Todo por un abrazo

Si la pandemia es difícil para quienes están en su país de origen, ni pensar cómo será para los que está lejos y anhelan el calor del hogar

Por: Luz H Betancourt
abril 22, 2020
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Todo por un abrazo
Foto: Pixabay

Las cosas no son como parecen. Además, siento que siempre será más fácil generar un juicio desde la orilla contraria restringiendo la empatía para protegerse y que ese es un juego cruel que se nos plantea desde el miedo.

Ahora bien, en circunstancias como estas hay algo que he visto con mayor claridad de la esencia humana y es el valor de la solidaridad: en algunos parece que se exacerba, en otros se estrecha y en algunos solo es producto de su apetito de reconocimiento, alimentado por los agradecimientos de esos que estamos necesitando una mano.

Parece que es verdad eso que dicen algunos expertos en psicología humanista: que en situaciones límite el humano saca lo mejor de sí, pero también le acecha lo peor. Infortunadamente, a todos alguna vez nos ha ganado lo segundo y eso simplemente hace parte de la condición humana.

Aun así, a pesar de todas esas sombras que como humanos nos aguardan, hay algo de lo que estoy segura: todos de alguna u otra manera estamos deseando ese abrazo, todos guardamos entre pecho y espalda ese anhelo, así como también en nuestra mente y corazón mantenemos vivo el recuerdo de a esa persona que no sentimos físicamente desde hace semanas.

Planeamos el encuentro en nuestra mente, el momento y hasta las palabras, quizás el menú de la cena y las bebidas, los gestos de emoción del otro y los propios. Con solo imaginarlo podemos llegar transitar el camino de las lágrimas y estar convencidos de que en nuestro calendario emocional esa es la persona que queremos abrazar primero. Algunos, tristemente, ya no podrán hacerlo y otros tendremos que esperar un poco más.

Vivir fuera del país te hace despertar del letargo de los dramas de Colombia, quizás te hace más consciente de que las cosas no están bien allí y te despierta un amor tóxico.

Sales de tu país con un par mochilas, cargada de sueños, dejando atrás a los tuyos y te pintas en el paraíso que te venden las agencias desde afuera. Te entregas a volar lejos de tu casa y de tu familia, con la ilusión que todo mejore para ti y quizás para ellos. Crees que en unos años volverás a abrazarles, incluso das eso por sentado. Entonces llega el golpe de realidad, tus ahorros están devaluados porque el peso de tu país se ha ido al piso y tiempo después ocurre lo que parece sacado de un mal guion de cine, una pandemia.

Previo a esto, tu ilusión está al tope y no mides bien el nivel de sacrifico que se vive en el exterior. Existen muchos mitos acerca de los que nos vamos lejos y el primero es que vivimos entre flores y arcoíris, bueno, entre rosas quizás sí, no lo digo por la fragancia ni la belleza sino más bien por las espinas, que al final te forjan pero te hieren.

Hoy muchos estamos lejos en condiciones extrañas y de riesgo. Vivimos un aislamiento en un país que no es el propio. Nos llenamos de temores sobre nuestro bienestar y el de los que están lejos. Además no solo las fronteras se han cerrado, sino también esos países prósperos que nos vendieron con imágenes de postal.

Para los que viajamos por algo más que turismo, con la ilusión de aprender un idioma, algún nuevo oficio, cursar un master o qué se yo, las oportunidades se han cerrado al mismo tiempo que estos países de postal. No hay empleo, los ahorros son insuficientes y te has gastado gran parte de tu dinero pagando tus estudios, cobijado por la ilusión de que esto sería pasajero. Vives modestamente, quizás compartes vivienda con más de cuatro personas, y estás a una semana de estar en condición de calle porque no puedes pagar tu semana de alquiler. Piensas desde ya en albergues y en bancos de alimentos, sin contar con que te angustia no tener cobertura en salud y estar adquiriendo deudas para esperar la apertura de las fronteras y poder llegar a tu casa desde un continente lejano.

El agobio viene también cuando tu gobierno no te da respuestas y el consulado, al que desesperadamente contactas, te dice que no saben nada, que hay unas ayudas, que no saben ni cuándo, ni cómo, ni a quién, pero que algo viene... Además, tu presidente no habla de ti en ninguna alocución y su indiferencia te está llevando a la desesperación. Sin embargo, piensas que a diferencia de tus otros compatriotas quizás no estás tan mal.

Pero tu angustia repunta. Entiendes que hay un riesgo alto para nuestra patria si el aeropuerto está abierto y sientes en el fondo de tu corazón que es positivo que los vuelos comerciales internacionales estén bloqueados porque están protegiendo a los tuyos. Aun así, bajo la premisa de pagar tu tiquete aéreo, pides que se autorice el ingreso de aviones con colombianos y que entre la lista de elegidos estés tú.

Te preguntas luego, ¿es que esto nunca acaba? Y te das cuenta que dependes de las aerolíneas y las conexiones entre países, y que, como es obvio, cada quien se está cuidando como puede. Así que ese tiquete que has comprado con tus pocos ahorros o adquiriendo una deuda con un banco colombiano es cancelado. Preguntas y las aerolíneas te dicen que hasta después de mayo no habrá operación aérea, a no ser que tu gobierno diga lo contrario. Sin embargo, tu gobierno no habla de ti. Entonces, te percatas de que tu dinero no es suficiente, que no tienes trabajo, que tu visado está por expirar, que estás agotado, solo y te sientes abandonado. Aun así sigues pensando en ese abrazo, en el encuentro y hasta en las palabras que dirás, quizás en el menú de la cena y las bebidas, los gestos y en la sensación de sentirte protegido, buscando sacar lo mejor de ti, aunque lo peor a ratos también se asome. Todo sea por ese abrazo.

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