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Opinión

Trinas y letrinas

No entiendo cómo alguien ante la tragedia propia o ajena no encuentre mejor manera de expresarse que levantarse a insultar…

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Noviembre 15, 2015
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La sangre de los muertos en París aún está tibia y las balas del oportunismo insensible ya disparan en ráfaga.El terrorismo también está en las palabras que se pronuncian cuando estallan sílabas que dejan esquirlas de odio. Twitter es una plaza pública en el tiempo en que nos tocó vivir y lo que escribes ahí lo haces con el ánimo de ser leído por otros. No es el diario íntimo cerrado con broche y candado, quienes lo usan lo saben.

Hay personas que son la voz de quienes han confiado en ellos —tanto así que les han dado un voto— por eso les llaman representantes, por eso alcanzan la estatura de senadores, por eso ocupan un lugar que alguna vez recibió el nombre de “padres de la patria”, luego no te extrañes si sientes este país un poco huérfano cuando lees sus publicados pensamientos públicos.

¿Cuánta insensibilidad es necesaria para usar la tragedia ajena como argumento de la arenga contra el proceso de paz?

Énfasis: no digo que sea obligación estar a favor de las negociaciones de La Habana, cada quien tiene su posición con todo el derecho que le asiste. Pero ¿son las muertes en Francia el argumento para ironizar sobre la realidad nacional? ¿Esta es la altura del debate? ¿Así expresa su sensibilidad un político en un momento así? ¿Tienen razón los que dicen que la derecha necesita sangre para tener algo qué decir? A todo esto me contesto: ojalá que no. El dolor es dolor, la tragedia es tragedia y la solidaridad no es precisamente esto que exhiben los congresistas Cabal y Rangel.

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Hay días en que a la humanidad solo le cabe comenzar la conversación con un ¿cómo estás?, ¿estás bien? y a partir de la respuesta intentar reconstruir la casa de del otro con los ladrillos de las ruinas que dejó la última explosión.

Pasas del twitter al facebook y te encuentras ahora con el coro de voces que te señalan qué muertos debes lamentar más, que si los de acá o los de allá, que no olvides a Beirut en llamas mientras arde París, que los niños de La Guajira y los indígenas del Cauca, que las Farc son lo mismo que Isis, que te señalan que debes sentirte mal por expresar tu solidaridad porque eres esnob al compartir una frase o una bandera en luto, que te estás dejando manipular por la “mirada hegemónica occidental”,  que esto y que aquello y que lo demás… y después de dardos de enojo y de indignación que se cruzan unos y otros porque has lamentado 129 muertos y 335 heridos —99 de ellos gravísimos— me pregunto ¿acaso hay sangre más roja que otra? Uno no le dice a nadie “lo que debería dolerte es esto” porque nadie es dueño siquiera del dolor propio. El dolor duele, es así. Es contundente. No lo escoges. El dolor te elige a ti.

Todos los muertos son el mismo lamento.
Todos los heridos son el mismo tormento.

Cuando París es víctima del mayor ataque del que se tenga noticia desde la segunda guerra mundial —no se olvide ese pequeño detalle— hay una herida y una cicatriz que habla de un atentado contra lo que la ciudad y el país representan. Si, aquello de libertad, igualdad y fraternidad ¿lo recuerdan? Y no sólo esos valores, también otros más –como democracia, por ejemplo– junto con la idea clara de alentar el odio en un país de 42 millones de personas entre las cuales seis millones son musulmanes. El terrorismo no es ingenuo, la geopolítica conoce la palabra historia, estos actos de horror no nacen del azar. Atentar contra la estatua de La Libertad en el puerto de New York no es lo mismo que derribar una torre de energía en el Valle del Cauca. Y no es que no me duelan las consecuencias ni los repudie en igual medida, es que entiendo la diferencia. Espero que usted también.

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Toda mi generación conoce de cerca la cara del terror. El miedo te podía asaltar al salir de casa porque no sabías si volverías: estallaban carro bombas igual en la puerta de una farmacia que al lado de la plaza de toros o en un parque o junto a aquel edificio o al lado de la estación de policía en la esquina y antes de los celulares corrías a buscar una moneda para llamar a casa a contar que estabas bien o a preguntar cómo están. Eso fue dolorosa rutina, no lo olvido, en mi ciudad. Y en aquellos aprendí que nosotros, ciudadanos de a pie, tenemos una herramienta contra el miedo y el terrorismo: es la solidaridad. Ha de ser por eso que no entiendo cómo alguien ante la tragedia propia o ajena no encuentre mejor manera de expresarse que levantarse a insultar…

@lluevelove

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