Opinión

Un tapabocas global

Necesariamente el coronavirus se agotará y terminará marchándose por donde vino. No sin antes, dejarnos el miedo al otro como su mayor logro

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mayo 16, 2020
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Un tapabocas global
Plantón de los médicos a dos metros de distancia en Bogotá el jueves 14 de mayo. Foto: María Fernanda Padilla/Las2Orrillas

Los rastros de la pandemia serán imborrables. Nos quedamos paralizados en medio del miedo. Las reacciones vinieron y nos sacudieron del sofá o de la hamaca donde dilatábamos el tiempo al que llamamos vida.

Las palabras surgieron a borbotones como ríos de sangre. La muerte invisible y material sacude al prepotente y diminuto planeta acuático y rocoso que deambula por el cosmos. Una lección sin calificativos, porque es muy fácil llegar a conclusiones desde las causas que conocemos.

¿Qué sigue ahora? Seguramente que la vida no será como antes. Veremos en el más próximo a una potencial amenaza para nuestra torre de papel que hemos edificado para blindarnos frente al coronavirus: toda una armadura medieval sin caballo, dispuestos a defendernos de las lanzas, perdigones y dardos que ahora llaman “fluidos”.

Huiremos a las multitudes. La palabra muchedumbre será sinónimo de terror y se pondrá de moda una nueva fobia: enoclofobia.

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La palabra muchedumbre será sinónimo de terror y se pondrá de moda una nueva fobia: enoclofobia

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Una de las mayores conquistas de la humanidad se viene a pique: el sentido de lo colectivo y lo social del contacto físico y emocional de la gente, el pueblo, la gleba, “mi gente”, decía Lavoe. No en el de los propósitos finales que los sigue manteniendo el Estado y la misma organización social; de eso se encargarán los científicos sociales más adelante. Sino en el plano de lo fractal, de los objetos que solemos “acariciar” desde la misma corporeidad y contacto; lo cual incluye también a los abrazos, besos, copulaciones, agarradas y tocadas con cualquier intención sensorial que quisiéramos darle.

Borrar del meta relato acostumbrado aquello de “sensibilidad a flor de piel” y transmutarlo por una conveniente intersubjetividad distante y fría que simula lo que los sistemas nerviosos llaman emociones.

Ya no bastará el linaje para saber de dónde vienes o a que estrato social me estoy acercando -para el arribismo imperante-, sino que con quién tuviste contactos cercanos o lejanos, de kilómetros de viaje del virus invisible y de múltiples posibilidades de ser portador de malas noticias. En qué posadas allegaste y cuántas paradas hiciste antes de violar la sagrada regla de los dos metros de distancias entre bajos instintos.

Necesariamente el coronavirus se agotará y terminará marchándose por donde vino. No sin antes, dejarnos el miedo al otro como su mayor logro.

A estas horas y días del aislamiento social extraño las cosas que me aburrían, extraño todo lo que no soportaba, extraño aquello que quería desaparecer y hasta pido que el meteorito prometido se demore un poco más.

Coda: “No toquemos a la vida ni con la punta de los dedos. No amemos ni con el pensamiento. Que ningún beso de mujer, ni siquiera en sueños, sea una sensación nuestra.” Fernando Pessoa, Libro del desasosiego. Planeta 2019. Página 320.

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