Una Italia que navega en la ensoñación felliniana

Matteo Salvini, el líder de la Lega, espera ganar, ¿pero es conveniente? Por ahora, hay nervios por su posible triunfo: el país está en efervescencia y hasta el papa está inquieto

Por: Francisco Henao
mayo 21, 2019
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Una Italia que navega en la ensoñación felliniana
Foto: Twitter @matteosalvinimi

La grandeza de Federico Fellini era introducir al espectador en lo insospechado, donde se mezclaba lo onírico, lo patético, la desolación, lo cómico, lo satírico o lo burlesco. En cierto modo, la temática felliniana era el reflejo de la Italia de posguerra, contradictoria, con sus rasgos de grandeza y sus marcados desencuentros políticos. Uno de ellos, Berlusconi podría hacer parte del imaginario fantástico de Fellini, utópico, soñador, corrupto, millonario, embaucador de ilusiones, vividor de una dolce vita, tan alejada de las necesidades vitales del pueblo italiano. Que ha llevado a esa paradójica situación en la que está inmersa hoy Italia: ser la cuarta potencia económica de la Unión Europea, UE, y el tercer país con mayor desempleo de la UE, detrás de Grecia y España. Esa heterogénea mezcla de ingredientes ha desembocado, primero en Beppe Grillo, salido de una película de Fellini, creador de Movimiento 5 Estrellas, M5E, que como Berlusconi nunca debió haber entrado en política, pero el pueblo —vox dei— descreído y desesperado le dio poder político.

Tras Grillo, llegó lo que parecía una improbable entente: el acuerdo entre el inclasificable e indefinido M5E del joven Luigi Di Maio y la ultraderecha de la Lega de Matteo Salvini, que trituraba el viejo esquema de izquierda-derecha. El acuerdo, a mediados de 2018, entre las dos formaciones para gobernar Italia, abrió la puerta a una nueva manera de gobernar. Nueva, aunque con sus viejas mañas. Ambos desataron el pánico en Bruselas. Ambos —para no perdernos en la terminología— son partidos antisistema. Los dos llegaron a ese estado porque la democracia —la vetusta y esclerotizada democracia de Solón— hace agua. Enfurecidos por años de estancamiento, una ola de inmigración del norte de África y una sensación general de una Italia en declive, los votantes se arrojaron en los brazos del empuje antiestablisment de M5E y las invectivas de Lega contra los extranjeros. A los dos les gusta la reminiscencia trumpiana: Italia, primero. ¿Hablan diferente a los de los partidos del sistema? Recortes de impuestos, dice Salvini. Subsidios, dice Di Mario. De inmediato, Pierre Moscovici, de partidos del sistema, comisario de economía de la UE, ruge desde Bruselas: Eso es una estafa para Europa, y los descomulga. A Moscovici, impuesto ahí, por la aplanadora francesa —¿quién votó por Moscovici, en 2014?— le gusta amedrentar y darse aires del Moisés de Michelangelo.

La UE, desde hace 10 años, no tiene sino una sola respuesta para resolver los problemas, estructurales o coyunturales, de la eurozona (directriz Wolfgang Schäuble): austeridad. Es un dogma de fe, tan rígido e inflexible e impajaritable, como los establecidos en el Concilio de Trento. En nombre de esa austeridad, piden reformas laborales (despidos sin indemnizaciones), ajustes de edades de jubilación (en el horizonte están los 70 años), congelación de salarios, deslocalización de empresas, recortes en el gasto público, desmontar el Estado de bienestar. Palabras más, palabras menos: matar de hambre al ‘descamisado’; mientras algunos grupúsculos se solazan en la dolce vita. Detrás de todo esto lo que hay es una falta de sentido común. Como no podía ser de otra manera, Luigi Di Maio no se hizo esperar y le respondió a Moscovici: “Llevamos 10 años en austeridad. Ya no más. La carnicería social que pide la UE no es posible”.

Tras la coalición M5E y Lega, llegan las elecciones del domingo 26 mayo. Si aún viviera, cómo se reiría Fellini. Sí, con una sonrisa prestada y sardónica, viendo este cruce de acusaciones e improperios que se lanzan a la cara unos contra otros, la ingente cantidad de facciones que buscan repartirse el botín que se juega en las elecciones al Parlamento Europeo. Creo que más que reírse, se metería en el Estudio 5 de Cinecittá, donde desplegaba sus armas artísticas, a filmar los hechos de hoy. Ya que “era un monje que vivía dentro del cine”, dice Angelucci, uno de sus últimos guionistas. Cómo llamaría a su película. A lo mejor la titularía La garza apurpurada. El primer gran plano general mostraría la plaza del Duomo de la capital Lombarda (sábado 19 de mayo 2019): manifestación política de la ultraderecha europea, que ha sido reunida por Matteo Salvini. Cientos de espectadores vitorean, gesticulan. Fellini se inventaría esta escena, para darle más sentido a la realidad: la cámara mostraría en primer plano un busto de Solón, con una corona de laureles y frente a él, una docena de líderes de la extrema derecha, de once países europeos, con los brazos en alto y entonando La Marsellesa, con Marine Le Pen marcando el ritmo. A partir de aquí, la cámara rueda, dejando que sea la realidad la que hable.

Este sábado 19, en Milán, con el Duomo por testigo, los discursos de los 12 líderes dirigen sus coros laudatorios hacia Matteo Salvini, en una especie de coronación de los partidos antisistema, como el hombre llamado a marcar el destino de Italia. Salvini se ha convertido en el prototipo de político en perenne campaña. Así lo viene haciendo desde el 1 junio de 2018, cuando inició su cogobierno con M5E, como ministro del Interior. Según el diario La Repubblica, en lo que va de 2019, solo ha ido a su despacho 17 días. Se la pasa de acto en acto, lleva 211 actos entre eventos públicos, mítines, fiestas de la Lega (su partido) y cenas por toda Italia. Vive para los selfies: aparece con obreros, ancianas que lo quieren besar, se le ve con una metralleta, o dirigiendo la implosión de un edificio. Tampoco va al parlamento, tanta foto no le deja tiempo.

Este sábado 19 soltó un discurso contra la inmigración y contra la actual Unión Europea, sus temas preferidos, desde que llegó en 2013 a liderar la Liga Norte (Lega). Citó a los padres fundadores de Europa para señalar que esa «Europa ha sido destruida por los Macron, la Merkel…». Se autoproclama como el salvador de Italia: “La elección es entre el pasado y el futuro, entre la calle y los lobbies empresariales”. Hizo múltiples referencias a la religión católica y las raíces cristiana de Europa (Geert Wilders, presente en Milán, en su arenga, repitió: “¡Basta de Islam!”)

Hay un punto del discurso de Matteo que se salió de madre. Quizás Fellini, allá donde esté, se sorprendió, con lo que vio. De pronto, Matteo empezó a invocar a la Virgen María. Y, en una escena muy felliniana, en su mano derecha agitaba un rosario y lo besaba delante de la multitud. Tal vez Fellini, por lo insospechado de la acción, se preguntó si era un mitin político, o un mitin religioso. Salvini dice que siempre “lleva el rosario en el bolsillo”. Pero el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado del Vaticano, lo invitó a "no mezclar la fe con la política que divide, mientras que Dios es de todos e invocarlo para sí mismo es siempre muy peligroso".

Si se confirman las apuestas, Salvini obtendrá una importante victoria. De seis asientos que tiene en la actualidad, pasaría a 27 del próximo domingo. Con un resultado así, sacaría pecho para tener una postura de línea dura sobre el déficit de la nación. Que hace temblar a los mercados. Otro posible escenario, si Salvini obtiene un resultado abultado y M5E pierde el segundo puesto con el Partido Democrático de Matteo Renzi, es romper la coalición gobernante.

Matteo Salvini no quiere sino una sola cosa: Ser Primer Ministro. Así le pese a Federico Fellini, el artista que vivía entre la realidad y la irrealidad, como la Italia de estos días.

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