Opinión

Traducir a Alessandro Baricco

Diana Agámez, poeta y traductora cartagenera, trae al español “Lo que estábamos buscando”, el último libro de ensayo del escritor italiano Alessandro Baricco.

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junio 16, 2021
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Traducir a Alessandro Baricco
“Lo más complicado fue trasladar al español ese tono preciso, limpio y transparente con el que escribe Alessandro Baricco”. Foto: Paolo Crisi

Diana Agámez es una poeta y traductora colombiana nacida en Cartagena, quien ha traído al español Lo que estábamos buscando, el último libro de ensayo del escritor italiano, nacido en Turín, Alessandro Baricco.   

Los traductores son raras (silenciosas) criaturas en el mundo del libro. Regularmente son ignorados en las reseñas. “Invisibilizados”, dirían algunos en un lenguaje más agresivo y reciente. Revisé viejas revistas Arcadia y Magazín de El Espectador para establecer en cuántas reseñas se mencionaba al encargado de verter al español textos de Lee Anderson, Handke, Bloom, Murakami, Walcot, Le Clézio, Lispector, Morris, entre otros. Dediqué dos horas y 46 minutos al asunto. El 100% de las reseñas no mencionaba al traductor. Tampoco es claro el criterio editorial de poner o no el nombre del traductor en la portada del libro. En ese caso, el porcentaje bajó del 100%, sin alejarse mucho de la cifra, según los resultados de mi propia pesquisa, alcanzó el 98.9 %.

La importancia de traducir, arte exacto, como lo llama George Steiner, va más allá de lo que él mismo denomina presunción de la traducibilidad. Esa presunción arrastra un azar, un riesgo que se rige por misteriosos patrones de dos lenguas que se elevan más allá de ellas mismas.

El traductor colombiano Carlos González, quien reside hoy en Alemania, tiene claro que el oficio no se limita a convertir un texto de un idioma a otro: “Se trata de que sirva como puente para acercar culturas, formas de ver el mundo. Llevar de una lengua a otra, ideas, conceptos, paradigmas, sesgos y hasta doctrinas. Umberto Eco decía que hay más actos de traducción en la cotidianidad de lo que uno cree. Cuando intentas explicarle algo a un niño o cuando conviertes una novela en una película o cuando haces tu propia interpretación de una receta de cocina, estamos ante actos de traducción. Al final, se trata de ponerse unas gafas que te permiten ver el mundo, de explicar el mundo, como lo ve otro”.

En Lo que estábamos buscando Alessandro Baricco intenta mostrarnos cómo ve él la pandemia, cómo la siente, cómo la imagina, cómo cree que se ha construido. El libro, al que se puede acceder de forma gratuita en  libroprivato.it es una auténtica novedad en la red, en todos los sentidos. El texto puede leerse en italiano, inglés, francés y español, mientras se escucha la serena voz de su autor en su lengua nativa. No hay más artificios.

“Lo que estábamos buscando   —agrega Diana Agámez— nace como un libro digital, en sintonía con lo que nos está pasando como humanidad: una pandemia que nos ha obligado a mudarnos a una casa virtual. Creo que el aspecto más relevante de este ensayo es precisamente que Alessandro Baricco nos lo lee; así podemos sentirnos más cercanos”.

En su lectura se siente cuán cercano estamos del italiano, en matices, gramática y fonética. Nos damos cuenta de la proximidad de este par de lenguas romances. “Esa semejanza es lo más peligroso al momento de traducir —advierte Diana Agámez—, por eso cuando se traduce hay que delimitar muy bien los espacios de ambas lenguas y culturas. Saber cuándo se habita una y otra. Sobre todo con lenguas tan vecinas entre sí, como es el caso del español y el italiano”.

Cambiar una palabra por otra es un dilema de los sentidos. En una palabra hay contenida una historia, un tiempo, un camino recorrido, una forma de pronunciarla, unos contextos, un territorio; hay dolores y malos recuerdos. La palabra evoca, suena; para unos oídos eufonía… para otros un disparate. Traducir es un riesgo, una determinación, también decisión creativa.

George Steiner complejiza el asunto y establece que ese arte exacto actúa sobre la base de un convencionalismo más o menos oculto. Descifrar ese convencionalismo es la tarea. Surgen pugnas entre el traductor y el texto, entre la sonoridad, el estilo y la voz del creador. Cuenta Diana Agámez que traducir la frase: “Il mito è ciò che aggrega un pulviscolo di fatti nel profilo di una figura leggibile. In un certo senso è ciò che porta l’indistinto di ciò che accade alla forma compiuta di ciò che è reale (El mito es aquello que dota de un perfil legible a un manojo de hechos. En cierto sentido es aquello que traduce lo indiferenciado de lo que sucede a la forma completa de lo que es real) fue un reto. Tuve siempre presente que debía respetar la musicalidad con la que escribe Baricco. Eso fue lo más difícil de traducirlo. La musicalidad con la que una persona escribe no es solo una elección estilística. Es sobre todo, un escenario narrativo sonoro que dota de significados a una historia, es el tono de voz de esa historia. Lo más complicado fue trasladar al español ese tono preciso, limpio y transparente con el que escribe Alessandro Baricco”.

 

Alessandro Baricco y Diana Agámez al finalizar el taller de la Scuola Holden en Cartagena. Foto: David Lara Ramos

Eliot Weinberger ve la traducción como una necesidad, una forma para que las culturas no se estanquen, para que no se repitan. “La labor principal del traductor no es acertar con las definiciones del diccionario —lo cual es la parte más fácil— sino inventar una nueva música para el texto en el idioma de la traducción, una que exige el texto original. La música no es una réplica técnica del original”. Para este reconocido traductor de poesía, las lenguas comparten las formas y formatos para expresar sus idas. William Shakespeare usó una forma italiana, el soneto, para desarrollar algunas de sus obras. El poeta de Nueva Zelandia Ron Riddel tiene una extensa obra en forma de haikus. Weinberger, quien ve en la traducción una forma de enriquecer las llamadas literaturas nacionales, asegura: “El boom de la traducción en Alemania a principios del siglo XX fue la respuesta a una autopercibida pobreza en la literatura alemana; la traducción se volvió un proyecto de construcción de una cultura nacional: en palabras de Herder: ‘caminar por los jardines extranjeros, recogiendo flores para mi idioma”.

A Diana Agámez le gusta caminar entre jardines, disfruta tanto el hallar la rosa perfecta como la palabra precisa. Quiso estudiar criminología, descifrar las pistas de un delito, pero las posibilidades económicas en aquel momento la llevaron a decidirse por la lingüística y la literatura. “En realidad lo hice sin mucha fe. Pasé el examen en la Universidad de Cartagena, con un buen puntaje, y en mi primer día de clases conocí al maestro Raymundo Gomezcásseres. Ahí supe que había elegido la mejor carrera”.

Diana Agámez practica el arte de la topiaria, tanto en su oficio de traductora como en su poesía. Ella realiza precisas podas. Desbroza y retira malezas sin reparos. Hace once años vive en Italia: “La razón por la que decidí irme tiene que ver con una fuerza de la que pocos hablan en el contexto de la inmigración y creo que es una de las fuerzas y energías que nos mueven más fuertemente: el amor. Ese amor no duró mucho. Sin embargo, decidí ingresar a la universidad, seguir estudiando y experimentar mi propia vida en un país diferente al mío. Así que, juiciosa, me especialicé en mi área, que es la educación intercultural y la mediación social”.

Ese sentido universal lo refleja Alessandro Baricco en Lo que estábamos buscando. Ahí van las incertidumbres y certezas que confluyen en una pandemia. Su visión del mito como referencia constante en sus trabajos ensayísticos. Las renuncias a la verdad para quedarnos con una síntesis de la realidad, en busca, quizá, de variadas formas de consuelo.

Diana Agámez trabaja con migrantes de muchas regiones del mundo: “Mi trabajo se basa en el diseño de actividades que tienen que ver con arteducación. Creo para los demás, procuro construir espacios de participación y expresión, talleres de alfabetización en lengua italiana, talleres de escritura, dibujos, educación ambiental, sentimental, sexual, de poesía y de pensamiento creativo para niños y adolescentes inmigrantes y refugiados de todo el mundo”.

Esa interacción con diversas lenguas del mundo le ha permitido a Diana Agámez reconocer insospechados sentidos, matices, alcances de una babel que es posible solo en palabras. Es un ejercicio de reconocimiento cultural que estalla en todos sus sentidos.

Ahora Diana Agámez busca con la paciencia que la identifica una editorial que se interese en su segundo poemario. Mientras, trabaja en la traducción de la novela Var del escritor serbocroata Saša Stojanović. Sigue pensando que la formación de un traductor no se detiene y que cada texto es una nueva lección para revalorar sus propios aprendizajes.

“Cuando uno termina una traducción es como si hubiese abierto una nueva ventana por donde los lectores se pueden asomar a otros espacios a los que de otra manera sería imposible acceder”, dice para concluir Diana Agámez. Esa es la maravilla de su arte, construir ventanas para asomarnos a otras formas de ver el mundo.

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