Opinión

The strategy, stupid

El desafío Márquez no es un desafío ideológico más, sino un grave y complejo desafío estratégico, que pretende derribar los acumulados democráticos que hemos logrado edificar como nación

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septiembre 03, 2019
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The strategy, stupid
Lo que sí preocupa, y todos los días más, son los resortes reales de poder, desde afuera y desde adentro de nuestro país

En 1992 la campaña presidencial de Bill Clinton hizo famosa la frase “The economy, stupid” al pronunciarla como el toque de clarín con que determinó el eje central de su batalla y logró, con ella, movilizar a sus huestes con un ímpetu tal, que alcanzó lo que prácticamente todos consideraban  imposible: derrotar a George Bush, quien para entonces marcaba un 90 % de favorabilidad a propósito de haber capitalizado para sí los laureles de la Guerra del Golfo Pérsico y del fin de la Guerra Fría.

He acudido a la metáfora de Clinton para titular mi escrito: The strategy, stupid.

Los colombianos acabamos de recibir una gravísima declaratoria de guerra a través de Iván Márquez y nos urge acusar, muy en serio, el recibo de la misma. Es preciso superar con rapidez ese huracán de rabias y dolores, miedos e indignaciones, que estremece a toda sociedad cuando se descubre agredida, para dar el paso imprescindible de ubicarnos en la nueva realidad real, aquella que nos obliga a mirarnos de nuevo, esta vez, por la gravedad de la amenaza, despojados de los insultos banales, los apremios faranduleros y el virus de lo políticamente-correcto que vienen afectando a las dirigencias políticas.

Lo primero, se trata de descifrar la naturaleza del desafío que acaban de plantearnos a través de Iván Márquez. El peor error que podemos cometer consiste en errar las definiciones básicas del reto que nos impusieron.

La gran mayoría de las reacciones a la declaratoria de guerra han ido y venido entre quienes no pasan de decir que Márquez y su séquito son terroristas, narcotraficantes y mentirosos, y quienes tampoco pasan de decir que Márquez cometió una gran equivocación abandonando los Acuerdos de La Habana, eso sí, sin perder oportunidad para achacarles al gobierno Duque y al uribismo la responsabilidad del yerro de los evadidos.

A quienes esgrimen estos dos tipos de reacciones  los subyace, en el fondo, un error común: creer, los unos, que Márquez ha perdido la brújula política y que este es el motivo que lo ha conducido a error, y los otros, que piensan que el tema radica en que Márquez nunca dejó de ser un fiel exponente de ese comunismo obsesivo, ahora degradado aún más por el narcotráfico, y que esa es la verdadera razón por la cual relanzó su “anacrónico proyecto narcoterrorista”.

En el fondo, unos y otros cometen el mismo error de considerar el desafío Márquez como un clásico desafío ideológico. Y no es así, esta vez no estamos frente a un desafío ideológico más, uno más de aquellos que hemos conocido hasta ahora, sino frente a un grave y complejo desafío estratégico, que pretende derribar los apreciables acumulados democráticos que hemos logrado edificar como nación, pese a lo accidentado y doloroso del trasegar de nuestra historia.

Esta vez no se trata de una proclama marxista-leninista más, soportada por recursos del narcotráfico y apuntalada con armas y métodos violentos. La declaratoria de guerra que nos hacen a través de Iván Márquez no surge de unos manuales ideológicos sino de un poder real, de un estado constituido, con territorio, con gobierno, con amplias relaciones y alianzas internacionales, con ejército y armas sofisticadas -más sofisticadas que las nuestras-, con el que nos unen y nos separan 2.219 km de frontera, y por sobre todo, con una dictadura decidida a aferrarse al poder a costa de la agresión sin límites éticos a todos cuantos se le opongan, para comenzar, la agresión inmoral contra su propio pueblo.

Si nos halláramos ante un desafío ideológico marxista-chavista no me embargaría la honda preocupación que me asiste. La verdad, durante los años que recorrí los montes de Colombia nunca pude encontrar a un solo campesino que se reconociera como comunista convencido, independientemente de los años de “adoctrinamientos” que les hubieran propinado las Farc. Estoy convencido de que los principios y valores de nuestra cultura nos blindan ideológicamente contra este asedio.

 

 

Nos urge ir mucho más allá de advertir y controvertir
el embuste comunista y la inmoralidad de las acciones violentas.
Ahora debemos abrir con todo vigor el debate social en clave estratégica

 

 

Lo que sí me preocupa, y todos los días más, son los resortes reales de poder, desde afuera y desde adentro de nuestro país, que soportan este atentado histórico contra el proyecto democrático que, repito, contra viento y marea hemos venido construyendo desde la gesta de Independencia.

Nos urge ir mucho más allá de advertir y controvertir el embuste comunista y la inmoralidad de las acciones violentas. Ahora debemos abrir con todo vigor el debate social en clave estratégica. Es necesario preguntarnos cómo vamos a defendernos de esta amenaza, cómo vamos a impedir que continúen invadiéndonos soterradamente sembrando controles territoriales de la ilegalidad en zonas rurales, municipios y barrios de nuestras ciudades principales, cómo vamos a solucionar heridas profundas de nuestra vida social como la desigualdad y la corrupción que abren puertas por donde se nos cuelan invasiones bárbaras, cómo vamos a hacer para que los dirigentes políticos salgan de las atrofias politiqueras que no los dejan ver más allá de la próxima elección o del próximo contrato.

En fin, nos urge construir una verdadera estrategia capaz de convocar a la sociedad, conjurar la amenaza y derrotar a los invasores.

PD/ Le agradezco a María Elvira Bonilla que me haya invitado a ser columnista de Las2Orillas.

No soy periodista, no soy analista. Dedicaré mis columnas a contribuir con el pensamiento estratégico que debemos estimular con el claro propósito de defender a nuestro país.

Título de mi próxima columna: “No es cierto que Iván Márquez sea una minoría de las Farc”.

 

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