Todo relato presupone un lobo

El relato es la manera como los seres humanos construyen sentido

Por: Julio César Correa Díaz
octubre 13, 2015
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Todo relato presupone un lobo
Foto: subida por autor

Yo propongo la tesis de que lo más característico del lenguaje humano es la posibilidad de contar historias. Bien puede ser que esta habilidad haya existido en el mundo animal. Pero sugiero que el momento en que el lenguaje se volvió humano se encuentra en la más estrecha relación con el momento en que el hombre inventó un cuento.
Karl Popper (citado por Piglia)

El hombre es un ser narrado. A dicha afirmación no le subyace descubrimiento alguno. No puede haber asombro ni perplejidad. El ser humano se reconoce y se diferencia de otros animales por su capacidad para narrar y fabular. “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.” (Juan 1:1); “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1). Todas las cosmogonías no son otra cosa que relatos, incluyendo el relato bíblico. Cada cultura se levanta y edifica su destino sobre todo tipo de relatos, aunque es necesario reconocer que hay relatos fundacionales como las cosmogonías. Lo cierto del caso es que nos movemos en medio de esa maraña espesa de narraciones populares que, a su vez, le dan cabida a otras narraciones. Los mismos sueños no son otra cosa que relatos; los miedos, los deseos, las esperanzas, las aflicciones y hasta las pesadillas adquieren el estatus de relato. “En un sentido todos somos narradores, todos somos expertos en la narración, todos intercambiamos historias. Todos somos narradores y todos sabemos narrar, con mayor o menor pertinencia y calidad”. (Piglia, 2007)

En lo más profundo de nuestra naturaleza humana, cualquiera sea ella, está inscrita la capacidad para narrar. Nuestro ADN está codificado en parábolas y metáforas, en mitos y leyendas, antes que en cromosomas. Somos hijos del verbo. La narración nos antecedió. “Y la narración creó a la humanidad”, dice Pierre Janet citado por de Certaeu. (2000 p.127). Somos un largo relato contado por nuestros antepasados. La cultura, en términos generales, se puede traducir en la capacidad para contar historias. Ricardo Piglia, en el prólogo al libro de Sarah Hirschman, Gente y cuentos ¿A quién pertenece la literatura?, afirma lo siguiente: “La narración es una de las formas originales del uso del lenguaje. Algunos autores como André Jolles o como Georges Dumézil, incluso piensan que la narración está en el origen de la cultura”. (2011, p.15)

El relato es la manera como los seres humanos construyen sentido y dotan de significado su vida y la de los demás; es la manera como hacen de este mundo un lugar más amable. Habitar este mundo es posible porque el hombre puede relatar, contar sus ocurrencias, sus alegrías y sus tristezas, y al hacerlo pone en orden y en perspectiva su propia experiencia. Relatar aquí significa trascender lo inmediato personal para ubicarlo en un plano mayor de tipo social; es construir lazos emocionales que posibiliten la inserción y el reconocimiento del grupo al que se pertenece. Relatar es establecer vínculos afectivos y sociales que dignifiquen la condición vital primaria; es reconocer que en ese ir y venir del relato se va entretejiendo el finísimo hilo que sostiene el mundo y al hombre, como si fuese una telaraña, una red de pequeñas historias que se cruzan para darle mucho más asidero al tejido final. “Las imágenes, las ficciones, los símbolos y las convicciones que transitan en las narraciones, hacen que la vida humana tenga significado.” (García Roca, p. 4-16)

El relato nos ubica en la condición de personajes que cuentan una historia. “Vivimos en un mundo narrado, que nos convierte a todos en actores de un gran relato”. (García Roca, p. 4-15) Y al hacerlo, abrimos las puertas de nuestras casas para que el otro, el que escucha el relato, se convierta en nuestro invitado, en huésped de honor, puesto que además nos reconocemos como anfitriones. A través del relato ubicamos amablemente al otro en la condición de depositario de nuestras aventuras, pero igual, el otro, el invitado, está dispuesto a que le escuchemos en las mismas condiciones. Hay unas reglas implícitas entre el relator y el escucha (dor) del relato. Hay una predisposición a escuchar el relato. “Lo que resulta capital del análisis benjaminiano es, a nuestro juicio, la idea de que la verdadera escucha implica un olvido de sí para prestar atención a lo otro, al Otro. La escucha reclama una deserción de la propia identidad y en esa ‘deserción’ radica la ‘fidelidad a uno mismo´”. (Mélich, 2000)

Antes que la ciencia se convirtiera en el único relato creíble, el ser humano se hundía gustosamente en toda suerte de narraciones. Quizás se sentaban en torno a una hoguera y allí compartían historias sobre asuntos que hacían referencia a la caza o a la siembra y recolección de sus propios alimentos; pero, quizás, lo que más les atraía era aquella costumbre de contar historias sobre todo aquello que no cabía en su comprensión inicial. Los dioses y demonios del principio debieron haber sido historias y relatos tan atractivos como las historias que hoy nos cuentan sobre el final de los tiempos. Un eclipse, por ejemplo, como el que aconteció hace poco, el de “la luna sangrante”, genera toda suerte de conjeturas y narraciones; el hombre es el animal que fabula o, mejor, el animal de la fábula. “El relato es inmensamente antiguo, se remonta a los tiempos neolíticos, quizás aún a los paleolíticos. El hombre de Neanderthal oyó relatos, si podemos juzgarlo por la forma del cráneo, señala el mismo Forster.” (Piglia, 2011, p. 16)

Que nuestro origen esté ubicado en las sabanas africanas, mientras gateábamos inicialmente para luego levantarnos en dos patas, bien se podría atribuir a la imaginación de Edgar Rice Burroughs. Habla bien de la inventiva y de la capacidad para imaginar historias del hombre, ese bípedo que decidió abandonar la mala costumbre de andar olisqueando la cola de otros iguales, para levantar la cabeza y avizorar en la distancia otros horizontes. Allí empezó su capacidad para narrar, para contar historias. “Pero, ¿cómo empezó la historia de la narración? Podemos inferir un comienzo. Imaginar cuál fue el primer relato. Podríamos escribir un relato sobre cómo fue ese primer relato”. (Piglia, 2007)

Podría alguien empezar diciendo: “Había una vez…” Y lo que siguió en adelante ya hace parte justamente de la historia y de la capacidad para fabular. Nuestra cultura hunde sus raíces profundamente en la capacidad para narrar. Existe una dimensión, excluida y menospreciada en occidente, por la primacía del relato científico, la fantasía. “En efecto, en el ensayo titulado ‘El narrador’, Walter Benjamin relaciona la crisis de la narración con la irrupción de una forma de comunicación típicamente burguesa: la información.” (Mélich, 2000). Y aunque nos movemos, dicen, en medio de grandes autopistas de información, la fábula se reacomoda; la narración se levanta por encima de la des-memoria y la peste del olvido en la que pretende hundirnos el dato y la cifra, el bit y la informática. El gueto de la narración se arma de nuevo contra la cifra de los grandes mercados. “Narrar es guerrilla contra el olvido y connivencia con él; si la muerte no existiera, tal vez nadie relataría nada.” Claudio Magris citado por Mélich (2000). De allí que el hip-hop y las nuevas maneras de narrar lo marginal desde lo urbano se resistan y salgan de las duras calles del Bronx o que los músicos urbanos, en nuestro medio, relaten a su manera la forma en que transcurre su cotidianidad. Narrar es producto de la memoria selectiva y lucha contra el olvido.

Del “Había una vez…” conque empieza toda narración, al menos las clásicas maneras de contar, podemos pasar a formas mucho más elaboradas pero que no pierden el trasfondo arquetípico, la arquitectura del relato, de todo relato. “En algún lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme” (Cervantes); “Muchos años después frente al pelotón de fusilamiento…” (García Márquez); “Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto” (Kafka); “Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne.” (Sábato); “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía”. (Nabokov). Y podríamos seguir enumerando formas y maneras de contar historias, desde las muy ilustres de autores igualmente ilustres hasta las historias típicas del folclor nacional. Todas ellas tienen el encanto necesario para cautivar el oído atento del que escucha, que está dispuesto a deleitarse oyendo-leyendo historias y relatos.

En el fondo de toda historia existe el deseo inicial de compartir eso que somos. Del “Venga les cuento” intrigante y chismoso hasta el “Pongan cuidado” que busca llamar la atención sobre lo que va a decir. Si estamos sentados en la misma mesa, ese “vengan les cuento” hace que, mediante una fuerza extraña, todas las cabezas de los contertulios se alarguen y se estiren buscando el inicio del cuento. Esta escena es copiada de cualquier café de ciudad. Hombres sentados en torno a un café negro, un tinto, desplegando los cartílagos de las orejas, mientras el narrador cuenta las peripecias vividas por alguien con alguna dama. “…soñamos narrando, ensoñamos narrando, prevemos, esperamos, nos desesperamos, creemos, dudamos, planificamos, revisamos, criticamos, construimos, cimentamos, aprendemos, odiamos y vivimos per medio de la narrativa.” Bárbara Hardy, citada por Carmen Caamaño.

Somos un relato y nos encanta relatarnos. En el relato existe una mezcla de hechos reales y ficticios. El relator agrega a lo ya conocido, elementos que se han ido formando en la experiencia vivida o narrada, a la larga lo mismo, del relato. Sentarse en torno a la hoguera o, como lo hacemos hoy, en torno a un café negro, un vino, un aguardiente o una cerveza y conversar sobre algo, un asunto cualquiera, invita a conversar. Conversar es narrar. Cuando el marido sale de su casa y poco antes de ajustar la puerta, suelta un “ya vuelvo” a su esposa, se abre de inmediato un intervalo de tiempo, una suerte de pausa que se va llenando acaso con historias. Además de que es una promesa, ese “ya vuelvo” es también una historia o el comienzo de una historia. Bromeando, dirá alguien: “Eso mismo dijo Ulises…y la historia dirá que demoró veinte años en volver a su casa.

En buena medida, se puede decir que lo que hace una historia interesante es que no calca la realidad. Para ello existe el relato científico. Lo importante aquí es todo aquello que el relator debe agregar y “falsear” de la realidad real para imprimirle un color que atraiga al que escucha. Es que relatar significa seleccionar y filtrar hechos y acontecimientos, puesto que la memoria no puede dejar entrar toda la información al mismo tiempo, por eso, al relatar selecciona y seleccionar significa dejar afuera aquello que no es de su interés. “El relato de cada persona es único, y los significados que le atribuye a los acontecimientos van a depender de la forma particular en que cada persona signifique los acontecimientos que está relatando.” (Zlachevsky, 2003). Toda selección es una exclusión. Inevitable contar sólo aquello que me gusta o que atrapa mi atención. Lo demás lo dejo, lo abandono y lo reconfiguro, a lo mejor, para contarlo a mi manera.
Nabokov ilustra lo anterior de la siguiente manera, según cuenta Fernando Vásquez Rodríguez:

Vladimir Nabokov en sus cursos de literatura europea, dictados en la Universidad de Cornell, decía: "la literatura no nació el día en que un chico llegó corriendo del valle Neanderthal gritando el lobo, el lobo, con un enorme lobo gris, pisándole los talones; la literatura nació el día en que un chico llegó gritando el lobo, el lobo, sin que le persiguiera ningún lobo" (Nabokov, 1983, p. 30). Y agregaba: "entre el lobo de la espesura y el lobo de la historia increíble, hay un centelleante término medio. Ese término medio, ese prisma, es el arte de la literatura". Nabokov concluía afirmando: "la literatura, esa forma suprema de la ficción, es invención [...] Todo escritor es un gran embaucador, como lo es la architramposa naturaleza" (Nabokov, 1983, p. 31).

Somos producto y consecuencia de la capacidad milenaria del hombre para contar historias. El hombre que narra es el hombre que está dispuesto a hacer creíble aquello que, por su naturaleza, no es más que fantasía. La verosimilitud no es otra cosa que hacer creíble una mentira. Detrás de todo narrador hay un gran embaucador. Un narrador es un gran timador. No importa, a la larga qué cuenta, sino cómo lo cuenta. En el modo está el truco. El hombre que narra está dispuesto a mentir ¿en favor de la humanidad? Dicen que Platón echó a los poetas de su república, porque los poetas hablan de lo que no saben. Hablan de la guerra, pero jamás han ido a la guerra. Mienten, entonces, puesto que hablar de lo que no se sabe equivale a mentir, cuando no a chismosear sobre algún asunto en particular. Pero, la mentira del narrador como la del poeta sólo es una manera de percibir la realidad. La realidad para el poeta resulta insuficiente, pobre y desaliñada; en la capacidad para re-encantar esa realidad está la función, si es que tiene alguna, de la narrativa. Negarse a ver el mundo tal como lo ven los demás es una obligación moral, por lo tanto estética. Narrar es empezar a contar el mundo de otra manera, sin el lobo detrás, como decía Nabokov, pero presagiando o sospechando que, finalmente, todo relato presupone la presencia de un lobo.

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