Opinión

Un camino para el cambio real en Venezuela

Un conjunto excepcional de venezolanas y venezolanos están trazando el camino para la transformación de Venezuela, el cambio se está dando desde abajo, con la reconstrucción de la confianza

Por:
marzo 15, 2020
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Un camino para el cambio real en Venezuela
Roberto Patiño y su equipo de Caracas Mi Convive lograron, poco a poco, trabajar con diversos sectores del municipio Libertador, un fortín del chavismo

Suele repetirse que “el cambio real ocurre de abajo hacia arriba”. Por momentos, parecería que esa afirmación no refleja mucho más que la intención de ser políticamente correcto. Al fin y al cabo, abajo hay mucha más gente abajo que arriba – en especial en las sociedades más desiguales- y, en estos tiempos por lo menos, las élites de todo tipo suelen ser poco valoradas. Es difícil decir: “la verdad es que el cambio será un asunto pactado entre élites”. Sin embargo, más allá del escepticismo natural al oír una vaga declaración de buenas intenciones, vale la pena analizar la frase inicial que es bien interesante. ¿Qué significa “cambio real”? ¿Cómo es que ocurre? ¿Qué es eso de arriba y abajo? El caso venezolano y el trabajo de dos organizaciones, Caracas Mi Convive y Alimenta la Solidaridad, ilustra bien el sentido de cada una de estas preguntas y, más importante aún, es un ejemplo específico de cuándo es que el cambio real, realmente, ocurre de abajo hacia arriba. Empecemos con un poco de contexto.

Venezuela hace rato perdió su democracia. La tuvo: después del pacto de puntofijo de 1958, el país transitó una ruta -imperfecta pero consistente- en donde se consolidaron partidos políticos, alternancia del poder y -pude confirmar estos días- un cierto sentido republicano en amplios sectores de su población. El declive de la democracia venezolana, para la profesora Ana María Bejarano que escribió un gran libro sobre el asunto, empezó en febrero de 1989 en la “masacre del caracazo”. En la próxima entrega de esta serie, el foco será sobre el papel de las élites en esta historia, pero por ahora basta con sugerir que parte del gradual declive democrático resultó de la desconexión entre los “líderes” y la “gente”. Una anécdota que escuché en estos días, ilustra esto: en medio de un día de fuerte crisis social y política en los noventa, dos altos dirigentes del gobierno de turno transitaban por una autopista. Al pasar por uno de los barrios más humildes de Caracas, de igual forma al barrio Moravia en el Medellín de esos noventa, un dirigente le dice al otro: “Hermano, ¿qué estará pensando esa gente?”.

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Los dirigentes eran los de arriba, la gente eran los de abajo y la desconexión se iba acrecentando. Chávez no cayó del cielo. Cabalgó sobre esa desconexión

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Los dirigentes eran los de arriba, la gente eran los de abajo y la desconexión se iba acrecentando. Contrario a lo que algunos, cada vez menos, quisieran creer, Chávez no cayó del cielo. Cabalgó sobre esa desconexión, la describió bien y, más interesante aún, utilizó los cimientos de la democracia venezolana para acceder al poder y, ya ahí, desmantelarla poco a poco. En ese camino, hubo mucho de la “gente” que, por primera vez, sintió que jugaba un papel en la democracia venezolana. Hace unos años, andando por un sector popular de Caracas, visité a Nestina Bolívar, una chavista convencida que tenía un retrato de Chávez con una vela en la sala de su apartamento. Vivía en una misión vivienda implementada por el chavismo. Ya en ese 2014, Nestina entendía que el modelo no era sostenible. Para resolver una posible disonancia cognitiva – la de admirar a Chávez, pero vivir en medio de una profunda crisis durante el chavismo- su interpretación era que Maduro había traicionado el legado de Chávez, que todo se había derrumbado por la muerte de Chávez. A la pregunta de que era lo que más valoraba de Chávez, Nestina me respondió: “Que trató a la gente con dignidad”. Nestina falleció por un cáncer, en medio de un período de inmensa escasez en Venezuela, un par de años después.

Los modelos más ortodoxos de la economía y de la ciencia política tienen inmensas dificultades para explicar el comportamiento de Nestina. Esos modelos, llevados a su máxima simplificación, reducen el comportamiento humano al de maximizar una utilidad medible, usualmente por un equivalente a una suma de dinero. Los modelos son atractivos por la elegancia y simpleza de la matemática que sostiene su formulación, y por la limpieza del camino que transita de premisas a conclusiones. Pero se quedan muy cortos en general: para ese método académico, Nestina sería un ser irracional. Resulta que no maximiza ninguna utilidad fácilmente cuantificable -es más, parece estar destruyendo su utilidad, ya en ese momento era evidente para ella que el chavismo de Maduro era un desastre para la economía de ella misma-. Y no, Nestina era muy consistente en el tipo de racionalidad que expresaba, una en la que la dignidad era más importante que otras cosas. La dificultad de la academia para entender a Nestina, es una dificultad parecida a la de muchos otros sectores -la política, la prensa, los colombianos- para entender por qué -en parte no más- el chavismo se ha mantenido tanto tiempo.

La oposición política al chavismo ha tenido inmensos problemas para, primero, entender que los chavistas no fueron -son- seres irracionales y estúpidos y, después, que el camino para ganar la mayoría del país, pasa por entender esa idea de la dignidad que Nestina describía. He sido testigo de que, cada vez más, la nueva generación de dirigentes de la oposición entiende bien en qué espacio están parados. Tienen un terreno árido para sembrar: la oposición de comienzos de siglo, de una generación afortunadamente retirada, trató de dar un golpe a Chávez cuando aún era esencialmente democrático y, peor aún, decidió competir con Manuel Rosales -un político desastroso- en la elección de 2006. Solo con la llegada de liderazgos carismáticos, de buena gestión local -como Leopoldo López y Henrique Capriles- y con mucho esfuerzo, lograron ampliar el espectro social que atendía su mensaje. El chavismo ayudó, claro, evidentemente el discurso empezó a tener grandes dificultades para verse reflejado en programas concretos cuando el petróleo bajó de precio y la progresiva destrucción del aparato productivo no pudo sostener el consumo interno en varios sectores. Ojo, la dignidad de Nestina es la de ella y muchísimos más, pero no el de toda la población. Los extremos, en las democracias y en las dictaduras, ocupan espacios relativamente pequeños.

Una parte de la gente, de los de abajo, no ha terminado de confiar en la oposición. Y, aún si esto es evidente, un sector de los de arriba, de la élite opositora, muy difícilmente generará confianza porque, precisamente, esta resulta de un trabajo consistente, de años. Ya sabemos, la confianza que se construye durante años, se destruye en un segundo. Y, en política, casi nunca hay tanto tiempo, menos en estos países nuestros que van de afán en afán. De apuro en apuro, dirían en Venezuela. Yo no condeno a esos líderes: están en lo que están, trabajando en el espacio que pueden. Uno de esos líderes, escogió un camino distinto: Roberto Patiño. Sorprendido por el desprecio que recibía el mensaje opositor durante las campañas políticas, Patiño decidió meterse a lo más profundo del chavismo para entender las raíces de ese desprecio. La decisión no era fácil, al fin y al cabo, para entrar necesitaba construir eso, confianza, lo que le iba tomar tiempo, lo iba a mantener alejado de la gran opinión pública -tan atractiva para el ego humano-, y, más riesgoso aún, contaba con altísimas posibilidades de fracasar.

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Sin ocuparse de filiaciones políticas, el equipo de Mi Convive empezó a recuperar espacios públicos entregados al crimen y al tráfico de drogas, a formar ciudadanos en diversas áreas de liderazgo

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Afortunadamente para Venezuela, no fracasó. Empezando con la organización Caracas Mi Convive, enfocada en reconstruir los lazos de confianza para prevenir la violencia, Patiño y su equipo lograron, poco a poco, trabajar con diversos sectores del municipio Libertador en Caracas. Sin ocuparse de filiaciones políticas -lo cual habría sido un desastre en medio de la inmensa polarización- el equipo de Mi Convive empezó a recuperar espacios públicos entregados al crimen y al tráfico de drogas, a formar ciudadanos en diversas áreas de liderazgo y, un poco después, a montar una unidad de estudio riguroso sobre el crimen en Venezuela. Fui testigo del impacto de este trabajo: cada uno de los espacios públicos recuperados es ahora un centro de convivencia, llenos de deporte, cultura y esperanza en donde antes solo transitaba droga y miedo; Michelle Bachelet, alta comisionada para los derechos humanos en la ONU – y no precisamente de derecha- utilizó el trabajo de Mi Convive como base para denunciar el abuso de fuerza del régimen actual. Rápidamente, Patiño y su equipo se encontraron, dolorosamente, con un problema más esencial que el de la violencia: el hambre.

Desde hace unos años, pero muy intensamente desde 2014, Venezuela vive una crisis humanitaria de inmensas proporciones. El punto más bajo de esa crisis, se ha reflejado en la desnutrición infantil que, cada vez, cobra más víctimas. Era difícil, en un contexto donde el hambre abunda, hablar de convivencia y confianza. Decidieron entonces -en paralelo al trabajo de Mi Convive- armar una organización que atendiera el hambre, no siguiendo los parámetros tradicionales de asistencialismo, sino trabajando de la mano de las mismas comunidades: la organización -Alimenta la Solidaridad- se encarga en parte de proveer alimentos, formación a las madres voluntarias -las madres siempre están, los padres solo a veces- mientras que los habitantes de los barrios -los de abajo- ponen usualmente el lugar y el trabajo para cocinar y atender a niños, embarazadas y población en situación de discapacidad.

Visité varios de estos comedores y entendí cuál es el camino para la transformación de Venezuela. El cambio real está ocurriendo en cada uno de esos comedores y espacios públicos renovados: en sectores que han sido fortín del chavismo, se ha ido construyendo confianza – alrededor del trabajo serio- con sectores que no han sido chavistas. Las relaciones son bastantes más profundas que las que pueden resultar de esa polarización política que, al entrar a un comedor, parece infinitamente lejana. Hay sonrisas, hay lágrimas cuando se narra una historia que alguien genuinamente escucha, hay comida, hay niños y niñas estudiando, hay esperanza. Esperanza sin ingenuidad, esa que es ver la luz al final del túnel con plena consciencia de que aún falta trecho para llegar allá. Hay dignidad. Liderado por un conjunto excepcional de venezolanas y venezolanos, Caracas Mi Convive y Alimenta la Solidaridad, están trazando un camino para el cambio real de Venezuela, ese que va a llevar a que sanen las cicatrices entre hermanos. El contraste entre el trabajo de estas organizaciones y el del gobierno es impactante: mientras Alimenta, alrededor del acto de “entregar” comida, ha construido una red de confianza, de trabajo mancomunado y, por supuesto, de solidaridad, el gobierno se ha dedicado a repartir -con criterio usualmente político- cajas “CLAP”, cajas llenas de regular comida, volviendo a los más pobres, esclavos de su servicio. La corrupción: el robo más inusual, ese en el que el político ladrón entrega al pobre una migaja, que se arrodilla para recibirla y, sin darse cuenta, termina agradecido con su verdugo.

La alta política va a jugar su papel en el cambio. No hay ninguna ingenuidad ahí. Ese análisis será asunto de la próxima entrega. En este caso, su éxito depende, sí o sí, de los de abajo y lo que decidan hacer en su búsqueda de la dignidad. Eso lo entendió Chávez, ahora lo entienden mucho más, que no son, precisamente, sus herederos.

Continuará…

 

@afajardoa

 

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