Tras el COVID-19, el mundo ya no será el mismo

Tarde o temprano tenía que suceder: sin misericordia hemos llevado hasta el límite nuestras fuerzas y las de la madre naturaleza

Por: Henry Mesa Balcázar
marzo 31, 2020
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Tras el COVID-19, el mundo ya no será el mismo
Foto: Pixabay

Pareciera ser que en algún momento de nuestra historia perdimos el tren de la evolución intrínseco a nuestra especie y comenzamos a trasegar por una senda de involución. Pareciera ser que estamos pasando de Homo sapiens a convertirnos en un temible Homo rapax.

Varias son las causas que nos han traído hasta este incierto punto de nuestra historia como especie y como civilización, asediados, intimidados y puestos de frente a nuestra propia mortalidad por un virus especialmente letal, por que aquello que está "matando" sin piedad alguna es ni más ni menos que esa absurda sensación de omnipotencia e inmortalidad que nos caracteriza como especie en este punto y hora de nuestra existencia. Así es, en algún momento —ensimismados entre saldos bancarios, luchas ideológicas, acumulación de honores y propiedades, selfies y redes sociales— extraviamos nuestra conciencia sumergidos en un océano de ego y dejamos de mirar hacia las estrellas... ¡perdimos de vista nuestra insignificancia en relación con la vastedad de la creación y nuestro sentido de finitud!

Así las cosas, el temor, el caos, la ineficacia de gobiernos e instituciones, la terrible incertidumbre y las muertes que está trayendo esta pandemia —y el origen mismo de esta— bien pueden atribuirse a las siguientes variables:

- Fuimos capaces de globalizarlo todo excepto la solidaridad, y supimos transformarnos en una compulsiva aldea global ampliamente interconectada, pero poseída por un alma rabiosamente individualista. Podemos hacer un giro electrónico de dinero de Singapur a Mocoa en menos de medio minuto, pero somos descorazonadoramente incapaces de darnos cuenta que con solo llevarle —anónimamente— un copioso mercado a alguna familia que vive a la vuelta de nuestra esquina haríamos una gran diferencia para sus integrantes...

- En un abrir y cerrar de ojos (después de todo que son cuarenta años ante la magnitud del mundo o el universo mismo?) e hipnotizados como borregos ante el sofisticado lenguaje y las acciones menos sutiles del Consenso de Washington, los Chicago Boys de Friedman o la retórica de Thatcher y Reagan, entramos en la fase final del capitalismo, el "neoliberalismo depredador", aquel sistema mefistofélico capaz de permitir que los diez primeros hombres más ricos del mundo posean más recursos que seis mil millones de congéneres juntos, mientras al mismo tiempo los recursos naturales son explotados sin tregua alguna y se obvía descaradamente la llegada del cambio climático. Es hora de reconocerlo: este sistema es vulgarmente inviable e inexorablemente autodestructivo e implosivo...

- La "dogmatización estructural", como herramienta de dominación a través de la división, la diferenciación o la exclusión, acabó con el sentido de solidaridad que es esencial para la superviviencia de toda sociedad o civilización. Religiones, ideologías, luchas de clases, movimientos pro sistema o anti sistema... En fin, los "ismos", se adueñaron de los corazones y las mentes de millones de "individuos" que cayeron en la trampa de creer que "sabiéndose diferente y haciéndole saber al otro que es diferente", podrían vivir en islas autárquicas capaces de repeler o impedir cualquier ataque de los "otros"...

- Tal y como ya le había sucedido hace algo menos de dos mil años al Imperio Romano, la noción de grandeza, poderío y progreso ilimitados pervirtió el alma de un gran segmento de la población. Estamos nuevamente inmersos en una aciaga "cultura del hedonismo" a cualquier precio y sin importar por encima de qué o de quién se haya que pasar. Esta insondable relajación de los valores y de los límites sociales ha derivado siempre, inobjetablemente, en el caos y la decadencia para todas aquellas sociedades que no supieron percibir el abismo al que se asomaban.

- El profundo desmantelamiento del "Estado liberal democrático" llevado a cabo por los diferentes gobiernos y sus plataformas ideológicas a lo largo y ancho del mundo occidental. Sin importar el espectro ideológico, ya sea por acción u omisión, tanto los gobiernos de derecha como de izquierda han coincidido en la vulneración de los Estados, tanto en su concepto funcional e institucional como en la de los principios fundantes del "Estado-Nación" . Y, si hay un hecho inobjetable es que el Estado cuenta, y es imprescindible para asegurar la pervivencia y la evolución de cualquier sociedad. Más grave aún, la corrupción inmisericorde que —más allá de la concepción ideológica de los gobiernos— ha expoliado devastadoramente estados e instituciones públicas a lo largo y ancho del planeta, ha terminado de sumir a la población en un profundo estado de ira, desconfianza e incredulidad que constituye en sí mismo una bomba social capaz de hacer trizas el actual sistema de cosas cuando eclosione completamente. Y eclosionará...

- En consecuencia, en todo el mundo occidental se experimenta una dolorosa frustración y pérdida de fe por parte de la población en la llamada "democracia liberal", campo fértil para el arribo de perniciosos y aún más peligrosos populismos tanto de izquierda como de derecha. Esta frustración se hará aún más evidente una vez se haya superado la pandemia, cuando en cada país las muertes se puedan contar por miles y el sentimiento de rabia y desprotección se termine de apoderar de una enlutada ciudadanía. Todos mirarán en busca de culpables, en primera instancia, y acto seguido buscarán identificar a quién lo hizo bien (léase "quién minimizó el número de muertes de seres amados") y, oh terrible sorpresa, todos o la gran mayoría caerán rendidos ante la eficacia sin escrúpulos y sin alma de la tiranía seudocomunista china, precisamente a quien le debemos semejante horror. Ojalá me equivocara, pero una vez que suceda esto podremos estar contemplando el golpe de gracia a la democracia liberal occidental tal y como la hemos conocido hasta ahora.

Ahora bien, como todo análisis que se centre únicamente en las causas es en sí mismo una simple diatriba, se hace imperativo y justo entrar a intentar al menos vislumbrar cuáles serán los efectos y las consecuencias directas o colaterales del influjo del COVID-19 sobre la humanidad, fundamentalmente en el mundo occidental, no sin antes indicar que la materialización de estas será un proceso progresivo a lo largo de las próximas dos décadas:

- Surgirán de manera inevitable nuevos modelos económicos y nuevas formas de entender y desarrollar los ciclos productivos. En ese orden de ideas, es claramente previsible que tras el colapso emocional, social y económico que dejará tras de sí el COVID-19, los diferentes pueblos y naciones de Occidente entrarán a hacer un dramático y furioso cuestionamiento del Capitalismo, de sus gestores y de los verdaderos "amos y hacedores del sistema".

Personalmente considero que todo este complejo cóctel de acontecimientos derivarán en la fase final del capitalismo que actualmente impera (el neoliberalismo depredador), sin que ello implique —ni mucho menos— el retorno o la llegada al poder global del socialismo, del comunismo o alguno de sus muchos neologismos. Los pueblos occidentales ya tienen claro que si bien el capitalismo salvaje es un modelo claramente inviable, el socialismo es un modelo probadamente fracasado. Surgirán entonces nuevos modos de asumir y practicar las diferentes relaciones económicas, así como ese valor primordial y fundante que es la propiedad privada, todo ello con esquemas más flexibles y transversalmente permeado por valores igualmente fundantes como la solidaridad, la consensuada redistribución y la equidad.

- Se entronizará en el conciente colectivo occidental un axioma primordial: "equidad o inviabilidad global". Esto se materializará ineludiblemente en una movilización generalizada de las diferentes sociedades civiles para exigir que el sistema financiero retorne a los pueblos las ingentes sumas de dineros públicos que se les han "obsequiado" para "salvar" a los bancos de las crisis que ellos mismos se han encargado de generar, así como en una masiva toma de conciencia (incluso por parte de algunos sectores de las élites) de que la acumulación de fortunas privadas estratosféricas es realmente un absurdo y un callejón sin salida para la convivencia y la viabilidad estructural de las sociedades.

Igualmente, se acentuarán las movilizaciones sociales que exigirán el aseguramiento del acceso pleno a las oportunidades y un conjunto de regulaciones —ya sea pactadas o impuestas— que posibiliten una permanente redistribución de los beneficios arrojados por los diferentes ciclos, sistemas y aparatos productivos.

- La furia por tanto tiempo reprimida de los diferentes pueblos hará erupción y sepultará sin contemplaciones a la que considerarán —no sin razón— a la madre de todos sus males: la globalización. El sentimiento de desamparo y vulnerabilidad causado por el COVID-19 crecerá imparable hasta llevar a la radicalización de las movilizaciones sociales, las cuales exigirán transformaciones estructurales políticas, económicas y sociales, e incluso serán capaces de derribar regímenes y gobiernos.

Los pueblos, conscientes del peligro ominoso de confiar su suerte a aparatos económicos, financieros y productivos transnacionales y a sus amos, lograrán imponer regulaciones y restricciones taxativas, demandarán el resurgimiento de las economías locales y enterrarán definitivamente el sueño globalizador de las élites mundiales.

- En un proceso aún más tortuoso, asombroso y de largo plazo, el mundo contemplará impávido la desaparición impensable de "ismos" de toda clase y connotación. Caerán religiones e ideologías que se asumían como sempiternas. Es inexorable. Una nueva "alma colectiva humana" —surgida de estos tiempos absolutamente convulsos y disruptivos— ya no podrá comprender, ni mucho menos tolerar, esas arcaicas y dolosas formas de fragmentación, segregación, diferenciación e inescrupuloso sojuzgamiento.

- Se redefinirán estructuralmente los sistemas políticos. Otra de las grandes damnificadas del COVID-19 será indudable y justificadamente la llamada "democracia liberal" típica de las naciones occidentales modernas, puesto que es innegable que, dadas sus falencias intrínsecas y adquiridas, dicha concepción no estuvo a la altura del inmenso desafío planteado por esta pandemia. La democracia liberal se dejó permear, cooptar e incluso comprar por el hedonismo, la banalidad deslumbrante y la manipulación descarada y corrompida del neoliberalismo depredador y sus mentes maestras, y terminó finalmente al servicio de dichas elites. Basta con ver el daño terrible infligido por entidades que sufrieron una paulatina "degeneración" (el virus del capitalismo salvaje) como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Banco Central Europeo o la misma Unión Europea, marionetas a ultranza de los inescrupulosos e implacables amos globalistas que terminaron en abierta contravía de los intereses soberanos de los pueblos...

El resultado será incierto. Muy seguramente algunos países sucumbirán a las fauces siempre hambrientas del populismo o de los totalitarismos (de extrema izquierda o extrema derecha da igual, puesto que son las dos caras de una misma bestia). No obstante, tarde o temprano las naciones occidentales madurarán hacia un nuevo modelo de interacción e integración genuinamente democrático, hacia un nuevo tipo de contrato social, basado —es menester reiterarlo una vez más— en la simplicidad y la intimidad de la solidaridad sin eufemismos, en la transparencia de lo realmente comunitario, en las redes entrañables de la aldea y la comuna, en la participación directa y sin intermediarios, inexcusablemente diáfana, de la ciudadanía en la toma de las grandes decisiones políticas que marcarán el nuevo derrotero de las naciones y sus pueblos.

Emergerá de este modo una nueva concepción de democracia, basada en las redes entrañables, fraternas y solidarias, erradicando sin conmiseración las viejas y corruptas castas politiqueras y sus aún mas corrompidos métodos de sojuzgamiento y dominación.
Surgirán nuevos liderazgos, disruptivos, innovadores, y solamente aquellos que sepan intuitivamente "otear su entorno, el horizonte y a sus conciudadanos" serán ungidos por este nuevo tipo de sociedad para ser sus dirigentes.

Finalmente, es preciso reconocer que a lo largo de la historia todo intento globalizador fracasó estrepitosa e invariablemente, ebrio de entropía, arrogancia y hedonismo (Egipto, Persia, Roma, Imperio Británico, etc.), derivando en fragmentación, ruptura y resurgimiento de lo pequeño, de lo primordialmente íntimo.

Lo globalizador, lo megalomaníaco y sus feroces pero vanos intentos de estandarizar y homogeneizar almas y mentes, fracasa siempre ante su incapacidad de unificar en torno a grandes propósitos consustanciales al espíritu humano (solidaridad, fraternidad, generosidad, equidad) a partir del respeto, la validación y el reconocimiento de las inexorables pero jamás irreconciliables diferencias existentes entre individuos y colectivos.

En tanto así será aún más estruendosa la caída de este actual sistema de cosas globalizante, debido a su inocultable y ya desvelada obsesión por privilegiar a unos cuantos individuos y corporaciones en desmedro de los pueblos y las naciones, ante su incapacidad ahora claramente develada de protegernos ante peligros existenciales como esta nueva pandemia, y ante su orgía de banalidad, hedonismo y culto desenfrenado al ego.

Resurgirá de este modo —de entre las cenizas de una sociedad moralmente devastada por esta pandemia forjada en miedo, impotencia e incertidumbre— lo pequeño, lo íntimo, lo genuinamente fraterno, lo connatural al alma humana, aquello verdaderamente unificador y eficazmente protector: la aldea, la comuna, la ciudad, las redes de ciudades. Surgirá en últimas un nuevo, innovador y fortalecido concepto de Estado-Nación, cimentado invariablemente sobre prolíficas redes de generosidad y empatía, al servicio no ya de unas cuantas élites o corporaciones nacionales y/o transnacionales, sino de aquello que debió haber sido desde siempre el único propósito fundamental de todo esquema de civilización: las personas, la gente, la ciudadanía.

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