Donald Trump no estaba en el tarjetón electoral del martes 3 de noviembre, pero terminó siendo el gran derrotado de la jornada. Los estadounidenses acudieron a las urnas para elegir congresistas, senadores y gobernadores, y terminaron enviándole al presidente un mensaje que difícilmente podrá ignorar: el país que hace apenas dos años le entregó las llaves de la Casa Blanca decidió quitarle buena parte de las herramientas para gobernar.
La llamada ola azul, como se conoce al avance electoral del Partido Demócrata, no solamente recuperó la Cámara de Representantes. También consiguió lo que hasta hace algunos meses parecía mucho más difícil: arrebatarles a los republicanos el control del Senado.
La derrota no fue un simple tropiezo. Fue un terremoto político que alcanzó incluso a estados donde el conservatismo parecía tener escriturado el poder.
Y aunque sus efectos más inmediatos se sentirán en Washington, sus réplicas podrían llegar hasta el Palacio de Nariño.
Porque mientras Trump pierde terreno en su propio país, en Colombia gobierna desde hace apenas tres meses Abelardo de la Espriella, un presidente que convirtió su afinidad con el mandatario estadounidense en una de las principales apuestas de su política exterior.
Una alianza que prometía millones de dólares, cooperación militar y una nueva luna de miel entre Bogotá y Washington podría encontrarse ahora con un invitado incómodo: un Congreso controlado por los adversarios políticos de Trump.
La noche en que Estados Unidos le pasó factura a Trump
Las elecciones de medio término suelen convertirse en una especie de examen para el presidente de turno. Pero lo ocurrido este martes fue mucho más que una mala calificación.
Los demócratas lograron recuperar las dos cámaras del Congreso, con al menos siete escaños arrebatados a los republicanos en el Senado y avances importantes en la Cámara de Representantes.
La sorpresa llegó desde territorios que habían acompañado a Trump en 2024. En Texas, el demócrata James Talarico derrotó al republicano Ken Paxton en una elección que rompió décadas de dominio republicano sobre ese escaño del Senado. En Carolina del Norte, Roy Cooper ganó una curul decisiva. Iowa y Kansas también se sumaron al giro demócrata.
En Maine cayó Susan Collins, una de las figuras republicanas más conocidas del Senado, mientras que el exgobernador Sherrod Brown consiguió recuperar para los demócratas una representación de Ohio.
En Georgia, Jon Ossoff logró reelegirse con una victoria amplia, consolidándose como una de las figuras demócratas que podrían adquirir protagonismo de cara a las presidenciales de 2028.
Y mientras buena parte del mapa estadounidense cambiaba de color, en Mississippi, uno de los estados más conservadores del país, la contienda entre la republicana Cindy Hyde-Smith y el demócrata Scott Colom resultó sorprendentemente cerrada, permaneciendo sin definición durante el conteo del miércoles.
Pero más allá de los nombres, el mensaje fue contundente: buena parte del electorado quería ponerle un freno al presidente.
La economía, la guerra y los latinos: las tres facturas que le cobraron al presidente
Trump había regresado a la Casa Blanca prometiendo prosperidad, seguridad y una economía que beneficiaría a los trabajadores estadounidenses.
Dos años después, los precios elevados, la preocupación por el costo de vida y las consecuencias económicas de la guerra con Irán terminaron ocupando el centro del debate electoral.
Las encuestas a boca de urna mostraron un país profundamente inconforme. Cerca de tres cuartas partes de los votantes expresaron insatisfacción con el rumbo de Estados Unidos.
La frustración también apareció entre sectores que habían contribuido al regreso de Trump al poder.
Uno de los golpes más significativos llegó de la comunidad latina. En 2024, el mandatario republicano había logrado avances importantes entre los hispanos. Sin embargo, según los sondeos de AP, alrededor del 60 % de los votantes latinos apoyó a candidatos demócratas en estas elecciones.
Las encuestas también revelaron que el 62 % de los votantes hispanos desaprobaba la gestión presidencial y que una mayoría consideraba que las políticas migratorias de su administración habían ido demasiado lejos.
No significa que todos los latinos hayan abandonado al Partido Republicano ni que exista una posición uniforme dentro de una comunidad tan diversa. Pero sí demuestra que una parte importante del respaldo conseguido por Trump en 2024 comenzó a desmoronarse.
Las promesas de deportaciones masivas, mano dura y proteccionismo económico encontraron un límite entre votantes más preocupados por pagar el arriendo, llenar el tanque del carro y llevar comida a sus hogares.
La ironía es difícil de ignorar: el presidente que convirtió la inmigración en una de sus principales banderas políticas terminó perdiendo terreno entre los votantes de origen inmigrante.
En Bogotá también deberían estar haciendo cuentas
A más de 3.000 kilómetros de Washington, el resultado electoral abre un escenario especialmente delicado para el gobierno de Abelardo de la Espriella.
El mandatario colombiano llegó a la Presidencia el pasado 7 de agosto, luego de derrotar por un estrecho margen al candidato de izquierda Iván Cepeda.
Su victoria representó un giro hacia la derecha después de los cuatro años de Gustavo Petro y permitió una rápida recomposición de las relaciones con Estados Unidos, que habían atravesado una etapa de tensiones por las políticas antidrogas, la seguridad y las diferencias entre Petro y Trump.
De la Espriella no ha ocultado su cercanía con el presidente estadounidense. De hecho, su gobierno se sumó a iniciativas regionales de seguridad impulsadas desde Washington, aumentó la cooperación contra las organizaciones criminales y promovió una agenda favorable a la inversión estadounidense.
La apuesta parecía comenzar a dar frutos. En agosto, la administración Trump anunció su intención de trabajar con el Congreso para destinar 1.000 millones de dólares en apoyo a Colombia, principalmente en seguridad, lucha contra el narcotráfico y oportunidades económicas.
En septiembre, el secretario de Estado Marco Rubio visitó Colombia y participó en el relanzamiento de la relación bilateral, con acuerdos sobre minerales críticos, cooperación energética y seguridad.
Sin embargo, las elecciones del martes modificaron una pieza fundamental del tablero.
Trump puede prometer recursos. Pero el Congreso tiene un papel decisivo en su aprobación y asignación. A partir del 3 de enero de 2027, cuando se instale la nueva legislatura, ambas cámaras estarán bajo control demócrata.
Para De la Espriella, el desafío ya no será solamente conservar la confianza del presidente republicano. También tendrá que convencer a los adversarios políticos de Trump de que Colombia merece los recursos solicitados.
Los 1.000 millones de dólares que podrían convertirse en un dolor de cabeza
Este podría ser uno de los asuntos más sensibles para Colombia. La cooperación estadounidense ha sido durante décadas un componente importante del financiamiento de programas de seguridad, desarrollo rural, lucha contra el narcotráfico, protección de derechos humanos y asistencia humanitaria.
Pero los recursos no llegan automáticamente por una buena relación entre presidentes.
Las comisiones presupuestales del Congreso estadounidense examinan las partidas, pueden introducir condiciones y tienen capacidad para determinar cómo se distribuyen los fondos.
Con la nueva mayoría demócrata podrían aumentar las exigencias relacionadas con derechos humanos, protección de civiles, implementación del Acuerdo de Paz de 2016 y garantías para comunidades afectadas por el conflicto.
Esto no significa necesariamente que Colombia vaya a recibir menos dinero. Existe incluso la posibilidad de que ciertos programas de cooperación civil y desarrollo territorial encuentren mayores simpatías entre los demócratas.
El problema estaría en el destino de los recursos. Mientras Trump y De la Espriella han privilegiado una agenda centrada en la seguridad, el fortalecimiento militar y la persecución de organizaciones criminales, sectores demócratas podrían reclamar un enfoque más amplio, con mayores inversiones sociales y controles sobre las operaciones militares.
Una parte de la asistencia podría terminar condicionada, reorientada hacia programas civiles o sometida a un escrutinio mucho más estricto.
Y eso podría complicar los planes del gobierno colombiano.
La Casa Blanca puede mantener su promesa. Lo que ya no puede garantizar es que el Congreso firme el cheque sin hacer preguntas.
¿Regresa la presión por los derechos humanos y el Acuerdo de Paz?
La llegada de una mayoría demócrata también podría cambiar el tono de la discusión sobre Colombia.
Durante los últimos años, la agenda bilateral estuvo marcada por la lucha antidrogas, las extradiciones, la migración y la seguridad regional.
Pero dentro del Partido Demócrata existen congresistas que históricamente han prestado mayor atención a los derechos humanos, las comunidades afrocolombianas e indígenas, la violencia contra líderes sociales y el cumplimiento del Acuerdo de Paz.
Uno de ellos es Gregory Meeks, figura destacada de la Comisión de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes.
Meeks ya ha expresado interés en preservar el respaldo bipartidista a Colombia y en garantizar que la cooperación estadounidense llegue a las comunidades afectadas por la crisis humanitaria y el terremoto de agosto.
Para el gobierno de De la Espriella, esto puede representar tanto una dificultad como una oportunidad.
Su apuesta por una política de seguridad más ofensiva podría encontrar cuestionamientos en Washington si las operaciones contra organizaciones armadas provocan denuncias de abusos o afectaciones a la población civil.
Pero una administración dispuesta a mostrar resultados verificables en seguridad, respeto por los derechos humanos y desarrollo regional también podría construir puentes con el nuevo Congreso.
La diferencia estará en entender que la relación bilateral no puede reducirse a la simpatía personal entre dos presidentes.
Trump seguirá mandando, pero ya no podrá gobernar tan cómodamente
Donald Trump no perdió la Presidencia. Su mandato continúa hasta enero de 2029 y conserva importantes facultades para dirigir la política exterior, administrar las relaciones diplomáticas y tomar decisiones dentro de sus atribuciones constitucionales.
Además, mantiene el poder de veto frente a las leyes aprobadas por el Congreso.
Pero el escenario político cambia sustancialmente.
Los demócratas podrán dirigir comisiones, convocar investigaciones, exigir documentos, cuestionar decisiones de la administración y ejercer mayor control sobre los presupuestos federales.
En el Senado también podrán bloquear o condicionar determinados nombramientos diplomáticos y gubernamentales.
No tendrán, por sí solos, los votos suficientes para imponer toda su agenda ni para anular automáticamente los vetos presidenciales.
Lo que sí podrán hacer es dificultar la ejecución de varias de las principales prioridades de Trump.
En materia internacional, esto podría traducirse en debates más intensos sobre la guerra con Irán, el uso de la fuerza militar, los aranceles, la política migratoria y la intervención estadounidense en América Latina.
En otras palabras, el presidente seguirá sentado en la Casa Blanca, pero encontrará muchos más obstáculos en el Capitolio.
Colombia, Venezuela y el nuevo pulso por América Latina
La derrota republicana también podría modificar el margen de maniobra de Washington en una región que Trump ha situado en el centro de su estrategia de seguridad hemisférica.
La política hacia Venezuela, las operaciones militares en el Caribe, el combate al narcotráfico y las acciones contra organizaciones criminales podrían enfrentar nuevas investigaciones y solicitudes de información.
Para Colombia, un país que comparte una extensa frontera con Venezuela y mantiene una relación estratégica con Estados Unidos, esos debates no son secundarios.
El gobierno de De la Espriella ha buscado consolidarse como aliado regional de Trump en materia de seguridad.
Pero un Congreso menos complaciente con las operaciones militares estadounidenses podría exigir mayores explicaciones sobre objetivos, costos, legalidad y consecuencias humanitarias de las acciones conjuntas.
Eso no significa que los demócratas vayan a abandonar la cooperación antidrogas ni que desaparezca el consenso estadounidense sobre la necesidad de combatir a las organizaciones criminales.
Lo que podría cambiar es la forma de ejercer esa presión.
Menos cheques en blanco, más controles y una mayor discusión sobre las consecuencias de privilegiar las soluciones militares.
¿Y qué pasará con los colombianos que viven en Estados Unidos?
Hay otro grupo que observará con especial atención lo ocurrido el martes: los cientos de miles de colombianos que han construido su vida en territorio estadounidense.
La nueva composición del Congreso podría abrir espacio a debates sobre el tratamiento de los inmigrantes, la financiación de las agencias federales de control migratorio y la supervisión de los procedimientos de detención y deportación.
Los demócratas tendrán nuevas herramientas para investigar posibles abusos y cuestionar determinadas políticas.
Pero sería irresponsable presentar su victoria como el comienzo automático de una reforma migratoria o de una legalización masiva.
Las leyes migratorias requieren acuerdos políticos complejos, muchas iniciativas enfrentan obstáculos adicionales en el Senado y Trump conserva instrumentos ejecutivos importantes.
La mayoría demócrata podría convertirse en un contrapeso frente a la Casa Blanca, pero no significa que las deportaciones vayan a detenerse ni que los inmigrantes indocumentados hayan obtenido una nueva protección legal.
Para las familias colombianas, la diferencia entre esperanza política y cambio jurídico concreto seguirá siendo fundamental.
El error que Colombia no puede cometer
Durante décadas, Bogotá ha cultivado una relación privilegiada con Washington, basada en una combinación de intereses estratégicos, cooperación militar, comercio e interlocución con republicanos y demócratas.
Esa relación sobrevivió a presidentes estadounidenses tan distintos como Bill Clinton, George W. Bush, Barack Obama, Joe Biden y Donald Trump.
La razón es sencilla: Colombia ha sido importante para Estados Unidos más allá de las afinidades ideológicas de sus gobernantes.
El riesgo para De la Espriella sería convertir ese vínculo de Estado en una relación excesivamente personal con Trump.
Porque la cercanía con un presidente puede abrir puertas, pero también puede volverse una debilidad cuando ese mandatario comienza a perder poder político.
Los resultados del martes demuestran precisamente eso.
El trumpismo conserva una presencia considerable en la sociedad estadounidense y no desaparecerá por una derrota legislativa. Sin embargo, su capacidad para imponer decisiones sin negociar quedó seriamente debilitada.
Para Colombia, la salida más inteligente podría ser diversificar sus interlocutores en Washington, fortalecer el diálogo con ambos partidos y defender una agenda que no dependa de quién ocupa temporalmente la Casa Blanca.
No será una tarea sencilla para un presidente que ha construido buena parte de su identidad política alrededor de la confrontación con la izquierda y la sintonía con el conservatismo estadounidense.
Pero la diplomacia suele exigir algo que las campañas electorales no siempre enseñan: hablar con quienes piensan distinto.
La paradoja de dos presidentes
La historia dejó este miércoles una imagen política difícil de pasar por alto.
En Colombia, Abelardo de la Espriella apenas comienza un gobierno respaldado por una coalición que busca consolidar un giro conservador y profundizar su alianza con Estados Unidos.
En Washington, su principal socio político acaba de recibir el golpe electoral más importante de su segundo mandato.
Uno empieza a gobernar. El otro descubre que su poder tiene límites.
Y entre ambos se encuentra una relación bilateral que mueve comercio, cooperación, seguridad, inversiones y el destino de millones de personas.
La pregunta ya no es solamente cuánto está dispuesto Trump a ayudar a Colombia, sino cuánto de esa ayuda estará dispuesto a aprobar un Congreso dominado por sus adversarios.
La respuesta comenzará a conocerse en los próximos meses, cuando se negocien los presupuestos, se reorganice el poder legislativo y las promesas diplomáticas tengan que traducirse en partidas reales.
Porque en política, como en la vida, hay amistades que valen oro. Pero cuando llega la hora de pagar la cuenta, no siempre es el amigo quien tiene la chequera.
Y Colombia acaba de descubrir que la de Washington cambió de manos.
Anuncios.


