Un Dios que se percata de la obscuridad

Eso es todo lo que pudiera exigir el cristianismo de Platón para salir de la caverna

Por: Carlos Roberto Támara Gómez
Septiembre 14, 2018
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Un Dios que se percata de la obscuridad
Foto: Pixabay

Y es que si alguien ha nacido en la obscuridad no necesitaría la luz y por leyes de la naturaleza sería ciego. Entonces el hombre, y quizás todo lo viviente, solo puede existir de este lado del horizonte de sucesos porque la luz ha abierto la puerta. La otra oscuridad, la que queda atrás y que la luz nunca nos traerá ya por no existir ella misma o porque, siendo finita su velocidad nunca nos alcanzará.

Nosotros hoy en día somos el Dios que se percata de la obscuridad. Y, lo mejor, estamos yendo a explorarla. La exploramos con la luz que nos llega pues está visto que como no tenemos velocidades mayores que esa no podemos anticiparla. Salvo que otra cantera de información nos provenga de las ondas gravitacionales que, recién detectadas, ahora se exploran.

No podemos pensar que nos haya sido fácil percatarnos ya no de la luz, sino de la tremenda obscuridad de donde venimos. Para darnos cuenta de la magnitud de este hecho basta citar a Gottlob Frege, el padre de la lógica moderna, que nos anuncia que “el día que el hombre se percató que el sol que se pone es el mismo que sale, se hizo un gran descubrimiento”.

Dije mal, más bien Frege denuncia que ni siquiera sabíamos eso, tal como la cosmología nos devela otra tremenda sorpresa: que ni siquiera éramos neutrinos cuando todo empezó a marchar con la gran explosión. ¡No hubo materia de allá donde venimos! Y entonces, cuántas generaciones de seres humanos vivieron sin saber algo tan aparentemente simple. ¿Qué otra obscuridad es esa? Y será que todos los humanos sabemos por antonomasia, por ejemplo un niño, que el sol siempre es el mismo y que ni siquiera se pone ni sale, que es un simple decir? Entonces, léase bien, lo que Frege nos dice es que aquella obscuridad temprana nos acompaña.

Entonces nosotros necesitamos ser el Dios que se percate de su propia obscuridad. Necesitamos parodiar a Frege, diciendo algo así como “el día que el hombre se percató que la obscuridad con que se acuesta es la misma con la que se levanta, se hizo un gran descubrimiento”. Y todavía eso no bastaría.

No bastaría porque el hombre no sabe lo que no sabe. Para intentar explicar esto pongamos un ejemplo terriblemente sencillo que ocurre ante nuestros ojos una y otra vez: una puerta y delante de ella una silla pequeña. Detrás de ambos una luz. La luz proyectaría una única sombra y si la puerta copa la silla, nunca sabremos leyendo la sombra que adelante hay una silla. Es lo que pasa con la investigación celular a través del microscopio: las sombras que unas células arrojan no dejan ver las que están atrás; de allí que algunos científicos hayan optado por introducir luz dentro de las células injertando genética de las luciérnagas al investigar el hongo que produce la enfermedad del mosaico del tabaco.

El asunto se complica cuando pasamos de estos fenómenos que podríamos llamar físicos a los químicos. Ah, y con la nanotecnología. Ah, y cuando ponemos luz sobre nuestros conocimientos si adelanta está el subconsciente. ¿Cómo sabemos por la sombra del conocimiento si allí ha estado actuando el inconsciente? Y entonces, ¿cómo descubrimos que el inconsciente realmente existe si no podemos proyectarle luz alguna, es decir, ni siquiera hay sombra alguna que explorar?

Aquellos pobres hombres que nunca supieron nada del sol somos nosotros mismos. ¿De cuántos soles no nos damos cuenta que existen?

No podemos decir todavía que “el día en el que el hombre se percató de que la galaxia donde vive era la misma desde el principio se hizo un gran descubrimiento”. La sombra de la luz que viene desde más allá del horizonte de sucesos puede estarnos mostrando alguna galaxia anterior más grande, así como la puerta nos tapa la silla.

Una luz sobre el fenómeno de la guerrilla nos pudiera estar tapando qué hicieron los militares, la policía, el congreso, la prensa. Qué pasó con las montañas, los ríos, los bosques, los suelos, los microrganismos del suelo, las plantas, los frutos de la selva todavía desconocidos, los niños, las mujeres, los perros, los gatos. Y quizás por esa ocultación tan gigantesca es que pretenden algunos llevarnos otra vez a ella. Es obvio que la guerra produce mayores alienaciones. Permite ocultar de este lado de la puerta grandes crímenes con los que medrar. Y la retahíla crece.

Las nuevas generaciones serán como aquella silla que se puso delante de la puerta. Nada sabrán acerca de qué hay detrás de ella. No sabrán qué es lo que pretende que cargue, antes de darse cuenta siquiera. Hay gigantescos crímenes allí.

Nosotros mismos somos una generación que no sabe qué ocurrió detrás de la puerta de nuestros próceres, y ellos mismos a su vez. Fuimos víctimas de políticas criminales mucho antes de darnos cuenta, si es que acaso lo hemos advertido. Cargamos un lastre de ignorancia creciente.

Entonces, ¿la obscuridad crece más rápido que la luz? Por qué aquello de ¡hágase la luz! no funciona inmediatamente nacemos. Y siempre.

Hay un truco ahí. Alguien nos ha estado engañando. La obscuridad ha sido tan astuta que ha invadido con anticipación el horizonte de sucesos, no hay de otra. Y cómo leeremos la obscuridad.

A ver, revisemos, ¿qué información es la que percibimos de la luz? ¿Es acaso la luz la que nos engaña?

“El día que el hombre supo que la obscuridad con la que se acuesta es menor que con la que se levanta, nada descubrió, permanece en la mayor obscuridad”.

No, esta no puede ser la fatalidad a la que estemos condenados. Algo encontraremos en el futuro. Somos el universo, evolucionamos. ¡Ni siquiera éramos neutrinos! ¡No había materia! ¡No puede ser que la materia sea nuestra misma desgracia!

Y, menos, si hubo un gran Dios que se percatara de la obscuridad que encierra.

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