Toque de queda

A pesar de todo, hay una ciudadanía que despierta de la modorra, la ceguera y la peste del insomnio en que ha vivido sumida durante los últimos doscientos años

Por: Elvira Elizabeth Sánchez-Blake
diciembre 02, 2019
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Toque de queda
Foto: robertocontrer - CC BY 2.0

El taxista me preguntó qué significaba “toque de queda”, la noche del viernes 22 de noviembre. Esa noche todos los que nos encontrábamos en Bogotá nos vimos obligados a movilizarnos a las casas ante el anuncio intempestivo del gobierno que ordenaba que nadie podía estar en las calles de la ciudad a partir de las nueve de la noche.

El paro nacional había iniciado el jueves 21 de noviembre y para el viernes había desembocado en hechos violentos y vandalismo. El pánico se extendía por la ciudad y la medida pretendía retomar el control por parte de los organismos de seguridad. Recordé entonces épocas funestas de Estatutos de Seguridad, Toques de Queda, Estado de Sitio y otras barbaridades de la época de López Michelsen y Turbay Ayala. Sentí el peso de los años y le respondí con candidez al taxista de 30 años lo que significaba la medida y lo afortunado que era de no haber sido parte de aquellos tiempos de represión legitimada por parte de militares y del Estado.

Los colombianos menores de 40 años desconocen esos fenómenos que otrora fueran cotidianos en el quehacer del país. Ellos están más familiarizados con la Seguridad Democrática de Uribe, que es otra cara de la misma moneda. Sin embargo, pocos han experimentado la represión de épocas recientes, porque esta se ha reservado a las poblaciones rurales y a los territorios habitados en su mayoría por grupos indígenas y campesinos, que son las verdaderas víctimas de los actores violentos: guerrilla, paramilitares, bandas criminales y organismos de seguridad del Estado.

Las protestas de la jornada de paro comprendían una gama de reclamos desde todas las vertientes. Las centrales obreras y sindicatos marchaban en contra de las reformas laborales propuestas por el gobierno: una reforma pensional que podría suprimir el régimen de prima media y extender la edad de pensión. Los estudiantes protestaban porque sienten que con estas reformas se les está negando el futuro y porque no hay inversión en la educación. Los gremios económicos rechazan la reforma tributaria. Para mí, el grupo con mayor razón para protestar lo conformaban los líderes sociales y las víctimas del conflicto armado. El gobierno ha logrado “hacer añicos” los acuerdos de paz. El incumplimiento de los puntos acordados se evidencia en los continuos asesinatos de líderes sociales y defensores de derechos humanos; en la escalación de la violencia y en el rompimiento de los protocolos en asuntos tan delicados como la sustitución de cultivos ilícitos y desmonte del narcotráfico. Además, el gobierno se ha empeñado en acabar con la JEP y se niega a cumplir con la restitución de las tierras para los desplazados. Por último, intenta borrar todos los esfuerzos por recopilar y mantener la memoria del conflicto por parte del Centro de Memoria Histórica. Duque nombró a un pelele que ha desmontado los proyectos de recuperación de la memoria que con tanto tesón había logrado el CNMH. En cambio, pretende levantar monumentos a los policías y militares, como las principales víctimas del conflicto.

O sea, que las razones para marchar eran válidas y contundentes. Me complace comprobar que una gran parte de la ciudadanía se esté despabilando. De pronto, descubrieron que su voto por Duque para presidente fue un error mayúsculo. Abrieron los ojos ante la realidad de haber sido manipulados por una vil propaganda en contra del supuesto “castrochavismo”. El resultado era de esperar: un gobierno fallido, pusilánime, incapaz de afrontar los retos de un país como Colombia. Duque se encuentra arrinconado entre las fuerzas de su partido recalcitrante que exige militarización y mano dura, y los reclamos de los ciudadanos que lo eligieron.

Lo mejor es que a pesar de que se presentaron actos vandálicos generados por la misma fuerza pública: el Esmad y los que azuzaron la violencia por las redes sociales, así como la muerte de seres inocentes, los últimos días han transcurrido en paz. El concierto sinfónico, la chocolatada y los cacerolazos armónicos han primado sobre los vandalismos.

Veo con complacencia que hay una conciencia ciudadana creciente que se enarbola sobre la manipulación del partido dirigente. Por una vez, la indolencia de los privilegiados se hace patente y se denuncia, como bien lo puntualizó Alonso Sánchez Baute en la Revista Semana al referirse al muchacho de 18 años, que murió luego de ser atacado por parte de un oficial del Esmad:

"La indolencia es tan profunda que ha pasado a ser bien vista por 'la gente de bien', quienes justifican el asesinato de los hijos ajenos sin una pizca de empatía, solidaridad y compasión mientras rezan, hacen retiros en Emaus y van a misa todos los domingos. No hay duda: la indolencia es mil veces peor que el odio".

Hay una luz al final del túnel. No sé si Duque podrá sortear el clamor ciudadano. Es muy pronto para predecir el resultado de esta jornada cívica de protestas legítimas. Sin embargo, veo una esperanza en una ciudadanía que despierta de la modorra, la ceguera y la peste del insomnio en que ha vivido sumida durante los últimos doscientos años.

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