Opinión

Un último canto para Ana Matilde Alvarado

Una de la más grandes y viejas cantadoras de la región de Las Lobas se fue el viernes. Se marchó maquillada, con aquella rosa roja en el cabello, a ritmo de tambora

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noviembre 27, 2019
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Un último canto para Ana Matilde Alvarado
El día que mi vida se muera, / le echo un pañuelo en la cara/ para que no coma tierra/ bendita que yo besaba.// Foto: David Lara Ramos  

Conocí a la maestra Ana Matilde Alvarado Sajonero (así se presentaba), durante el Festival de Tambora de San Martín de Loba en 2012.

Con el gestor cultural Martín España llegamos a su habitación, en un modesto hotel cercano a la tarima de Festival. Nos recibió con las ganas de cantar que siempre cargaba y nos invitó a que le hiciéramos los coros del tema El niño inmaculado. Uno de los versos que improvisó, decía: El día que mi vida se muera, / le echo un pañuelo en la cara/ para que no coma tierra/ bendita que yo besaba.//

Aquel día de noviembre, nos habló de su vida, de la tuna, como expresión propia de la región de Rio Viejo, su lugar de origen. Sus carcajadas fueron generosas ante la picardía de Martín España y las preguntas constantes del periodista que, para ella, era un intruso que se había colado en su habitación, y sin permiso, había comenzado a hacer fotos y videos.

El material que registrábamos, pedía que se lo mostraran de inmediato. Sus carcajadas, ante cada video fueron libres como su canto. Luego preguntaba, entre la seriedad y la duda ¿Y ustedes qué van a hacer con esas fotos de una vieja tan maluca?

Bella fue siempre Ana Matilde Alvarado Sajonero, su humanidad lo abarcaba todo, y su amor por la tradición era la manera de juntar y mantener unidos a los amigos.

Emmanuel Upegui, periodista y reportero, estuvo con Ana Matilde Alvarado Sajonero en su casa en Río Viejo. Una valiosa memoria que es el homenaje a una mujer que vivió con orgullo su tradición y hasta sus últimos días cantó esa tambora que aún suena y resuena por los caminos de su pueblo.

La memoria es la manera de tener vivos a aquellos que parten para siempre. He aquí los recuerdos de Emmanuel Upegui de su paso por Río Viejo en casa de Ana Matilde Alvarado, un tributo a esa generosidad que ella tejió y entregó siempre.

Ana Matilde Alvarado Sajonero, paz en su tumba.

 

Por Emmanuel Upegui

 

Aquella tarde de calor en Río Viejo Ana Matilde descansaba en una mecedora, cerca de la puerta de su casa. La acompañaba, atento y misericordioso, un cuadro del Sagrado Corazón, también una silla de cuero rasgado y un par de tamboras maltrechas. Afuera, una calle en silencio, vacía, sin el frescor del viento, pero sí con la humedad de un río que corría a unos cuantos metros. “Aquí había mucho oro dijo; daba gusto ver a las mujeres con sus cadenas, sus aretes, sus anillos. Vea, había gente hasta con seis dientes de oro. También hubo ganadería; y la pesca, traían esas canoas llenas de pescado.

Y pescado cené esa noche, acompañándola. Con café y bollo limpio, servido por Ana Esther, su nieta.

Ana Matilde tenía 80 años en ese momento. Le sobraban las fuerzas para dirigir la Tambora de la Candelaria, con sus 19 integrantes y 31 años de existencia. Cantaba duro, desde su silla de ruedas, liderando su coro; los labios rosa, las mejillas prendidas, con el cabello gris trenzado y una flor enorme y roja en su cabeza. La escuché un 13 de diciembre de 2016. Esa mañana, la música de la Candelaria había convocado en las afueras de la casa a niños curiosos que se apretujaban en la puerta, en tanto que al interior, músicos adornados con sombreros y camisas blancas y faldas naranjas ocupaban en la sala cada una de las sillas disponibles. La tambora, los bombos y los gallitos se golpeaban alrededor de Ana Matilde.

 

“El Barrio Abajo nunca pudo con el Barrio Arriba, este barrio de acá era resuelto porque decía uno ‘vamo a formar una tambora y vamo a amanecé’. Por eso decían que la tambora de Río Viejo la sostuvieron las Sajonero. Es que éramos un poco: la mamá mía cantaba, la tía mía cantaba, la otra tía corista…”

Y Ana Matilde componía. Desde pequeña adquirió el hábito de escribir cuanta frase se le venía a la cabeza. “Me sentaba allí, solita y mi mamá me miraba”, me dijo. Escribió sobre la vida en su pueblo y de su infancia, de pasajes dolorosos que han sido vividos en muchos lugares de este país. De aquellos momentos que aunque se quiera, es imposible olvidarlos. Me relató, por ejemplo, de aquella vez en que descubrió que en el monte, al otro lado del río, se resguardaba la vida: “Y después de ñapa ha venido la violencia, hemos sido atropellados. Cuando yo tenía 12 años nos tocó correr del pueblo para el monte. Venía la policía gramaloteña, se ponían a hacer disparos y nos tocaba meternos en el monte, a dormir mojaditos y asentaditos.”

Y muchos años después, la historia se repetía. Esto me lo cantó ella: El 25 de abril en Río Viejo sucedió/ Se metieron los paracos, todo el mundo les corrió/ Así era que nos gritaban se lo digo soy sincero/ Porque no salen corriendo hijoputas guerrilleros.

No hubo pájaro ni gramaloteño, guerrillero o paramilitar con el poder suficiente para sacarla un solo día de Río Viejo. Fue hija única, estudió hasta quinto de primaria, no hizo el bachillerato porque no hubo donde. Empezó cantando rancheras de Antonio Aguilar a los 15 años. El ejemplo de su mamá, Esther María Sajonero, y una tía la inclinaron hacia la tambora. Se casó a los 25 años con José Luis Medina, tuvo cinco hijos, de los cuales quedan dos hombres y dos mujeres, pues la mayor murió de una enfermedad que ella llama “La Lombriz”. Enviudó hace cerca de 50 años, su esposo cayó de un caballo y uno de sus pulmones se perforó. No se volvió a casar, no quiso que otro hombre le maltratara sus hijos. Entonces, ella misma los mantuvo tejiendo atarrayas y trasmallos. Cantó en público por primera vez a la edad de 40 años con la tambora del pueblo, en el Festival de Tamalameque. No pudo lucir un uniforme floreado para esa ocasión, pero al final sí lució los trofeos de los primeros puestos en baile, voz y tambora.

“Las buenas recomendaciones de los de afuera, eso es lo que me ha dejado la tambora. Personas que no me conocen y vienen de afuera a verme, ellos son los que me dan importancia. Porque aquí en Río Viejo no, aquí pa´ qué. Yo siempre se lo digo a los políticos, yo cada vez que salgo dejo el pueblo por lo alto, pero ustedes a mí no me han parado bolas. Por allí me dijeron que la casa de la cultura que están haciendo va a llevar el nombre mío.”   

 

   

Cuando estuve con Ana Matilde en aquel 2016, las familias de Río Viejo se preparaban para celebrar unas nuevas fiestas decembrinas. Algunas casas dejaban ver Papá Noeles dentro y otras las tradicionales lucecitas. En esta época los pueblos del sur de Bolívar solían celebrar todo con tambora: desde la novena de aguinaldos y las fiestas de santos hasta el jolgorio de vecinos con guarapo y ron. “La gente venía a pasar la pascua acá, pero ya no relata Ana Matilde. Tan bonito que era escuchar venir ese tambor a media noche, esa tuna tan bonita. Ya todo eso se perdió. Ahora todo es picó. Todos los sábados picós. Nosotros poníamos tambora el 25 de noviembre, el 4, el 8, el 13, y el 24 de diciembre hasta el 28. Como le parece: este pueblo si era divertido. Eso me pone, ay ombe, uno antes amanecía con esa alegría, pero ya no, eso se ha acabado.”       

Ana Matilde Alvarado Sajonero se fue a la edad de 84 años, el viernes 22 de noviembre de 2019. Se marchó maquillada, con su uniforme favorito, con aquella rosa roja en el cabello. Familiares y amigos llegados desde San Martín de Loba, Arenal del Sur, Tamalameque y otros municipios, le dieron su último adiós a ritmo de tambora, tal y como lo pidió en vida.

En su despedida, su nieta Ana Esther García le dedicó un último canto:

El cielo está contento/ porque Ana Matilde llegó, / a hacer un toque en el cielo/ para alegrar al creador.
La maestra falleció/ como todos los sabemos, / como todos somos tierra/ en polvo nos convertiremos.

Fotos: Emmanuel Upegui

 

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