Una infancia a punta de Bienestarina

Como en muchos hogares, el salario casi no alcanzaba, así que se recurría a este producto y a la creatividad en su preparación para mitigar el hambre

Por: Leguis A. Gomez Castano
diciembre 13, 2018
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Una infancia a punta de Bienestarina
Foto: El Mundo

En la primera página de cada agenda impresa aparece un formato de preguntas de índole personal, de tal manera que si alguna vez esta se pierde, o su dueño tiene algún tipo de percance, el que la lea puede no solo identificar a su propietario, sino también ayudarle rápidamente localizando su información personal, datos de contacto y algún que otro dato médico (por ejemplo, mi favorito, alérgico a:).

Mis amigos y yo solíamos reírnos sarcásticamente de esa pregunta durante nuestro tiempo en la universidad. Aún hoy, cuando visito a un médico y me hacen la misma inevitable pregunta que todo profesional de la medicina debe clarificar antes de prescribir algún fármaco, recuerdo exactamente lo que viene a mi mente como hecho imborrable de mi memoria: alérgico al hambre.

Esta respuesta que me hace sonreír en mi fuero interno, proviene de la experiencia de nuestra infancia en Cartagena. Tanto mis amigos de barrio, como yo, pasamos las verdes y las maduras durante los años mozos de la primaria, la secundaria e incluso la universidad. Personalmente, no recuerdo que en ninguna de las instituciones de educación pública por donde pasé tuviera una cocina para los estudiantes y mucho menos que nos dieran de comer. Ese era un privilegio reservado a los más ricos y cuando le tocaba a los pobres solo se veía en los televisores, por allá al otro lado del océano.

Si no venías con la panza llena de casa y no te daban algo de dinero tus padres (la cosita), llegabas a clase a ver comer a los demás. Si querías llegar a ser alguien en la vida y progresar, tenías que guardar los retortijones en las tripas para ti mismo, así de sencillo. Aquellos que tuvimos clases mañana y tarde durante la escuela primaria, debíamos volver a casa al mediodía con un sol canicular en pleno cenit, llegar sudados, tomar la inevitable sopa con arroz y, prácticamente sin mayor tiempo restante, emprender el camino de vuelta a las clases, otra vez con el sol a cuestas y hartos de sopa moviéndose en nuestros estómagos como un balde lleno de agua en movimiento. Sudar era un acto de solidaridad con nuestros apesadumbrados cuerpecitos a esa hora del día y luego de las tamañas caminatas que debíamos realizar de lunes a viernes para ir a la escuela.

Durante toda la primaria, creo que dos veces al año, nos daban la famosa Bienestarina. Un camión grande llegaba a nuestras escuelas temprano en la mañana, cargado de bolsas de cincuenta kilos para repartir entre los estudiantes carentes de recursos. Eso sí, nuestros entrañables maestros nos alertaban el día anterior de apertrecharnos con sendas bolsas plásticas, lo más grande que pudiéramos, para recibir la mayor cantidad posible del alimento. En casa éramos cuatro infantes, y tres estábamos en edad escolar, por lo que nuestra ración individual al final era una gran colecta que llegaba a casa repleta del famoso y necesitado producto. Los primeros días era una delicia tomar las cremas de Bienestarina, luego eran una verdadera pesadilla. Ya no había manera de tragarla. Hay que darle un premio a la creatividad de nuestras madres, por inventarse cada manera de que sus pequeños aceptaran el contenido de la harina del bienestar de todas las formas imaginables: crema, batido, fritos y hasta bolis... creo que mi madre les adicionaba leche condensada y vainilla, de tal manera que nos parecía un delicioso manjar digno de príncipes y princesas.

El salario de mi padre a duras penas alcanzaba para el final de mes, en especial cuando se pagaba arriendo, así que la Bienestarina jugó un papel de suma importancia en mi niñez y de la de cientos de miles de colombianos.

Por estos días se discute, como ya es tradición, cuál será el aumento del salario mínimo para 2019. Las cifras que mantienen los empresarios, no alcanzan ni para ser sinceros como dice Juan Luis Guerra. $32000 pesos mensuales de aumento son un chiste de muy mal gusto, que no logran siquiera equiparar los costos para sostener una familia de cuatro miembros. No sirven para prácticamente nada. Se vive para trabajar y muchos empresarios en Cartagena no pagan a tiempo. No solo no se valora el trabajo realizado con esfuerzo, sino que, además, los salarios no llegan a tiempo, de tal forma que aquello que ya es una zozobra, es decir, alcanzar el fin de mes con el pírrico salario que se recibe, resulta a todas luces indignante, al no recibir la merecida paga en su día.

Hay que incurrir en mayores deudas cuando el final del mes toca a las puertas de los hogares y no hay nada más con que solventar las necesidades más apremiantes. No son solo los pobres los que se deben apretar el cinturón, también deben apretárselo los que manejan los medios de producción. Un hijo de pobre sabe que no puede gastar más de lo que tiene, porque se queda viendo un polvero, como decimos popularmente, pero yo que he tenido el privilegio de ser estudiante internacional, y no por provenir de una clase privilegiada, observo cómo llegan al extranjero los hijos e hijas de los que tienen con qué pagarse los estudios por fuera del país y me sorprende que ninguno piensa en lo mal que se paga en Colombia, ni si en cada gasto que se hace en dólares o euros van parte de los salarios que no se quieren pagar a los empleados de sus benefactores. La titánica labor de los padres al tener que exprimir un salario ya exiguo no es preocupación del que gasta sabiendo que tiene con qué responder, mientras el resto del país lo sufre.

Alérgico al hambre era y sigue siendo un sarcasmo que pocos entienden cuando de alimentación infantil se trata. En muchos países, los niños juegan con los alimentos que les brindan en las escuelas y más de una vez me he tenido que retirar de la escena, por no entrarle a físicos coscorrones a varios y aparecer como un energúmeno inmigrante inadaptado a la realidad que observo atónito y sin poder hacer nada. En Estados Unidos, los útiles escolares, libros y transporte, amén del costo de la anualidad, corren por cuenta de papá Estado. En España también ocurre lo mismo y ningún muchacho en edad escolar se imagina caminando varios kilómetros para llegar a la escuela y muchos menos tener que asistir a clases sin un bocado en el estómago y, peor aún, que en la escuela no le ofrezcan nada de comer. Esa es una realidad que solo conocen los pobres en los países del sur.

Alérgico al hambre era y sigue siendo la respuesta sarcástica del que ha tenido que vivir la experiencia de llegar a casa, luego de devanarse la cabeza tratando de resolver sesudos problemas matemáticos que no sirven para cambiar la realidad, y no encontrar un plato de comida caliente servido en la mesa. Hoy, cuando escucho a los venezolanos lamentándose amargamente por la situación que les ha tocado vivir, más allá de solidarizarme con ellos, que de hecho lo hago, me pregunto, ¿en qué país hemos vivido los colombianos durante las últimas décadas? La mezquindad de nuestros gobernantes y clases privilegiadas ha sido tal que nuestras experiencias nos han enseñado a dejar hacer, dejar pasar, arrastrándonos como los gusanos y sin poder protestar, acostumbrándonos a estar pegados al suelo, con la sola intención de querer sobrevivir, mientras otros disfrutan lo que nos pertenece a todos. Eso que los venezolanos están viviendo ahora lo hemos vivido largamente los colombianos. Aquellos que protestan hoy por la llegada masiva de ciudadanos del vecino país, deberían parar la lectura coyuntural de la realidad y retroceder un par de capítulos en las páginas de la historia familiar, para ver lo que encuentran.

La Cartagena que genera billones anuales en ganancias por el turismo sostiene una clase social que vive, como reflexionó alguna vez la historiadora Aline Helg, en otros horarios, distintos a los del trópico y de la gente que gobiernan. El corralito de piedra, junto a sus casas coloniales que tanto atraen a los turistas, es un espacio construido con la sangre y el sudor de los negros traídos desde África, en condiciones que no alcanzamos a imaginar. Aun sin cambiar el orden de cosas, la ciudad sigue extrayendo de las masas de descendientes de aquellos esclavizados, el sudor y la sangre que aportan con su labor diaria para que Cartagena sea lo que es: el sitio predilecto de los privilegiados y el espacio de supervivencia de los que ya no reciben Bienestarina, y no porque la pobreza se haya acabado, sino porque la negada lucha de clases se ha hecho cada vez más encarnizada y algunos beneficios de otrora ahora aparecen como privilegios que ya no vale la pena seguir sosteniendo para las clases trabajadoras, y mientras nuestros niños se mueren de hambre, un gran pedazo del pastel se lo roba la corrupción.

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