Pueden ser las iras encontradas de los amigos y enemigos del descabezado por los bombardeos régimen musulmán chiita —tan autocrático y fanático como el de los judíos ortodoxos que sostienen a Netanyahu y el de los posesos cristianos de ultraderecha que sostienen ideológicamente a Trump—. Este año, en sus países, afrontan elecciones decisivas para intentar afianzarse en el poder, demostrando ser los “héroes” de una película de vaqueros.
Lo cierto es que las guerras en otros países, que prometió no emprender en su campaña, han sido la principal política de Trump. Insatisfecho con la guerra interna que emprendió contra los inmigrantes de piel oscura mediante su policía ICE, ahora traslada el conflicto al plano global. Apenas empezando este año, sin pedir permiso al Congreso, ya contabiliza dos incursiones armadas: en Venezuela, la más leve, y la de Irán, potencia regional a la que pretende rematar tras golpear a sus aliados en Gaza y Siria.
Fueron un señuelo las negociaciones que, por intermedio de facilitadores de Omán, realizaban delegados de los Estados Unidos e Irán. Cuando parecía que habían llegado a acuerdos, sobrevino el sorpresivo ataque. Esta guerra se les puede devolver como un bumerán; menospreciaron la capacidad de respuesta iraní y, a pesar de la enorme destrucción, se les puede convertir en una costosa sin salida en recursos y vidas, como lo fueron Vietnam, Irak y Afganistán. Así lo ha manifestado William Scott Ritter, exoficial de inteligencia de los EE. UU., quien prevé que esto podría costarles las elecciones a Trump y Netanyahu.
Son los avances de una 3ª Guerra Mundial por la disputa del petróleo, otros minerales raros y la ocupación de “espacios vitales”. Se presagia un escenario con Rusia invadiendo a Ucrania y EE. UU. ayudando a Netanyahu en su sueño de convertir al Medio Oriente en “la tierra prometida del Gran Israel”, tras destruir a Irán y cogobernar con los jefes de los reinos petroleros.
Todo este panorama ocurre sin que China haya decidido aún reintegrar a Taiwán, mientras Trump provoca a Pekín no solo con su alocada política de aranceles, sino cortando el flujo de petróleo barato de Venezuela e Irán. Tal vez Trump y el aparato industrial-militar —fusionado con los multimillonarios que controlan la Inteligencia Artificial— consideran que es el momento de provocar a China antes de que esta fabrique armas superiores y los desbanque como potencia dominante.
Hasta ahora, los únicos que han gastado sus arsenales son los norteamericanos, israelíes y rusos, mientras los chinos se han mantenido lejos de la guerra. Es una aventura promovida por multimillonarios que resucitaron el fascismo y ansían adueñarse del planeta y el cosmos sin pagar impuestos. En el desvergonzado Trump, locos peligrosos como Elon Musk han encontrado al socio perfecto para intentar apoderarse de Marte o la Luna, pensando que podrán escapar de la vida en la Tierra después de destruirla.
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