Opinión

Todo el bien que le ha hecho al ciclismo colombiano Mario Sábato

Toda Odisea debe tener un Homero para narrarla

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septiembre 16, 2020
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Todo el bien que le ha hecho al ciclismo colombiano Mario Sábato
Mario Sábato vio con capa a Miguel Ángel López y cree que Nairo no es un ciclista sino Nairoman, Rigo es el Toro de Urrao y Esteban Chaves es el Chavito de América

Hace diez años el ciclismo estaba muerto en Colombia. Era un deporte para mayores de setenta, capaces de recordar las hazañas del Pajarito Buitrago, Cochise y Rafael Antonio Niño en las destapadas carreteras nacionales. Los que crecimos en los ochenta pudimos ver un atisbo de esa pasión. En los colegios, justo cuando iba a terminar una etapa, los curas ponían por los altavoces la voz de un argentino, Julio Arrastria, el Viejo Macanudo, trayéndonos las novedades de lo que se denominó La Gran Aventura: la expedición de los escarabajos colombianos intentando conquistar Europa.

Era un viejo sueño que arrancó en 1954 cuando el francés José Beyaert llevó un equipo de lujo a la Route de France, una versión amateur del Tour. Los capos eran Ramón Hoyos y Efraín el Zipa Forero. La fecha que marcaron los colombianos en su calendario para dar el gran zarpazo era la quinta etapa, cuando se asomaban Los Pirineos. Colombia llevó nueve ciclistas, después de la primera etapa, completamente llana, fueron descalificados 7 por llegar fuera del tiempo de clasificación. Los vientos acabaron con la ilusión. En la segunda etapa quedaron por fuera los únicos sobrevivientes, Hoyos y el Zipa. Nunca llegamos a Los Pirineos.

En los ochenta la vaina era a otro precio. Empujados por un dirigente berraco como el tristemente célebre Miguel Ángel Bermúdez y por los precios internacionales del café, Rafael Antonio Niño armó el Café de Colombia un equipo de lujo, un dream team que llegó a ganarse una Vuelta a España y tres etapas en el Tour del 1985 además de las tres camisetas de pepas rojas que ganó Lucho. En esa época, contrario a la leyenda, no solo de panela vivían: había plata, tanto que los premios de Montaña llevaban la marca de Café Colombia y tenían el bus más moderno de la competición.

A comienzos del 90 la broca y la fiebre del fútbol acabaron la pasión. No había patrocinio para formar equipos y los escarabajos se iban a Europa lo hacían de gregarios. Aún así la calidad es inagotable por eso Chepe González ganó dos veces la camiseta verde de la Montaña en el Giro de Pantani, Buenahora fue 10 de un Tour y Botero le ganó una contrarreloj en el Tour a Armstrong y fue campeón del mundo. Sin embargo nunca estuvimos preparados para esta generación.

Nairo Quintana, el gran descubrimiento de Luis Fernando Saldarriaga, gestor del nuevo ciclismo colombiano, ganó en el 2010 el Tour de L’Avenir, treinta años después de que lo ganara Alfonso Flórez. A partir de allí llegaron Rigo Urán, Carlos Betancur, Esteban Cháves, Nairo Quintana, Miguel Ángel López, Egan Bernal, todos estos corredores han conseguido Top 5 en alguna de las Grandes Vueltas. Una cosecha que sigue dando semilla: Harold Tejada, Daniel Martínez, Sergio Higuita e Iván Sosa no tienen 25 años y ya han ganado etapas en grandes vueltas o carreras míticas en Europa.

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Gracias a Mario no solo los mayores de 40 lloramos con las etapas ganadas sino que los millenials, que nunca oyeron hablar de Patrocinio Jiménez, viven las carreras con el fervor de un barra brava

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Pero la pasión no la construyen solo los ciclistas. Toda Odisea debe tener un Homero para narrarla. Y así como Carlos Arturo Rueda llegó a poner apodos más importantes que sus propios nombres, Mario Sábato vio con capa a Miguel Ángel López y cree que Nairo no es un ciclista sino Nairoman, Rigo es el Toro de Urrao y Esteban Chaves es el Chavito de América. El argentino ha despertado una pasión difícil. El ciclismo, para el resto de los mortales, es un deporte lento, más tedioso que el golf, difícil de ver. Tenemos que estar un poco locos, afiebrados, para estar durante cinco horas frente al televisor viendo nada: un lote que permanece inmutable, dos fugados desesperados, el esplendor de los paisajes y una competencia que por culpa de los potenciómetros solo desarrolla en los últimos dos kilómetros. Pero gracias a Mario no solo los mayores de 40 lloramos con las etapas ganadas sino que los millenials, que nunca oyeron hablar en su niñez de Patrocinio Jiménez, viven las carreras con el fervor de un barra brava.

Amamos y respetamos a Goga pero los gritos de Mario son la música con la que queremos despertar cada mañana. Georgina es un deleite para los que saben de ciclismo, para los especialistas, pero el relato de Mario, quien es también un experto en la materia, crea afición nueva y el ciclismo necesita es eso, justo ahora cuando sufre la peor de sus crisis: nuevos televidentes que hagan rating, que no lo dejen morir.

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