una hermana de mí abuela María Cleofe Martínez de nombre Beatriz a quien todos llamábamos Mamachí. Allí también mi pequeño corazón lograba encabritarse con una prima morena de nombre Chela que ahora he vuelto a ver con toda la picardía de aquellos días intacta todavía en sus ojos negros. Cuando llovía era una aventura ir a escondidas  hasta la 84 para ver el tenebroso arroyo que bajaba a internarse raudo en el monte que en ese entonces era todo eso por ahí.

Luego de vivir largos años en Boston (USA), con sus hijos, mi tía Baty regresó a Barranquilla a esa misma casa por donde hoy paso casi todos los días buscando la vía 40 para llegar a la Biblioteca Piloto del Caribe, en el viejo edificio de la Aduana. De vez en cuando me detengo a mirar el apretado rosal que tiene en el patio y a saludarla.

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A finales de los sesenta, recogidos por las vueltas de la vida, casi todos los hermanos vinimos a dar de nuevo a Barranquilla para vivir en un pasaje de Arriendos de la Espriella sobre la carrera 39 al lado del Asilo de San Antonio. Recuerdo las delicias de la panadería Flor del Valle, en la esquina de la calle 47 con carrera  41, las competencias en patinetas de balinera en los largos pretiles del asilo; las idas a la tienda La Giralda en la esquina de la 38 con 47; las visitas con mi padre al taller de talabartería de Lácides Herrera, Papache, en la esquina de la 50 con 38, donde todavía hoy pelea contra el tiempo un deteriorado muñón amarillo de la vieja casa; la colonia sinceana, cálida y solidaria que habitaba en el entorno; las vespertinas del Cine Murillo al que regresaría años después a ver en el Cinema 1 Las Edades de Lulú de Bigás Luna; y mis largas observaciones de la rústica y fascinante orfebrería del joyero Armando Romero. Allí vivimos un par de años y de allí me escapaba a unas tarimas rumbosas de los precarnavales; allí presencié las grandes pedreas de la Universidad del Atlántico; allí fui con mi padre y mis hermanas a una coronación de la Reina del Carnaval en el Coliseo Humberto Perea; y allí no me dejaron ir a ver con mis hermanas El Bebé de Rosmery, de Polansky que estaban pasando en el Murillo. Allí fui también fugaz empacador de aquel Comisariato de Avianca que quedaba cerca al DAS en un callejón entre Murillo y la 47; y me encantaba tomar el bus de Porvenir Paraíso para sentir el vacío en el estómago cuando bajaba en bolas de mierda aquella mecedora de la carrera 38 antes de que hicieran el Puente del Club de Leones. Recuerdo que una vez, por carnavales,  vi una vez en apuros a Estercita Forero cuando casi se le caen sus pantalones blancos de tanto bailar mientras animaba animada una tarima de carnaval con la orquesta Sonora del Caribe en la que cantaba un vocalista cojo de apellido Iriarte. Aquello fue en la esquina del parque Surí Salcedo de la calle 70 con carrera 46, y recuerdo que la fiesta terminó antes de tiempo disuelta por un terrible “peo químico” que alguien destapó para el efecto.

Iglesia San José

En esos días, yo bajaba a pie con mi hermano Adolfo por la carrera 39 hasta llegar a la Iglesia de San José, en el Parque de la Independencia, donde quedaba el Instituto San José y donde repetí mi quinto año de primaria y donde gané también mi primer concurso literario por el que recibí de premio un ejemplar de El Quijote con ilustraciones de Doré.  Cuando salía del colegio me gustaba cruzar el parque para ver las carteleras de cine del teatro Astral, para leer los paquitos de Chanoc, mi preferido, para mirar y sentir la belleza interior de aquella iglesia y para pelear con los muchachos del Calixto Leyva. Y para comer mango biche con sal.

 

 

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