Un punto de inflexión histórico en el Cauca

La llegada de una nueva generación de líderes para el departamento es básicamente una cuestión de vida o muerte

Por: Henry Mesa Balcázar
julio 10, 2020
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Un punto de inflexión histórico en el Cauca
Foto: Eljuli91 - CC BY-SA 3.0

Bien conocida es la historia centenaria y turbulenta del Cauca, tierra feraz que se ha debatido en un vaivén casi telúrico entre la gloria de gestas ya muy antiguas, desastres y tragedias permanentes y todo un implacable carrusel de inequidades e iniquidades. Una sola cosa es cierta e inmutable: el alma digna, profunda y resiliente del pueblo caucano, un pueblo valiente y laborioso que —pese a su generosidad inherente— ha sabido levantarse de los rescoldos de tantas calamidades (más humanas que naturales) y pararse firme y resoluto ante tantas injusticias, tanto olvido y tanta indiferencia e ingratitud por parte de este país que tanto le debe a esta martirizada región.

Los diferentes pueblos del Cauca (campesinos, mestizos, afros e indígenas) han sido faro y ejemplo a seguir para las demás regiones y comunidades colombianas al erguirse ante los tantos verdugos que plagan la historia y la realidad de este país, para hacer respetar y valer sus derechos, aún a costa de miles de vidas que han cobrado esas luchas casi suicidas en un país convertido en feudo de una mezcla siniestra e implacable de vetustas plutocracias, advenedizos clanes corruptos y mafias tenebrosas. Si el Gran Cauca del siglo XIX supo darle a este país mártires, próceres e intelectuales de exhimias virtudes, el Cauca anquilosado pero no por ello menos grande de los siglos XX y XXI ha sabido brindarle a Colombia héroes, mártires y prohombres aún más arquetípicos y valiosos para una nación que se acostumbró a vivir anegada en sangre de inocentes: aquellos líderes sociales y comunitarios (muchos de ellos anónimos) que no han dudado en sacrificar sus vidas en aras de la justicia, la equidad, la inclusión y el sueño esquivo de legarle a los caucanos del presente y del futuro una tierra en donde quepan todos en igualdad de condiciones y oportunidades.

Hay otra variable que se ha mantenido incólume a lo largo del devenir caucano durante los últimos cien años: la permanente ineptitud y mezquindad de una clase dirigente ensimismada en sus propios, unívocos y excluyentes intereses. La dirigencia caucana ha terminado convertida en una especie de "secta del mal", mezcla hedorosa de rancias plutocracias y nuevos clanes arribistas que en ningún momento han dudado en aliarse con sectores mafiosos de la peor laya en aras de salvaguardar su primordial y espurio propósito estratégico: maximizar sus cotas de poder y riqueza a costa de los recursos públicos y del abigarrado aparato institucional estatal local, regional y nacional (transformados en sus feudos particulares), sin importarles que el precio a pagar haya sido siempre el hambre, el avasallamiento y la miseria inclemente del 90% del pueblo caucano.

Y no es que la "élite caucana" haya carecido de oportunidades para exigir y lograr del Estado central los recursos y las soluciones que tanto necesitan el Cauca y los caucanos, porque pese a ser considerados en el ámbito del gran poder nacional como actores secundarios, casi siempre vasallos, los dirigentes caucanos han ocupado posiciones de algún grado de relevancia a través de las cuales podrían haber logrado cosas importantes para la región. Al respecto hay un par de ejemplos muy reveladores:

Luis Fernando Velasco, politiquero y encantador de serpientes de larga data, llegó a ser presidente del Congreso y su mayor "logro" durante ese período fue haber permitido que un macroproyecto crucial para el desarrollo del Cauca, como la doble calzada Popayán-Pasto, quedara por fuera de los proyectos prioritarios para la nación y, por ende, desfinanciado e indefinidamente aplazado.

El otro caso paradigmático es el de Temístocles Ortega. Magistrado, cuatro veces gobernador (dos veces en persona y otras dos en cuerpo ajeno), senador, cuyo "cenit" ha sido atomizar, milimétricamente repartidos, ocho billones de pesos de recursos públicos durante el período 2012-2019 para aceitar una aplanadora politiquera que lo ha posicionado como uno de los grandes gamonales del Cauca, mientras el pueblo ha presenciado impávido cómo la región multiplicó sus índices de pobreza y cayó en manos de las más sanguinarias mafias nacionales y transnacionales, las cuales han hecho de esta tierra su imperio de sangre, narcotráfico y terror.

Esos son solamente dos casos paradigmáticos que encarnan a plenitud la calaña de la élite politiquera caucana: mediocridad, ambición desmedida y absoluto desprecio por el pueblo.

Un último botón para la muestra: el silencio atronador de toda la clase parlamentaria caucana durante la crisis generada por el COVID-19 ha sido vergonzoso. Su mutismo cómplice, mientras los líderes sociales son asesinados por los cárteles del narcotráfico y cientos de miles de caucanos se hunden en la ruina y la pobreza, es el colofón final de una tragicomedia absurda que el pueblo caucano no resiste ni tolerará más.

Ahora bien, por si la realidad por sí misma no fuese suficientemente convincente, basta con remitirse a los fríos indicadores económicos y econométricos para dimensionar la catástrofe económica, humana y social que ha generado dolosamente —ya sea por acción o por omisión— la "dirigencia" caucana:

- El Cauca es uno de los cinco departamentos más pobres del país en términos de pobreza monetaria, pobreza multidimensional e indicadores de necesidades básicas insatisfechas.

- El atraso del Cauca en relación con las regiones más prósperas del país (Bogotá, Antioquia, Barranquilla, Valle del Cauca), en lo que respecta a infraestructuras estratégicas (conectividad, energía, activos para la productividad y la competitividad, etc.) es de 30 años en promedio.

- El Producto Interno Bruto (PIB) caucano, descontado el espejismo del complejo industrial del Norte del Cauca (cuyas divisas, patrimonios y generación de riqueza real se van a otras regiones del país), no alcanza una participación del 1% a nivel nacional.

- El coeficiente de Gini (que mide la desigualdad de ingresos) para el Cauca es de 0,52 superado a nivel nacional únicamente por Chocó y la Guajira.

- Y finalmente, el que es sin duda alguna el más dramático de los indicadores, se refleja en la transformación del Cauca en uno de los feudos estratégicos de cárteles mexicanos del narcotráfico, narcoguerrillas, disidencias guerrilleras y paramilitares, para quienes las tierras del Cauca y los corredores estratégicos que intercomunican las cordilleras con el océano pacífico, son un activo primordial al que no están dispuestos a renunciar de ninguna manera. Para esas hienas del crimen organizado el pueblo caucano tiene sólo dos condiciones posibles: mano de obra esclava o enemigo.

Así las cosas, se hace absolutamente claro que la llegada de una nueva generación de líderes es para el Cauca y los caucanos básicamente una cuestión de vida o muerte. Porque si algo demuestra fehacientemente la historia es que aquellos pueblos que han sabido levantarse sobre su propia estatura y forjarse un destino respetable y respetado, han sido únicamente aquellos que en el más crítico punto de inflexión supieron otorgarle el mando, la confianza y el apoyo irreductible solamente a aquellos líderes genuinos que demostraron en todo momento la firmeza del carácter, la claridad intelectual, la visión estratégica y la grandeza de su alma (reflejada en un compromiso genuino con el bienestar y el progreso de su pueblo). El Cauca ha llegado de modo inexorable a ese punto de inflexión y —sin titubeo alguno— es momento de expresar que ese nuevo liderazgo diáfano, innovador, disruptivo, valiente y humano tiene solamente un nombre y un fidedigno representante en el Cauca: Alejandro Constaín Marín. su ascensión política es inexorable, como inexorables son las mareas renovadoras, disruptivas y transformadoras en las inmensurables playas de la historia y el destino de los pueblos, las naciones y los hombres.

El líder del ahora y del mañana está aquí. Y serán solamente las batallas políticas y electorales por venir y la voluntad férrea del resiliente y digno pueblo caucano, las que definan si fuimos capaces de derrotar sin contemplaciones a ese viejo y corrompido antiliderazgo, a esa caduca secta del mal politiquera, corrupta y plutocrática que nos abocó al desastre que actualmente nos asola, comenzando con ello una nueva era de grandeza económica, social, institucional y, por sobre todas las cosas, humana. Quien estas líneas escribe está íntima e irrevocablemente convencido de que así será.

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