Teresita Gaviria, una vida buscando a los desaparecidos

Aunque ella no ha logrado hacerlo con su hijo, esta paisa ha convertido su tragedia en una cruzada que ha permitido que 1176 familiares entierren a sus deudos

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diciembre 17, 2015
Teresita Gaviria, una vida buscando a los desaparecidos
Foto: archivo Centro de Memoria y Paz

Ramón Isaza la miró a los ojos y le dijo, frío, que el cuerpo de su hijo lo habían echado  al río Magdalena después de explotarle la cabeza con una bala. Otra tarde un paramilitar le confesó que después de pegarle un disparo en la nuca había terminado en  un lago infestado de caimanes. Hace poco uno de los verdugos le juró que lo habían desmembrado con una sierra eléctrica. Lo único que sabe Teresita es que Cristian Camilo tenia quince años, estudiaba noveno grado y quería ser médico. El sábado 5 de enero de 1998, muy temprano, le dijo que salía para Bogota con su amigo Jonatan y Wilson su profesor de sistemas. Irían en el Renault 18 del ingeniero. Teresita, que en esa época vivía en el barrio El Poblado, les dijo que mejor les prestaba su Gran Cherokee. Se fueron en la camioneta a las seis de la mañana. A las once y cuarenta de ese mediodía los detuvo un retén de las Autodefensas del Magdalena medio al mando de Ramón Isaza.

Desde mediados de la década del setenta Ramón Isaza creó uno de los primeros grupos paramilitares de la zona. Aunque estaban financiados, entre otros, por Gonzalo Ramírez Gacha, El “Viejo”, como le decían, despreciaba a los narcos sobre todo después de que John, su hijo más querido, cayera abatido en una balacera contra ellos. A finales de los años ochenta recibieron entrenamiento militar por parte del oficial israelí Yair Klein e Isaza y sus hombres dejaron a un lado el idealismo con el que se fundaron para expandirse militar y económicamente.  La masacre de 14 campesinos, el 3 de mayo de 1997, en la vereda La Esperanza, de El Carmen de Viboral, limítrofe con la autopista Medellín Bogotá, confirmaría esta nueva postura. Desde ese año hasta el 2006, cuando se desmovilizaron, los hombres de Isaza mataron a 800 “muchachos sin rumbo”, jóvenes  que se resistían a enfilarse en las AUC. Isaza no dejó ningún cuerpo, todos los mandó al Río Magdalena. Cristian Camilo pudo haber sido uno de ellos.

A penas supo de la noticia, Teresita pidió tres semanas de licencia en la secretaría del estadio Atanasio Girardot y se fue a Bogotá a buscar a su hijo. En esas primeras semanas, cuando se despertaba en la mitad de la noche llorando porque había soñado con Cristian, se perdía en las calles bogotanas visitando a defensores de derechos humanos, a ministros, a la prensa, pero a nadie le interesaba su caso. Impotente aceptó que la tragedia se había vuelto a posar sobre ella.

En 1985 los paramilitares habián matado  a su padre en el Urabá antioqueño. Un año después al que asesinaron fue a uno de sus hermanos. En total enterró a once familiares.  Con lo que tenía se fue a Medellín cuando Cristian tenía apenas dos años. Consiguió trabajo en el estadio Atanasio Girardot y un día se dio cuenta que podía darse ciertos lujos como por ejemplo viajar con Cristian Camilo a Buenos Aires en 1995. Allí, mientras caminaban por la plaza de mayo vieron a las madres con el pañuelo blanco en la cabeza. El muchacho les preguntó quiénes eran, Teresita se santiguó y les contó la razón de su protesta: “Dios nos libre de que nos pase una cosa de esas” le dijo.

Las dos semanas bogotanas fueron en vano. Regresó a Medellin  a seguir en sus caminatas eternas cargando con una foto de su hijo. En sus correrías conoció a trece mujeres que  también esperaban encontrar a sus hijos. Se organizaron. Decidieron escribir unos papelitos que decían “nosotras somos víctimas de la desaparición forzada, somos víctimas del desplazamiento,  somos víctimas de masacre y no queremos que a usted le ocurra lo mismo. ¡Apóyenos!”, los metían debajo de las puertas pero nadie les ponía cuidado.  En la alcaldía, cuando veían venir a las trece mujeres hacían mala cara y les preguntaban, tajantes, que querían. Las echaron de todas partes hasta que el 19 de marzo de 1999 se pararon frente a la iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria, entraron hasta el atrio repitiendo el mensaje que llevan gritando desde hace 16 años “los queremos libres, vivos y en paz. Ven haz algo para que no te toque a ti.”

Las 13 mujeres se han convertido en una organización de 904 personas en donde el 92% son mujeres y 8% hombres. Las madres que habían perdido la esperanza de recuperar a sus hijos le llevaron a Las madres de la Candelaria 1.176 casos de desaparición forzada: ellas han podido recuperar 78 cuerpos. Muchas de ellas, que al entrar a la asociación eran analfabetas pudieron, gracias a la gestión de Teresita,  terminar el bachillerato. Crearon obras de teatro, organizaron marchas, y seminarios. El esfuerzo de Teresita y sus mujeres fue retribuido en el 2006 con el Premio Nacional de Paz.

Las madres de la Candelaria, después de ver tantas puertas que se cerraron en sus caras, de caminar tantas cuadras llevando una foto gigante del rostro amado, ven como, con el histórico acuerdo entre el Gobierno y las Farc para buscar, ubicar, e identificar los restos de 4.500 desaparecidos, empieza a hacerse clara la luz al final del túnel.

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