Tras las huellas del "suramerican dream"

Por décadas Colombia siguió los pasos de Chile, bajo la premisa de que el neoliberasmo funcionaba. Sin embargo, la burbuja reventó y ahora vemos las consecuencias

Por: Cristian Jimenez Orozco
octubre 25, 2019
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Tras las huellas del
Foto: Carlos Figueroa - CC BY-SA 4.0

En el escenario del gran reality de imitación que es hoy la economía mundial aparece la tímida Colombia con su disfraz: maquillaje de democracia, sombrero de globalización, traje neoliberal. Mira perpleja al exigente jurado y declara, no sin cierto orgullo: ¡Yo me llamo Chile!

Tengo un vago recuerdo de mi niñez: el de un nefasto coterráneo que por puro rebote llegó a convertirse en presidente (en esa campaña fueron asesinados tres candidatos presidenciales), que con vocecita socarrona y humildad mal fingida le anunciaba al país: “Colombianos, bienvenidos al futuro”. Me refiero al camaleónico César Gaviria, quien a su vez —con ese eufemismo del “futuro”— se refería a la incursión definitiva del país en la aventura neoliberal.

Desde entonces las clases dirigentes colombianas vienen augurando tiempos mejores y buena parte de las decisiones que se han tomado, sobre todo en materia de política económica, se han justificado con el escueto argumento de que así funciona en Chile, el milagro sudamericano. Es así como desde hace varias décadas venimos siguiendo los pasos de este país, bajo la promesa de alcanzar también nosotros ese suramerican dream.

Y en Colombia cometimos el gran error de nunca desconfiar de un modelo que se incubó en el seno de un régimen de barbarie, que bañó de sangre durante casi dos décadas al pueblo chileno. Y que después de un largo camino desemboca en lo que vemos hoy: un gran estallido social, una masa de inconformes, una multitud de indignados que ha perdido tanto que —por fin— perdió hasta el miedo.

Hoy el continente observa el estallido social en Chile, el gigante sudamericano, ese oasis (como no hace mucho lo llamó el mismo Piñera), y se pregunta qué pasó.

Lo que ocurrió es que los testimonios que nos llegaron del paraíso chileno nos lo entregaron los vencedores, los pocos ganadores de su modelo, los que hicieron grandes fortunas gracias a una maniobra de saqueo y explotación; y dichos testimonios fueron repetidos con entusiasmo por quienes querían (y podían) en otros países replicar una estrategia que les asegurara engordar sus propias fortunas.

Lo que no nos han informado en Colombia es que la misión de chilenizar nuestra economía está casi cumplida. Que la promisoria travesía que se emprendió para ser como Chile se encuentra en su último tramo. Que prácticamente estamos llegando. Que no hay mucho más que esperar, salvo que (tal vez) se engrose un poco la clase media y que el PIB se ensanche un poco más. Y que en consecuencia todos esos excedentes —que en cifras se ven tan deslumbrantes— vayan a parar a los bolsillos de los Ardila Lülles, de los Sarmiento Angulos, de los Santo Domingos, en fin, de un grupo reducido de imperios financieros bendecidos por la fortuna en el país del sagrado corazón. A grandes rasgos, esto es el paraíso neoliberal.

En el circo del Yo me llamo, que es este orden mundial, nuestra imitación está casi en su última fase de perfeccionamiento. Si queríamos ser como Chile, el disfraz está prácticamente terminado: nuestro modelo pensional es básicamente el mismo que ese que hoy moviliza a miles de inconformes en Chile; nuestro sistema educativo tiene las mismas pretensiones que ese que hoy tiene a una multitud descontenta de jóvenes que solo tienen dos alternativas: la de no estudiar o la de condenarse a pagar una fortuna de por vida; el sistema de transporte bogotano (mucho peor en términos de funcionalidad e infraestructura) es —estructuralmente— similar a aquel cuyos elevados costos desató la indignación de los santiaguinos, y que terminó produciendo la chispa que se necesitaba para un estallido social. Y así: un sistema de salud inequitativo e indigno para quienes menos tienen; políticas económicas y tributarias que favorecen a quienes más poseen (porque ayudar a los grandes empresarios es lo mejor para todos); unas fuerzas armadas abusivas bajo el amparo del Estado; la opresión (que raya casi en la supresión) de los pueblos originarios; la entrega de los recursos naturales a las grandes corporaciones; la privatización de todo lo privatizable. Así estamos allá y acá.

Y es que quienes se mal acostumbraron a dictar el destino de esta pelota achatada y maltrecha que llamamos tierra, esos señores inverosímiles de saco y corbata cuya honestidad es tan flexible, no mintieron esta vez, al pregonar que el neoliberalismo sí funciona. Solo omitieron un detalle: que funciona solo para ellos. Así, a medida que las economías crecen, vemos cómo se acentúa la desigualdad y cómo un puñado de empresarios privilegiados incrementan sus fortunas en proporciones verdaderamente groseras.

En el país con la economía más próspera del sur de América, con una indescriptible riqueza marítima que baña sus miles de kilómetros de costa, con una inmensa producción agrícola, con la reserva de cobre más grande del mundo, con un gran contingente de trabajadores que generan riqueza, las grandes fortunas se escurren —por un artificio a veces incomprensible maquinado por los magos de la economía— como por un embudo que desemboca en un puñado de cuentas bancarias (entre las que se cuenta, como no, la de Piñera).

Pero en este oasis de prosperidad, los ganadores no contaron con la fatiga de los excluidos: una multitud de pensionados, trabajadores y estudiantes que no logra ver sus rostros reflejados en los resplandecientes cristales de los rascacielos de Sanhattan, el pomposo centro financiero del milagro neoliberal suramericano.

Olvidaron que las victorias (y las derrotas) en materia de política y de modelos económicos son —para bien y para mal— solo temporales, transitorias. Desde muchos puntos de vista la dictadura ganó, pero de manera inconsciente fue germinando en la conciencia colectiva del pueblo derrotado, la semilla de una revancha que hoy tiene la oportunidad de comenzar a concretarse y de poner de una vez por todas las cosas en su lugar, por lo menos para la gran mayoría.

Y si menciono que la dictadura ganó es porque el país evidentemente heredó de ella un modelo económico y una cultura influenciada por infamias tantas veces repetidas e impuestas con tanta violencia, que terminaron dejando cicatrices. Pero las cicatrices no son hereditarias y los entusiastas del modelo no contaron con que la sociedad es dinámica, con que la gente cambia, ni con que llegaría una generación que conoce la dictadura apenas como relato y que no tiene por lo tanto razones para tener tanto miedo.

La dictadura ganó —temporalmente— y “Chilito” quedó pinochetizado, ¿pero quién lo despinochetizará? Esperamos de corazón que esta masa inconforme que hoy se bate en las calles por todo lo largo y poco ancho del país sea el comienzo de un cambio estructural, que sea esa generación que comience a demoler los vestigios del pinochetismo en esta gran nación.

Y sin poder prever aún cuál será el desenlace de esta inusual gesta popular, hay por lo menos una certeza: que a los pueblos no se les oprime (ni reprime) incesantemente sin obtener una reacción; que la gente se cansa y aprende. Que el miedo tiene fecha de vencimiento.

Resuenan en Chile las voces de una multitud golpeada pero optimista, reprimida pero valiente, inconforme pero que le anuncia con júbilo al mundo entero, pero sobre todo a Latinoamérica y en particular a su propio gobierno: ¡Chile despertó!

Y soñamos con que ese victorioso coro resuene en Colombia, que le ayude a despertar también, a comprender su destino, y que pueda verse reflejada como en una suerte de espejo de cuento de hadas que devuelve una imagen del futuro. Que las voces del pueblo chileno sean un mensaje que le ayude a Colombia a entender dos cosas fundamentales: que recorremos un camino que no nos va a llevar ni a la felicidad ni a la justicia; y que puede el pueblo imponerse y demostrar su gran poder; que —como diría Gaitán— “el pueblo es superior a sus dirigentes”.

Ojalá entendamos que podemos cambiar nuestro destino y decidir estar mejor, porque este camino no nos conduce a buen puerto; porque las estirpes condenadas a tantos años de neoliberalismo pueden tener una segunda oportunidad sobre la tierra.

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