Un año con Duque, un siglo sin Juan Manuel Santos

Nunca una noche había sido tan prolongada y angustiosa. Este ha sido un viaje azaroso, incierto, sin rumbo… lleno de vientos violentos y aguas tormentosas

Por: Juan Mario Sánchez Cuervo
junio 10, 2019
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Un año con Duque, un siglo sin Juan Manuel Santos
Foto: Nelson Cárdenas / Presidencia

La relatividad del tiempo expuesta en la teoría del genial físico Albert Einstein y, por otra parte, la paradoja del mismo fenómeno en el marco de la física cuántica no es ajena al mundo de la literatura, por ende tampoco a la cotidianidad; sobre todo desde que el gran escritor Marcel Proust en su magistral obra En Busca del Tiempo Perdido nos diera acceso a la interpretación de uno de los hilos de la realidad o de la irrealidad a los que está atado el ser humano en el plano tridimensional. Ese tiempo que crea o aniquila, que genera caos o armonía, es una de las mayores preocupaciones de pensadores y científicos; pero a estas alturas de la posmodernidad aún no hemos descifrado la esencia del tiempo conexo al concepto de eternidad.

Todas estas sutilezas que poco le interesarán al que haya abierto este artículo vienen a propósito de nuestra percepción del tiempo transcurrido en el último año en Colombia, que no son exactamente 365 días, sino un cúmulo de emociones y frustraciones que parecen transformar esos días, semanas y meses en algo semejante a lo que experimentan los atormentados del infierno de Dante en su Divina Comedia. En efecto, el tiempo pasa dolorosamente lento o placenteramente rápido conforme a nuestro nivel de satisfacción o insatisfacción. Por ejemplo, el salmista de la Biblia cuando aborda la experiencia de la visión beatífica dice: “Señor, mil años en tu presencia son como el día de ayer que ya pasó, o como una vigilia en la noche”.

Así, la presencia de la persona que ocupa la primera magistratura de nuestra endeble y dudosa democracia la hemos sufrido millones de colombianos desde hace doce meses como un lapso de tiempo semejante a una oscura y eterna noche. Y pensar que en tiempos de Juan Manuel Santos, quien dejó la casa de Nariño hace como cien años, se perfilaba en nuestro país el advenimiento de una aurora de esperanza, de paz, de reconciliación, del cese de los odios y del círculo vicioso de nuestra violencia, que por tradición bicentenaria se vale de cualquier motivo para desencadenar una orgía de sangre y terror. Sí, el año a bordo con Duque ha sido un viaje azaroso, incierto, sin rumbo… un dilatado viaje de vientos violentos y aguas tormentosas.

Nunca una noche había sido tan prolongada y angustiosa: líderes sociales, ciudadanos vulnerables y excombatientes que le apostaron a la paz, asesinados; el imperio de la intriga, de la renovada corrupción y la venganza; el inminente retorno negativo de los falsos positivos; el velado resurgimiento del paramilitarismo ante silencio de los potentados; el degüello obsesivo y permanente de la incipiente paloma de la paz; los deseos de destrozar la JEP, de socavar el Estado de derecho para exhibir en bandeja de plata las cabezas decapitadas de las altas cortes, y un prolongado etcétera. Pero lo que preocupa sobremanera son estas dos vertientes: la molesta certeza de reconocer quién realmente está al mando de esta nave y la incertidumbre de no saber hacia dónde nos lleva.

Sin embargo, las cosas estarían peores si la comunidad internacional, la ONU y la Corte Penal Internacional no tuvieran en la mira a Colombia, pues los que dirigen esta nave no pueden ser más irresponsables y locos. ¿Y dónde está el Piloto? ¿Vieron o al menos recuerdan el título de esa película de la década de los 80? Esa es una buena metáfora para exponer la gestión de Duque en este insufrible año, estos cien años, mil años de acuerdo al nivel de inconformidad de la mayoría de los colombianos. Recuerda, país sin memoria, que el actual mandatario se subió al trono gracias al fantasma de Venezuela, y como todo lo que se teme se atrae, cada vez nos parecemos más a ella, con la diferencia que allá hay menos muertos que acá. No mires la paja en el ojo ajeno, fíjate en la viga que tienes el tuyo, diría el Divino Maestro.

Por otra parte, Duque prometió la unidad entre todos los colombianos, el respeto por la diferencia, la inclusión social, la pacificación de nuestro país y el escenario que contemplamos es una patética exhibición de todo lo opuesto. Excelentísimo y devoto creyente de tu mentor político: estás haciendo todos los méritos para ocupar el puesto más bajo en la no gloriosa lista de los que han ocupado el opaco solio de Bolívar. Y, sin embargo, señor Duque aún estás a tiempo de enmendar la página, de debutar por fin con un estilo e identidad propia, con la impronta particular que debe tener cada individuo, cada personaje que pase por este mundo más oscuro que luminoso, más irreal que real y más falso que verdadero. Estás a tiempo de beber la inspiración en los grandes estadistas que han dejado su impronta indeleble en la historia. Estás a tiempo todavía de bajar al otro jinete de la mula para asumir solito las riendas. En este tiempo relativo en que un año es un siglo, de acuerdo a la presencia o ausencia de alguien en el poder, es hora de que despiertes y nos lleves al lugar que nos prometiste. Si así lo hiciereis que Dios, la patria, el tiempo, la historia, el pueblo os premie, si no que él y ella, y ellos os lo demanden. 

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