Opinión

Todos a defender el gobierno de Petro y Francia

Hay cosas que definitivamente pertenecen al pasado, y la tarea inmediata es conseguir que así sea. Llegó la hora del gran pacto nacional por la paz y la democracia

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junio 24, 2022
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Todos a defender el gobierno de Petro y Francia
Petro y Francia pueden gustar o no, pero su elección significa un viraje de magnitudes inconmensurables. Foto:Leonel Cordero/Las2Orillas

El triunfo electoral del domingo pasado arrastra consigo un cúmulo de transformaciones sorprendentes. Sólo en el campo de la sicología social hay mucho que estudiar sobre los ganadores. La inmensa mayoría de ellos llevaba meses soñando con la victoria, pero una vez alcanzada, se negaba a creerla como si lo esperado hubiera sido la derrota, quizás para salir luego a denunciar el fraude y protestar de manera airada contra el mismo.

Primera vez en la historia nacional en la que le tocó al pueblo. Siempre se participaba para elegir uno de arriba, de los grandes propietarios, el menos malo si se quiere, pero nunca para elegir a uno de los propios, con un programa realmente popular. Petro y Francia pueden gustar o no, pero su elección significa un viraje de magnitudes inconmensurables. Algo muy hondo se quebró en el sistema político colombiano. En adelante nada será como antes.

De allí la incertidumbre y el miedo que cunde entre los adversarios. Su primera reacción el más sepulcral silencio, evidente en las calles de los barrios de la gente acomodada. Tampoco ellos se lo creían, estaban acostumbrados a ganar siempre. Esperaban la ocasión para burlarse del perdedor o consolarlo con frases generosas. Se les cayó el mundo, se encerraron en sus casas a imaginar las más terribles consecuencias.

Perdieron el control de un país que siempre entendieron como suyo. De nada les valieron sus denodados esfuerzos. Todos los grandes medios de comunicación estaban con Rodolfo, en la más descarada campaña de desinformación que se recuerde. Patronos amenazaron con despidos. Tronaron inútiles las voces del viejo país, el de los politiqueros, empresarios, banqueros y terratenientes poderosos.

Ganaron los indios, los negros, los campesinos, los desempleados, en una palabra, los de abajo. Los que siempre recibieron el garrote, la cárcel y las balas. Y lo hicieron en unas elecciones, sin la violencia desbordada contra los símbolos del poder. Ganaron pacíficamente, frente a una Registraduría en manos de la extrema derecha, en contra de un gobierno cavernario con todos los mecanismos de control en sus manos.

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Duque habrá sido responsable de la derrota del Establecimiento por su pésimo gobierno, pero jamás se lo podrá acusar de haber torcido los resultados para favorecer a su candidato

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Lo cual mueve a pensar en un resignificado de la democracia. El gobierno electo pertenece al que puso más votos. Unas horas antes del debate electoral, los hoy ganadores advertían que habría trampa. Duque habrá sido en gran medida responsable de la derrota del Establecimiento por su pésimo gobierno, pero jamás se lo podrá acusar a él o su partido en el poder de haber torcido los resultados para favorecer a su candidato.

Con eso basta para calificar como trascendental lo sucedido el domingo. Habrá imperfecciones y los vicios de la politiquería en su conjunto no dejarán de desempeñar algún papel, pero puede hacerse una afirmación incontrovertible, tenemos en Colombia un sistema de elección democrático, tanto, que permitió ganar a la temida izquierda la presidencia de la República. No siempre habrá sido así, pero indudablemente las cosas maduraron a ese grado.

Hubo que poner miles de muertos, en las calles y los campos, en las campañas políticas de la oposición, en las cacerías de brujas, en la guerra sucia, en el exterminio paramilitar y el sicariato. Pero si ahora se puede ganar en unas votaciones, quiere decir que las cosas no son iguales. Allí radica el poderoso sentido del Acuerdo de Paz de La Habana, el destino del país cambió cuando las FARC decidieron abandonar la guerra y adoptar las vías pacíficas de lucha.

La democracia colombiana se fortaleció entonces como nunca y el resultado está a la vista. Hoy por hoy la revolución puede cumplirse por caminos distintos a la insurrección violenta. De verdad los tiempos cambiaron, no es mentira. La revolución se está haciendo, en las narices de todos. No se trata del febrero contra el cual conspirar para asegurar el poder en octubre. Por fin nos hemos puesto a tono con las transformaciones que se dan en todo el continente.

Los grandes perdedores son los violentos. ¿Contra quién seguirán levantados el ELN o las disidencias? ¿Podrá seguirse sosteniendo que las vías legales están agotadas y sólo queda la lucha armada? ¿Van a presionar con las armas las transformaciones esperadas? El pueblo colombiano que ganó el domingo no se lo perdonaría nunca. La única vía decente que queda a esos grupos, es entregar las armas al nuevo gobierno, sin las ambiciones desmedidas de siempre.

Por otra parte, un magnicidio o un golpe militar estarían destinados al fracaso. Significarían el suicidio de la derecha. Ni siquiera el señor Almagro o el uribismo podrían salir en su defensa. Hay cosas que definitivamente pertenecen al pasado, y la tarea inmediata es conseguir entre todos que así sea. Llegó la hora del gran pacto nacional por la paz y la democracia. No podemos equivocarnos en la lectura del momento histórico por el que atraviesa Colombia.

Todos a defender el nuevo gobierno.

 

 

 

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